martes, 6 de diciembre de 2016

Un taller mecánico... ¡de confianza!

Creo haber encontrado un taller mecánico de confianza. Esto es todo un lujo en España, donde la probabilidad de toparte con sinvergüenzas y desaprensivos en ese sector no es precisamente baja (ya he abordado en anteriores entradas en el blog cuestiones como la inseguridad jurídica y el bajo capital social en nuestro país). Y todo ha sido gracias a la recomendación de un compañero de trabajo que me relató un intento de timo en otro establecimiento, donde pretendían levantarle casi 4.000 euros a su comunidad de vecinos por la reparación de la furgoneta de servicio de la urbanización. En el taller bueno les dijeron que la furgoneta no tenía problema alguno. Lo cierto es que la primera vez que fui allí me cobraron la mitad de lo que pretendían clavarme en un taller más cercano a mi casa (para empezar, me presupuestaron 45 minutos de trabajo en vez de la hora y media presuntamente necesaria según los otros). Hace días tuve que volver por otro problema distinto y, al entregar la llave del coche a la encargada, experimenté algo inédito en mi relación con estos sitios: nada más y nada menos que una reconfortante confianza.

Esto me ha hecho pensar que si un empresario o autónomo es honrado y eficiente, tiene ya mucho ganado (puede tener problemas de financiación o de gestión, pero la clientela la va a tener asegurada). Y que hay que ser muy lerdo, además de inmoral, para meter pufos a diestro y siniestro: no solo no van a volver tus clientes estafados, sino que hablarán mal de ti a otros. Si has timado o intentado timar 4.000 euros a alguien, no esperes que regrese. La actitud contraria, la honrada a la par que inteligente, arroja sus frutos no porque exista el karma o algo parecido sino por el puro y simple boca-oído: mi compañero me recomienda el taller, yo voy a él y les dejo dinero a cambio de sus servicios (de hecho, tengo intención de recurrir a él siempre), a su vez lo recomiendo a otros que dejarán allí su dinero, que a su vez lo recomendarán a otros... Tangar 4.000 euros no sale rentable a medio plazo. No hacerlo sí que arroja sus beneficios: de hecho, los 4.000 euros no ganados en el pufo pueden ser más que compensados en un año con tres nuevos clientes habituales. Esto es lo que no pocos empresarios españoles aún no han entendido.

Sería injusto si no dijera finalmente el nombre del establecimiento al que ustedes pueden dirigirse con toda confianza (insisto en que no es cosa menor, sino fundamental, en toda relación) cuando tengan un problema con su coche: Talleres Julián, en Valdemorillo (Madrid). Encima, la persona que te atiende es amable (también rara avis en el sector, donde abundan el ceño fruncido y la mirada esquinada).

domingo, 27 de noviembre de 2016

Infarto ecológico-social: solo caben soluciones drásticas (y quizá reñidas con la democracia)


"Estamos en tiempo de descuento", afirmaba categóricamente el ecólogo Jorge Riechmann en un vídeo dirigido a los asistentes a las I Jornadas del Foro de Economía Progresista celebradas el pasado mes de octubre en Madrid. Ante académicos, periodistas y políticos de la izquierda española (del PSOE, Podemos e IU) allí reunidos, Riechmann recordaba que el cambio climático, el agotamiento de los combustibles fósiles y la destrucción de los ecosistemas y la diversidad biológica están conduciendo al choque del modo de vivir y producir de la humanidad con los límites biofísicos de la Tierra. Más tarde, el arquitecto y urbanista Fernando Prats insistía en que el riesgo de desbordamiento del planeta, con una población humana creciente y una lógica de desarrollo económico absolutamente insostenible, es algo muy real contra lo que hay que actuar sin más dilación.

Por supuesto, ninguno de ellos descubría la pólvora a los asistentes al advertir que está en juego incluso nuestra supervivencia como especie (supongo que en el encuentro no había ningún negacionista climático, creacionista o criatura homologable). Como posteriormente apuntó el economista Óscar Carpintero, de poco sirve mejorar la ecoeficiencia si esta va siempre acompañada de incrementos en el consumo: por ejemplo, es tan cierto que los coches modernos contaminan bastante menos como que cada día hay muchos más coches en nuestras calles y carreteras. Hace falta un cambio global en los patrones de producción y consumo, es necesario reformular la economía planetaria y adoptar un nuevo paradigma civilizatorio. Carpintero también desmintió el tópico de la inmaterialidad de la economía digital: la creciente fabricación de circuitos integrados, móviles, tabletas y otros gadgets tecnológicos requiere de metales, consume energía y genera residuos (algunos de los cuales son peligrosos). Esto no puede seguir así. Por si aún no ha quedado claro, volveré a repetirlo en voz alta: ¡Se nos acaba el tiempo!

I Jornadas del Foro de Economía Progresista.

Si pocas o ninguna duda hay con respecto al diagnóstico, otra cosa bien distinta es cómo afrontar el gran problema. Ahí está realmente el meollo del asunto, en torno al cual giraban principalmente las jornadas: no tanto en las medidas a tomar (sabemos más o menos qué es lo que hay que hacer) sino en cómo construir relatos políticos alternativos convincentes y llevarlos a la práctica por la vía democrática. Es dramático que, como dijo Carpintero, las empresas más exitosas sean precisamente las que más costes repercuten (¿serán por eso mismo las más exitosas?) sobre la sociedad que compra sus productos. Peor aún es que los políticos más infames, los demagogos y populistas más impresentables, sean los más premiados en las urnas. La economía del bien común, de la que apenas se habló en las jornadas, ya tiene una propuesta tangible para poner firmes a las empresas: se trata de incentivar a las buenas y desincentivar a las malas. Sin embargo, al igual que otras iniciativas como la llamada economía colaborativa, no parece suficiente para afrontar el reto a corto plazo: la razón es que no hay todavía masa crítica ciudadana para hacer palanca.

Centrémonos ahora en la actividad política. Hay que tomar medidas contundentes (quizá hasta sea necesario plantearse un decrecimiento económico), pero en una democracia dependemos de los votantes. Si el electorado no ejerce suficiente presión sobre los políticos, seguiremos instalados en un círculo vicioso: el desinterés de los ciudadanos impide que se incluya el problema en la agenda de los políticos (ellos saben que proponer medidas impopulares no les llevará al Gobierno), quienes harán poco o nada y no serán por ello castigados en las urnas (sí lo serán por otras cosas como abrir las puertas a la inmigración) por unos electores más preocupados por el fútbol o la telebasura. Es necesario empoderar a la gente a través del voto y el consumo, las dos grandes armas que tiene todo ciudadano en una democracia. Pero quizá ya no haya tiempo para ese empoderamiento, porque la educación, el espíritu crítico y la concienciación necesarias no arrojan frutos a corto plazo. Hay que reconocer con pesar que no las hemos cultivado suficientemente, no solo en España sino en el resto del mundo. ¿Y entonces qué?...

Ante la gravedad de la situación, creo que hay que adoptar medidas excepcionales a nivel global, implicando al menos a Estados Unidos, la Unión Europea, China, Rusia, India y Japón: debe constituirse una especie de gabinete mundial de crisis, bajo el paraguas de Naciones Unidas, para sortear un peligro que ya es existencial. Por desgracia, sospecho que la solución está reñida con más democracia, al contrario de lo que sostiene el discurso izquierdista biempensante (¡recordemos que el Brexit, Trump, Erdogan, Putin, Daniel Ortega, Le Pen y el presidente filipino de turno son frutos de la democracia!). Para salvar no solo a la humanidad sino a la propia democracia, quizá haya que replanteársela en la línea propuesta por la epistocracia. Sé que lo que digo resulta difícil de tragar para mucha gente progresista, pero yo sinceramente no veo otra salida.

El siguiente símil es políticamente muy incorrecto, pero bastante ilustrativo: cuando un matrimonio con tres niños pequeños viaja en coche a algún lugar distante, es uno de los padres el que está al volante y son solo ambos quienes deciden la ruta y dónde repostar o comer. Poner al volante a un niño de seis años porque ha obtenido tres votos (el suyo y el de sus hermanitos menores) contra los dos de sus padres no parece muy razonable. Es muy triste que millones de personas en Estados Unidos nieguen el cambio climático, ya sea porque lo han oído en Fox News o a la salida de la iglesia o porque lo han leído en el Facebook de sus amigos, pero mucho más penoso es que a resultas de ello salga elegido un presidente como Donald Trump que puede comprometer el futuro del mundo entero. La democracia es una idea muy noble. Sin embargo, asociada con la burricie en una situación extrema como la que nos acecha, puede empujarnos definitivamente al abismo.


sábado, 19 de noviembre de 2016

Desvelado el plan B de Rajoy: presidencia interina vitalicia

Mariano Rajoy tenía un as en la manga en el supuesto de que ni siquiera unas indeseadas terceras elecciones hubiesen logrado desencallar la formación de Gobierno en España: unas fotocopias arrojadas a un contenedor de plástico próximo al Palacio de la Moncloa, a las que ha tenido acceso el diario Ultraconfidencial Digital, prueban que el conocido catedrático constitucionalista Jaime de Sota Bamberg tenía muy avanzado, a instancias del presidente en funciones, un proyecto de reforma rápida de la Carta Magna que habría otorgado a Rajoy la condición de presidente en funciones vitalicio con amplísimos poderes ejecutivos para gobernar por decreto, aprobar presupuestos y designar a los campeones de la Liga de fútbol. El documento que preparaba De Sota, aún en estado de borrador, hacía una importante concesión al PSOE, ya que su líder Pedro Sánchez habría sido elegido jefe vitalicio de la Oposición. Y para contentar a los nacionalistas catalanes, el F.C. Barcelona tendría garantizado a perpetuidad el subcampeonato de Liga (el título estaría reservado ad infinitum al Real Madrid, dada la querencia de Rajoy por el club merengue, sin descartar alguna Liga puntual para el Pontevedra C.F. sin necesidad de militar -non necessarium- en la máxima categoría del balompié hispano). La crisis en el seno del PSOE, saldada el mes pasado con la dimisión de Pedro Sánchez y el desbloqueo de la investidura tras casi un año de Gobierno en funciones, dio al traste con este plan B del ya presidente electo. Ni De Sota Bamberg (autor de polémicos informes jurídicos, que en mayo de este año presentó un recurso de amparo ante el Tribunal Constitucional para que toda bandera escocesa esgrimida durante la final de la Copa del Rey incluyera dentro un toro bravo de Osborne) ni Rajoy (concentrado ya en Moncloa para el partido de esta noche entre el Atlético de Madrid y el Real Madrid) han querido pronunciarse al respecto.

sábado, 12 de noviembre de 2016

ATENCIÓN: Singularidad formateando

"Si hay algo masivo que te disgusta eres un aburrido, un arrogante y un cursi", escribe Elvira Lindo contra la cultura de masas en su oportuno artículo "La cobra del pueblo", publicado hoy en El País. No es nuevo el debate al respecto: ya lo han avivado estos últimos años intelectuales como Mario Vargas Llosa o Antonio Muñoz Molina. Lo cierto es que buena parte de lo que actualmente se considera cultura, incluyendo arte, música, literatura y cine, es pura basura comercial sin más valor que el de mercado (o sea, que el determinado por la simple concurrencia de oferentes y demandantes puestos en el mismo plano con independencia de su sensibilidad, talento y conocimientos).

Parece acertado el tópico de que sobre gustos no hay nada escrito y que las verdades en este ámbito son relativas. En su Crítica del juicio, Kant sostenía que las verdades estéticas son al mismo tiempo subjetivas y universales, ya que cada uno tiene las suyas pero espera que el resto del mundo las comparta. Sin embargo, es innegable que existen principios estéticos objetivos -caso del orden y la simetría- que parecen incrustados en las leyes cósmicas. El orden y la simetría en una pieza de Mozart son mucho mayores que en una serie aleatoria de ruido. A la hora de calificar objetivamente una obra de arte también hay otros criterios como la hondura emocional (no es la misma en "El grito" de Edvard Munch que en los Mickey Mouse seriados de Andy Warhol), la originalidad (se me antoja muy distinta en el Pedro Páramo de Juan Rulfo que en el último best seller de conspiraciones templarias o vampiros) y la destreza o ejecución técnica (resultan muy dispares las de Eric Clapton y el guitarrista de la típica boy band).

Este es un debate trillado donde ya nadie pretende descubrir la pólvora, pero ahora viene el giro argumental: ¿qué pasaría si se alumbrara este siglo la Singularidad prevista por Ray Kurzweil, esa especie de Superinternet biónica fruto de la conexión en red entre cerebros humanos, Internet y la Inteligencia Artificial? Estaríamos ante algo nuevo, ante un fenómeno emergente de características insospechadas y seguramente inimaginables: una superconciencia cuyas motivaciones quizá tuviesen poco que ver con las nuestras humanas (o sea, animales). Por la misma razón por la que hasta el más rudimentario ordenador no concibe que dos más dos pueda ser otra cosa que cuatro, esa superinteligencia consciente podría entregarse a un cribado sistemático de Internet para depurarlo de errores y contenido improcedente (no olvidemos que seguramente más del 90% de lo que está en la red es basura: insultos, falsedades, memeces, incorrecciones y disparates de toda índole). Todo lo que contradiga verdades bien contrastadas como que animales y vegetales tenemos un ancestro común, que el Universo tiene unas 13.800 millones de años o que Elvis Presley murió en 1976 no tendría cabida en el nuevo Internet gestionado por la Singularidad. Que los humanos fuimos creados por Dios a su imagen y semejanza, que el Universo tiene 6 mil años y que Elvis Presley sigue vivo en 2016 solo tendrían cabida bajo el epígrafe "ficción", junto a los cronopios de Cortázar, el mundo alternativo de La trama celeste de Bioy Casares en el que Cartago destruyó Roma y las andanzas de Michael Knight con su coche fantástico.

Pero la cosa iría mucho más allá de purgar entradas en Wikipedia, en blogs y en páginas web, de eliminar troleces y spam a diestro y siniestro: ¿nos atreveríamos a descartar que esa superconciencia no haría también limpieza estética?, ¿pondría en el mismo plano una sinfonía de Beethoven que el "Gangnam Style", un texto de Jorge Luis Borges que otro de Dan Brown, una obra de Goya que otra de Damian Hirst, Black Mirror y un telefilme vespertino de serie B?... Y ya con esas, ¿por qué no habría de concluir con certeza que este sistema capitalista de casino es moralmente deplorable y ambientalmente insostenible (y que algo habría que hacer en consecuencia)?, ¿por qué no habría de considerar errónea -y proceder a su inmediata anulación- una elección democrática como la de Donald Trump o la del presidente filipino de turno?, ¿por qué no habría de arrogarse la reconducción de psicópatas, sádicos o gente dañina con muy pocos escrúpulos (o su envío a mundos virtuales donde no sean nocivos, o acaso su eliminación)?

Mira por dónde, resultaría que gracias a la Singularidad podríamos tener un sucedáneo de Juicio Final (para la humanidad tal y como la hemos conocido, porque la vida transhumana habría empezado a dar sus primeros pasos). Y sería un juicio final integral: intelectual, estético y moral. Aunque bien podría ocurrir que la Singularidad encontrase en la porquería intelectual, estética y moral alguna utilidad que ahora a nosotros -procesadores de información tan toscos a causa de nuestras limitaciones cerebrales- se nos escapa por completo.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Los otros tú del Multiverso


Hay en el Multiverso infinidad de individuos que se parecen a ti, que tus familiares, amigos y conocidos de este universo confundirían contigo si se los topasen (cosa imposible, porque no habría conexión posible entre universos más allá de su hipotética superposición cuántica). Pero no te engañes: ¡ellos son otros! Son otros que se te parecen mucho, que comparten contigo tramos de su pasado -por tanto, numerosos recuerdos- y acaso iguales ilusiones, anhelos y temores, no pocos de cuyos sueños están poblados por los mismos moradores que los de los tuyos. Pero insisto: no son tú, porque tú eres único, tú eres el que está ahora mismo leyendo esta entrada en el móvil, tableta u ordenador, no el que en vez de eso está echando un vistazo a la portada digital de El País o el que se decantó por salir a la calle a tomar un café o el que hace veinte años se mudó a Nueva Zelanda y ahora duerme. Por eso solo tienes conciencia de estar en un universo, ya que los otros tú son diferentes individuos con su propia conciencia. La tuya y la de ellos son compartimentos estancos una vez se han separado: no menos que la tuya y la de tu hijo, que la tuya o la de tu vecino.

En el Multiverso hay una línea sinuosa que representa tu historia, que podría ser reproducida infinitas veces y solo se corresponde con un universo: este que te ha tocado a ti, a mí, a tu hijo y a tu vecino, el mismo del que son parte necesaria Parménides, Spinoza, Stalin, las guerras púnicas y la segunda presidencia de Rajoy. Esa línea está escrita desde siempre (estaba cuando el Big Bang y seguirá estando al final de los tiempos), al modo de la sucesión de fotogramas de una película: solo te cabe recorrerla, ignorante de su rumbo y su final. No lo dudes: eres importante, eres parte necesaria del Cosmos (seas bueno o malvado, rico o pobre, feliz o infeliz, listo o tonto, afortunado o desgraciado). Lo que no sabemos es por qué. Quizá por la misma sencilla razón por la que el seis antecede al cinco y precede al siete. ¿Y por qué tu historia es la que es y no otra? Pues por la misma razón por la que la canción Across the Universe de los Beatles empieza con los acordes Re, Si menor y Fa menor sostenido o el cuento Noches blancas de Dostoievski termina con "¡Dios mío! ¡Solo un instante de bienestar! Pero, ¿acaso no es suficiente para toda una vida humana?": de otro modo no serían ni Across the Universe ni Noches blancas sino otra cosa.

viernes, 28 de octubre de 2016

De muerte, paraísos virtuales y sandeces vaticanas


El sábado pasado, horas después de publicar mi última entrada en el blog (en la que apuntaba la esperanza en "universos virtuales creados y gobernados por una inteligencia emanada de nuestro universo" y mi confianza en que esa superinteligencia que está por emerger sería "benevolente y justa" con las pequeñas conciencias alumbradas antes que ella), tuve casualmente el gusto de ver uno de los capítulos de la tercera temporada de Black Mirror: "San Junípero" (AVISO: no pinches en el enlace ni sigas leyendo si aún no has visto el episodio).

La ficción televisiva guardaba relación con lo que había publicado por la mañana, aunque yo me refería a una superinteligencia transhumana infinitamente superior a la de una civilización de tipo III según la escala de Kardashev (capaz de aprovechar toda la energía disponible de una galaxia): o sea, en mi artículo aludía a una hipotética civilización de tipo IV con la capacidad de manipular la totalidad del espacio-tiempo para crear universos -reales o virtuales- a su antojo del infinito catálogo del Multiverso. Algo que podría materializarse dentro de cientos o quizá miles de millones de años.

Black Mirror no va tan lejos, solo apenas una generación hacia adelante: en "San Junípero" se presupone que hacia el año 2040 la humanidad cuenta con tecnología suficiente como para detener el envejecimiento y prolongar la vida indefinidamente (no anda desencaminado el guionista, aunque quizá ese logro se demore algunas décadas más; por otra parte, Aubrey de Grey nos diría que el envejecimiento puede ser incluso revertido, lo que no parece ser el caso del mundo real del capítulo). Pero lo más relevante es que la humanidad de ese 2040 tiene a su alcance la posibilidad de vivir existencias virtuales, tanto a tiempo parcial (unas horitas a la semana) como eternamente (tras morir) mediante algún tipo de descarga de la información física y mental de cada persona. Eso hace que el envejecimiento y la decrepitud no sean tan dramáticos, ya que al pasar al mundo virtual los individuos viven plena e intensamente en un cuerpo joven.

Al final del capítulo se ven los enormes servidores informáticos de la empresa proveedora del servicio post mortem de paraísos virtuales (aunque tan reales como el nuestro gracias a la calidad de la computación). Puesto que todo software necesita ejecutarse en un hardware, los usuarios muertos de los microuniversos virtuales de "San Junípero" nunca pueden estar del todo seguros de la continuidad de su nueva vida eterna como jóvenes (¡en la recreación no hay viejos!): un cataclismo o un ataque que destruya los macroservidores acabaría ipso facto con su paraíso. En esas existencias virtuales (aunque, insisto, completamente reales para sus usuarios) cada uno elegiría vivir para siempre con quien quisiera y podría entregarse a todo tipo de placeres sin freno. Pero no es oro todo lo que reluce: nadie podría obligar a un ser querido a elegir estar en su propio paraíso, con lo que jamás volvería a verlo, y la eternidad podría mutarse en infierno inescapable pese a la ausencia de enfermedad o sufrimiento físico (en el mundo virtual no existe la muerte). Los universos reales o virtuales fabricados por una superinteligencia transhumana del más remoto futuro no tendrían necesariamente que ver con las preferencias de sus habitantes conscientes y darían más juego al ser mucho más dinámicos y complejos, solo acotados por los límites cósmicos. De hecho, podríamos estar viviendo en alguno de ellos (en ese caso, nuestro universo no estaría concebido como un paraíso para sus moradores sino más bien como un experimento social o un juego).

Poniendo el contrapunto religioso a las hondas e interesantes implicaciones filosóficas de "San Junípero", el Vaticano se descolgaba anteayer con una de las mayores sandeces del año: la advertencia a sus fieles de que con las cenizas de sus seres queridos incinerados no puede hacerse cualquier cosa tal como arrojarlas al mar o devolverlas a otro espacio de la Naturaleza (¡Vade retro, panteísmo!). Alguien en la cúpula de la Iglesia debería ya saber que las cenizas de un ser querido son solo un puñado de minerales (sobre todo fosfatos, calcio y sulfatos), así como que todo individuo vivo -o muerto u objeto inerte- está compuesto de átomos y que lo realmente importante es la estructura o conjunto de relaciones entre ellos. De hecho, los átomos de nuestro cuerpo de hoy no son los mismos que los de hace unos años. Por cierto, todos tenemos siempre al menos algún átomo que formó parte de Sócrates, Cleopatra, Giordano Bruno (reducido a cenizas en una hoguera encendida en 1600 por la Iglesia católica), el mar Rojo, el Everest o cualquiera de los elefantes que cruzaron los Alpes con Aníbal. La clave es la información, el modo en que se ordena la materia viva. En fin, no le pidamos peras al olmo: es lo que tiene guiarse por cuentos en vez de por la ciencia.

sábado, 22 de octubre de 2016

El 'mal morir' de los creyentes: el caso de Teresa de Calcuta

Un médico que ha sido testigo del adiós a la vida de muchas personas en estado terminal me confiesa que el "mal morir" (el hacerlo presa de terrores y sentimientos de culpa) es más frecuente entre los creyentes que en los ateos o agnósticos. Parece paradójico, aunque en el fondo es coherente: ¿no podría tener algo que ver el miedo al castigo eterno, inoculado por la religión? Pero yo añadiría otra posible explicación: la postrera sospecha de que todo en lo que uno creyó, y conforme a lo cual fundamentó su vida, pudiera ser un cuento. Quizá eso sea lo más mortificante de todo.

El otro día supe con enorme sorpresa que Santa Teresa de Calcuta pudo haber muerto siendo atea, ya que en el último tramo de su vida había perdido la fe. En su propio expediente de canonización se apunta esa crisis de fe, que la Iglesia interpreta como una dura prueba reservada por Dios a las almas más grandes (supongo que darían la prueba por superada). Mientras en público afirmaba que "Cristo está en todos los sitios, en nuestros corazones, en los pobres que conocemos, en la sonrisa que damos y recibimos", Teresa rumiaba en su fuero interno un terrible conflicto, incapaz de entender el sentido del sufrimiento y el mal y, sobre todo, de conciliarlo con su religión. "¿Para qué hago esta obra?", se preguntaba en una de las cartas a la que accedió el cura canadiense Brian Kolodiejchuk, encargado por el Vaticano de incoar la causa para su elevación a los altares. "Si no hay Dios, no puede haber alma. Si no hay alma, entonces, Jesús, tú tampoco eres verdadero", razonaba la monja albanomacedonia.

Pues yo creo humildemente que Teresa estaba equivocada. Acaso haya esperanza aunque no exista el alma y todo tenga un fundamento material (por supuesto, lo de que Jesús fuera real o no carece de toda importancia). Siguiendo al físico y cosmólogo Frank Tipler, la esperanza estaría en universos virtuales creados y gobernados por una inteligencia emanada de nuestro universo (necesariamente guiada por la ciencia para alcanzar su propósito). El nuestro sería pues un universo en el que Dios no existe al principio sino al final, como ya intuyeron en su día Pierre Teilhard de Chardin o Henri Bergson. Y como también apunta Yuval Harari en su último libro: Homo Deus. Si es así, podemos morir más o menos tranquilos (otra cosa es que nos lo permita una mala conciencia), relativamente confiados en que esa superinteligencia que está por emerger será benevolente y justa. Aunque, ciertamente, esto no deja de ser una suerte de fe.

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