martes, 29 de julio de 2014

Divinos adivinos

A Albert Einstein algunos profesores le tomaron por lerdo cuando estaba en el colegio: uno de esos maestros profetizó que no llegaría a nada en la vida. Del gran Juan Carlos Valerón (el jugador más querido de la Unión Deportiva Las Palmas y probablemente el más respetado en toda España por su humildad y bonhomía), un entrenador local de medio pelo de cuyo nombre es imposible acordarse apuntó cuando era adolescente: "Este chico no vale para el fútbol". Del modesto equipo Chievo Verona se dijo burlonamente que subiría a la Primera División del calcio italiano el día en que los burren volasen (los burros volaron, literalmente, en 2011). "La radio no tiene futuro. Las máquinas voladoras más pesadas que el aire son imposibles. Los rayos X resultarán ser un fraude", sostuvo Lord Kelvin (por otro lado, gran figura de la ciencia que determinó el valor del 0 absoluto de temperatura: -273º C). "Tendremos un presidente negro cuando los cerdos vuelen", dicen que afirmó hace más de 200 años George Washington (¿es cierta esta cita, por cierto?).

jueves, 24 de julio de 2014

Protectores ahí fuera


El otro día me encontré una especie de cochinilla reptando por el suelo de la cocina de casa. Cogí cuidadosamente al bicho con un papel (no representaba amenaza alguna para nosotros, a diferencia de un mosquito), lo llevé a la terraza y dejé que empezara una nueva vida allí. Me volvió a la cabeza un pensamiento recurrente: ese bichito nunca sabrá que lo salvó la empatía de un desconocido gigante, como acaso nosotros nunca sepamos que quizá nos estén salvando seres que podrían estar ahí fuera, incluso más allá de nuestro espacio-tiempo. ¿Tendremos protectores, dioses menores cuyos manejos desconocemos y atribuimos al azar? ¿Al final será verdad lo del ángel de la guarda?...

domingo, 13 de julio de 2014

Golpe científico a la dicotomía de los sucesos binarios

Un extraordinario descubrimiento científico, parangonable al hallazgo del bosón de Higgs y de las ondas gravitacionales, ha sido dado a conocer esta tarde en Estados Unidos. "Esto marca sin duda un antes y un después en la historia de la Física", ha dicho en rueda de prensa en Missoula el portavoz del equipo investigador de la Universidad de Montana Harold Di Meola.

Los investigadores de Montana, en colaboración con el europeo CERN, han hallado la manera de romper el carácter dicotómico de sucesos binarios (de un bit de información) mediante un procedimiento conocido como recolapso de la función de onda. Las implicaciones del descubrimiento son gigantescas y pueden cambiar de manera radical nuestro modo de interactuar con la realidad.

Di Meola ha confirmado el éxito de dos experimentos, uno con una moneda de 50 centavos perfectamente calibrada (tras ser arrojada al aire, cayó al suelo en un estado diferente a la cara, la cruz o el canto) y otro en una boda por lo civil en Las Vegas (al requerirle el oficiante si quería casarse con su novia, el novio dio una respuesta que no fue ni ni no ni cualquier otra).

Una de las sorpresas de la rueda de prensa en Missoula fue cuando Di Meola reconoció que el origen del proyecto estaba en España: durante unas vacaciones en Sevilla hace años, el científico escuchó a un aficionado al fútbol (ahora identificado como Curro Castañares Olivenza, abonado del Real Betis Balompié) lamentándose de la imposibilidad física de que en un partido Sevilla-Real Madrid perdiesen ambos equipos. Di Meola volvió a Estados Unidos con esa idea rondándole la cabeza. "Aquel hombre sufría mucho", ha reconocido con indisimulada emoción.

La clave del procedimiento es forzar el colapso de la función de onda para, solo pocos tics de Planck más tarde (muchísimo menos que una milmillonésima de milmillonésima de nanosegundo), devolverle artificialmente su coherencia y volver a forzar de inmediato su colapso mediante una acción especular con taquiones virtuales de muy alta energía.

"Si alguna vez Real Madrid y Sevilla se encontrasen en una final, este método aseguraría -si las autoridades políticas lo autorizaran por razones de interés general- una derrota de ambos", ha explicado el físico estadounidense. "Por supuesto, sería extensivo a cualquier duelo deportivo e incluso político y de otra naturaleza. Aunque, eso sí, tendría que ser dicotómico". Di Meola ha reconocido que su equipo está ahora mismo trabajando para obtener el mismo éxito con eventos policotómicos, como la elección con el mando a distancia del canal de la TDT o las elecciones presidenciales de Afganistán. "Esto tardará aún algunos años en hacerse realidad".

El revuelo armado tras la rueda de prensa ha sido enorme, sobre todo en el mundo del fútbol (el comunicado se ha dado a conocer -algunas voces dicen que no casualmente- solo unas pocas horas antes de la final del Mundial en Brasil). A los pocos minutos de terminar el acto en la Universidad de Montana, el Gobierno de Surinam hacía un llamamiento a la FIFA para darles por ganadores en la final de Maracaná. "Es la ilusión de una nación lo que está en juego, no permitamos que unos desalmados nos la roben", decía el presidente del país en una alocución televisada tras la cual miles de aficionados tomaron las calles de la capital Paramaribo con bufandas y banderas de su nación. La FIFA no ha querido pronunciarse y las casas de apuestas siguen colocando a Argentina y Alemania como únicos posibles ganadores de esta noche.

En un comunicado urgente posterior a la rueda de prensa, a la vista de la convulsión social desatada (el hashtag #dichotomyisover se convirtió rápidamente en TT mundial), Di Meola desmentía rotundamente que hubiese planes de alterar el resultado de la final de esta noche en Río de Janeiro. "En cualquier caso", afirmaba su comunicado, "con el recolapso de la función de onda no ganaría ni Argentina ni Alemania ni ningún otro país, incluidos Surinam y Papúa-Nueva Guinea".

domingo, 6 de julio de 2014

Por una positividad realista... y un puntito desconfiada


El otro día escuché a un locutor de Vaughan Radio diciendo que hay que ser positivos en la vida, que la negatividad es una apuesta segura para acabar formando parte del "club internacional de los fracasados". En EE.UU. están obsesionados con esta última palabra (loser): si no triunfas en la vida, la culpa siempre será tuya, en la estúpida creencia -híbrida de pasteleo new age y de psicología barata de escuela de negocios- de que cualquier sueño es posible si luchas duro por él.

Es cierto que tu visión del mundo depende en buena medida de la actitud con que lo observes. Pero, para empezar, hay que asumir -¡que no aceptar!- que la injusticia y la maldad estarán siempre entre nosotros. Ello no tiene por qué amargarnos una salida o una puesta de Sol, una mañana campestre de domingo, una agradable comida, un beso, un abrazo o una reparadora siesta. Es necesario asumirlo como hacemos con la inevitabilidad de la muerte o con la fuerza de la gravedad, para pisar suelo firme y no engañarnos tontamente. Lo siguiente es buscar espacios -los hay, y son numerosos- para disfrutar de lo mucho bueno que tiene la vida, procurando mantenernos apartados de las cosas y personas indeseables.

Por supuesto, al vivir en sociedad debemos aceptar un peaje inevitable: siempre nos encontraremos con personas desagradables porque hay ámbitos en los que no elegimos a los congéneres con los que tenemos que interactuar: escogemos por afinidad o simpatía a nuestros amigos reales o virtuales, pero no a nuestros vecinos, conciudadanos, compañeros de trabajo o usuarios simultáneos de la carretera. La convivencia con Homo sapiens -o con cualquier otro animal- nos obliga a ciertas prevenciones: debemos protegernos y eventualmente defendernos (preferiblemente, dentro de los cauces del Estado de derecho). Esto no es negatividad sino realismo. Si una gacela estima en algo su pellejo, no puede salir paseando tranquila y despreocupadamente por la sabana para disfrutar de la brisa. Como tampoco debería ninguno de nosotros atreverse a dar un paseo romántico nocturno por las calles de San Pedro Sula (Honduras). Y mucho menos alardear de su homosexualidad en público en Mosul, entre tanta gente piadosa.

El mundo está lleno de peligros: no solo por terremotos, maremotos, huracanes, aludes o el imponderable coco que te puede caer en la cabeza, sino sobre todo por la presencia de seres más o menos inteligentes (desde virus y bacterias hasta humanos pasando por viudas negras y cobras) que andan pululando por ahí. Esto es lo que hay, así que debemos actuar con inteligencia y prudencia. Si yo me hubiera fiado de todo quisque en el viaje en solitario que hice en el verano de 1990 en tren desde Madrid hasta Atenas (ida y vuelta), habría terminado literalmente desplumado y sodomizado (sin consentimiento). En ese viaje con Interrail por toda Europa, a mis 22 años, me topé con mucha buena gente pero también con auténticos tipejos que pudieron haberme arruinado la experiencia: desde el quinqui sevillano que iba camino de un centro de desintoxicación en Vitoria y le robó el equipaje a una turista francesa (ella lo descubrió pasmada ya en Hendaya; yo no perdí jamás de vista el mío, pese a la charla de buen rollito con el tipo) hasta el dueño del pub de Atenas que pretendió en vano tangarme en su local (valiéndose de los encantos de una joven compinche de buen ver) pasando por otros cafres del más variado pelaje.

Hace unos meses me sorprendió gratamente, leyendo el Diario de invierno de Paul Auster, una mención del escritor norteamericano a un útil consejo que le había dado su padre: "Conduce siempre a la defensiva; procede en el supuesto de que todos los que están en la carretera están locos y son idiotas; no des nada por sentado". ¡Ese es también mi lema, qué casualidad! Si te fías del prójimo en la carretera pensando que actuará racionalmente, date por muerto más temprano que tarde. Fuera de las carreteras es también recomendable una cierta dosis de desconfianza, siempre que esta no sea agresiva con los demás ni paralizante para quien desconfía (a veces no tenemos más remedio que fiarnos por adelantado, por ejemplo cuando nos encomendamos a un médico o apostamos por una relación amorosa). No se trata de prejuzgar a la gente, sino de actuar con prudencia y abrir las compuertas de tu confianza solo a quienes se hagan merecedores de ella o a quienes tu olfato o intuición te dicen que pueden serlo.

Constatar la estupidez e hijoputez humanas no tiene por qué llevarnos al cinismo ni está reñido con la felicidad y la alegría de vivir. Claro que es imposible no sentir pena e incluso una intensa rabia ante tanta injusticia y barbarie, ante la interminable sucesión de atrocidades cometidas por seres humanos (moneda corriente desde que el hombre es hombre, aunque afortunadamente cada vez menos frecuente). Claro que es imposible que no se te revuelva el estómago ante asesinatos como el de tres jóvenes israelíes a manos de escoria palestina o el de un joven palestino a manos de escoria israelí (escoria religiosa en ambos casos). O ante el impune maltrato generalizado de los animales y su brutal matanza a escala industrial. Pero las salidas y puestas de Sol seguirán ahí -para nosotros y para nuestros descendientes-, así como las mañanas campestres de domingo, las agradables comidas, los besos, los abrazos y las reparadoras siestas.

lunes, 30 de junio de 2014

Cita infausta con un mosquito en el espacio-tiempo


Ayer maté a un mosquito bien grande que se había metido en casa: bastó un golpe seco con una caja de Kleenex. Le dije a mi hijo, mostrándole la base de la caja con el mosquito aplastado, que lo había hecho en defensa propia: para que no nos picase esa noche. El animal tuvo una muerte rápida, instantánea, sin sufrimiento (esto me tranquiliza): vivía y, de pronto, dejó de vivir. Lo que no le dije es que haría lo mismo -aunque tendría que emplear un método más contundente- si fuese un ser humano el que amenazara su vida: me asistiría el ordenamiento jurídico y cualquiera lo entendería, San Agustín inclusive.

Con los mosquitos no hay negociación posible para evitar sus picaduras: no vale el "te dejo vivir pero a cambio no me atacarás", sobre todo porque es igual de imposible transmitirle esta información como recibir una respuesta de su parte. El mosquito necesita picar para alimentarse de sangre, de la que depende su supervivencia. Por tanto, en el alucinante supuesto de que le llegase el mensaje, se aviniera a un acuerdo y pudiese comunicárnoslo, es muy probable que no cumpliese finalmente con su palabra: la mentira es una estrategia seleccionada por la evolución, que pervive precisamente gracias a su utilidad (al igual que la maldad).

La picadura de este mosquito no iba a causarnos la muerte, ni siquiera alguna fastidiosa enfermedad como la malaria. Así pues, en un lado de la balanza utilitarista puse el malestar (relativamente leve) de mi familia por las eventuales picaduras; en el otro, la vida del insecto. Y no tardé mucho en tomar la decisión de acabar con él. Reconozco que ello me produce una pizca de inquietud (¡un jainista consecuente no lo hubiera hecho!), pero hay que ser consciente de que es imposible vivir sin dejar una huella de sufrimiento: todo lo que tiene culo no solo tiene miedo sino que también hace daño. Todos somos culpables, todos somos (más o menos) egoístas. No nos engañemos pensando lo contrario.

Aunque bien es cierto que ningún humano ni cualquier otro ser vivo hizo las reglas de este juego: ya nos han venido dadas. La causalidad del Universo me fijó una cita con este mosquito en un instante de su historia, él y yo atrapados por la necesidad (cada uno conforme a su constitución genética e información ambiental) y sujetos a las mismas leyes físicas. Y me puso a mí en ventaja en inteligencia y fuerza. Posiblemente yo ni siquiera haya tenido opción de decidir: quizá ya estuviese determinado y volví a autoengañarme pensando que actuaba mi libre albedrío...

Una diferencia entre mi víctima y yo es que, en virtud de mi inteligencia humana, tengo curiosidad por saber de qué va este extraño juego en el espacio-tiempo. Por saber si algún físico hacker adolescente con granos diseñó todo esto en un garaje, y si se trata de un malvado, un imbécil moral o un simple ignorante (¡no en Ciencias o Informática, desde luego!). Por saber si la materia inteligente consciente de sí misma será capaz algún día de llegar a entender todo (entre otras cosas, por qué la depredación y el sufrimiento tenían necesariamente que aparecer en escena en el Cosmos). Por saber si el Bien y la Justicia tienen una existencia real más allá de nuestras tan limitadas mentes.

domingo, 22 de junio de 2014

La pena por el elefante


En uno de sus reportajes en El País, el bueno de Pepe Naranjo aborda el exterminio de elefantes en África asociado al tráfico ilegal de marfil. Lo que no suele decirse es que detrás de este drama están la imbecilidad y/o inconsciencia de millones de personas (sobre todo, nativos del este de Asia que gustan de adornar sus casas con objetos de marfil o atribuyen propiedades afrodisíacas a los colmillos del hermoso paquidermo). Los responsables son seres humanos corrientes y molientes (gente "normal"), no Satán ni el Doctor No ni la CIA ni algún siniestro compló conspiranoico...

El esquema es muy simple: los imbéciles o inconscientes demandan, los desaprensivos ofertan, los más bestias disparan, los elefantes mueren... Pero la culpa no es del mercado (simple concurrencia impersonal de oferta y demanda), sino de unos demandantes enajenados por sus supersticiones y estupideces locales. De nada sirve que los países africanos se tomen en serio la lucha contra la trata (como parece que está ocurriendo) si un montón de cretinos en Asia sigue alimentándola.

Se trata de la típica película real protagonizada por humanos, con todo lo que conlleva: egoísmo, ignorancia, estupidez, maldad... Al igual que en las pelis de ficción también hay, por supuesto, cosas buenas como la gente que se indigna e incluso se rebela arriesgando su pellejo. El modelo explicativo aplicable es siempre el mismo, hablemos de tráfico de marfil, de peletería, de diamantes, de industria cárnica o de esclavismo (aunque en este último caso los demandantes eran -¡y son!- más bien hijos de puta que inconscientes o imbéciles).

La culpa tampoco es del capitalismo ni del neoliberalismo: como ya apunté, en primera instancia es de quienes demandan esos productos y, luego, de la cultura y tradición de la que maman dichos demandantes (en última instancia, de la propia naturaleza humana). Eso es lo que no acaba de entender la izquierda ortodoxa, que atribuye todos los males a EE.UU. e Israel, aparte de al capitalismo, el neoliberalismo, el mercado e incluso (¡esto ya es el colmo!) el liberalismo. El problema es el Homo sapiens y su (maldita) cultura. Pero no desesperemos: la solución también es el Homo sapiens y su (bendita) cultura.

viernes, 13 de junio de 2014

¡Es el orgullo, Butch, es el orgullo!

El orgullo puede ser algo muy poderoso, tanto como para cambiar el curso de la Historia (lo que casa muy mal con el reduccionismo economicista de los marxistas). Esta reflexión tiene su origen en un post futbolero del compañero, y sin embargo amigo, Óscar López Canencia acerca de la reciente final de la Copa de Europa en Lisboa entre Real Madrid y Atlético.

Hace unos meses pagué con la tarjeta en una gasolinera los tres euros correspondientes al lavado de mi coche. Al primer intento me dijo el empleado que no había funcionado la máquina, por lo que volvió a pasar la tarjeta. Al llegar a casa advertí (desde hace mucho sigo el lema de "desconfía y acertarás", que no suele fallar en España) que me habían hecho dos cargos de tres euros en la cuenta. Volví a la gasolinera, donde un especimen nacional bien identificado -malencarado, grosero, vicioso y sucio- me negó la mayor de malos modos. Tuve que darles la brasa en una nueva visita días más tarde, bien informado por mi oficina bancaria, provisto de extractos y con la amenaza de denunciarles. El tipo, asumiendo su derrota, me arrojó tres euros al mostrador. Era poco dinero, pero no estaba dispuesto a dejarlo pasar por una cuestión de mero orgullo, aunque el tiempo y las molestias invertidas en recuperarlo valían seguramente más de tres euros. Por supuesto, no he vuelto a esa gasolinera ni pienso hacerlo jamás.

Algo parecido me ocurrió hace años cuando una compañía telefónica felizmente desaparecida pretendía cargarme una factura improcedente: la cuantía era pequeña, pero no me dio la gana pagarles y empecé a recibir llamadas y cartas de empresas de cobro que solo sirvieron para reafirmarme en mi decisión.

Sentirte asistido por la verdad te da mucha fuerza, pero esta se multiplica si alguien te la niega y encima de malas maneras. Es lo que ocurre con las prospecciones petrolíferas en Canarias. Consideras, siempre con una duda razonable (quien no duda es un fanático), que no son beneficiosas para el archipiélago. Pero esa falta de certeza tiende a ser aparcada cuando te topas con defensores de las prospecciones que te están tomando el pelo y a los que se les ve claramente el rejo PPolítico: cuando entras en esta web y ves este vídeo o, ya en el colmo, ves este otro vergonzante del verde Esteban González Pons. Luego, además, te dices: "No vuelvo a pisar una gasolinera de Repsol". Te das cuenta de que es una faena, porque cerca de tu casa hay tres gasolineras de Repsol (una ya eliminada, por ser el escenario del antedicho incidente de los tres euros), pero ya no hay vuelta de hoja: volver a repostar bajo ese logo sería una indignidad contigo mismo.

¡Cuántos levantamientos o revoluciones no habrán empezado avivados por un sentimiento de humillación, por sentirse la gente violentada, ninguneada o estafada! Sin duda, el orgullo está detrás de las revoluciones americana, francesa y rusa, de tan honda repercusión histórica. Y también del alzamiento judío contra los nazis en el gueto de Varsovia y la posterior creación por supervivientes del Holocausto del Estado de Israel. Y, sin irnos tan atrás, de sucesos como la revolución tunecina de los jazmines o la sublevación de civiles armados contra narcoprimates en el estado mexicano de Michoacan. ¡Es el orgullo, Butch, es el orgullo!