viernes, 29 de mayo de 2015

Perros que son buenos gracias a humanos que no lo son tanto

Foto tomada de Erikeltic (Wikipedia).

Muchas virtudes adornan a los perros: el espíritu cariñoso, la fidelidad y la nobleza suelen caracterizar a un animal considerado el mejor amigo del hombre. Hay que coincidir con Arturo Pérez-Reverte en que los canes son, por lo general, mejores que los humanos. Pero lo curioso es que el origen de esas cualidades está en el propio ser humano, en el proceso de selección llevado a cabo por nuestros antepasados sobre los antepasados de los actuales perros, empezando por el primer lobo domesticado. Una selección que debió ser implacable: los perros-lobos que no se ajustaban a lo que los hombres buscaban de ellos eran eliminados sin miramientos.

Para cuidar del ganado, ayudar en la caza, proteger a las personas o simplemente servir de compañía era necesario que el animal fuera obediente y fiel. Los actuales perros son como son porque así es como los humanos hemos querido que fueran: paradójico ejemplo de cómo la bondad puede ser hija no solo de la bondad sino también del puro interés, el egoísmo e incluso la maldad. Por desgracia, también están los perros de los macarras: animales seleccionados solo por su fortaleza y agresividad para pelear. Aquí la brutalidad (animal) sí que es clara hija de la hijoputez (humana). En cualquier caso, la evolución del perro evidencia que su nobleza ya estaba inscrita potencialmente en el primer lobo.

Quizá unos extraterrestres superinteligentes deberían tomarse la molestia de seleccionarnos, cribando la población de psicópatas y demás gente indeseable. Nuestro sino podría ser convertirnos en "el mejor amigo del extraterrestre": de verdad que no sería un mal destino (mientras no nos ahorcasen de viejos, como los cazadores hacen con los galgos).

viernes, 22 de mayo de 2015

Destrucción 'ab toto', no creación 'ab nihilo': una metáfora escultórica de la realidad física


Imaginémonos un bloque esférico de piedra (sin irregularidades, liso y macizo) y un escultor dispuesto a trabajar sobre él. Ante sí tiene un material en bruto perfectamente simétrico y muy ordenado (o sea, con muy baja entropía y, por tanto, muy escasa información), que merced a su oficio artístico podrá convertirse en cualquier forma imaginable (también ordenada o con baja entropía, como cualquier creación o ser vivo -desde un tigre hasta una novela pasando por una nevera y una flor-, pero con menor orden, mayor contenido informativo y menor simetría que el bruto inicial).

Es pertinente señalar que la imaginación del escultor está limitada por lo que éste ha visto: podrá esculpir un elefante con patas de canario y orejas de burro, pero porque ya sabe lo que es un elefante, un canario y un burro. La imaginación consiste en jugar de manera más o menos audaz o traviesa con la información que ya tienes de algo, pero su ejercicio es imposible con lo que nunca has visto. Ningún humano puede imaginarse un tistallu, hipotética criatura de la constelación de Orión. Yo solo he podido imaginar su nombre y su procedencia porque he jugado con las letras de un alfabeto que conozco y con un objeto celeste que sé positivamente que existe. En cualquier caso, un tistallu también estaría dentro del bloque de piedra, al igual que un elefante, un burro o un canario.

De la primera decisión del escultor (por ejemplo, cortar con una motosierra una sección de la esfera para hacerla horizontal por un lado) dependerá el devenir de su obra, al iniciar una secuencia irreversible de causas y efectos. Si la esfera ha quedado reducida a un objeto con cabeza y cuatro extremidades, ya sabemos que nunca será un pistón, una teja, un piano o el programa electoral del PP. El escultor ha podado mucho el objeto original, pero aún así sigue habiendo infinidad de posibilidades a su alcance. Si su cincel alumbra posteriormente el retrato a cuerpo completo de David Hasselhoff, las posibilidades se habrán recortado bastante (ya nunca será Franco Battiato ni Jorge Luis Borges ni Borja Bartolo Santesmases Huidobro), pero continuará habiendo un amplio abanico a disposición del artista: Hasselhoff vestido de primera comunión, Hasselhoff en tanga, Hasselhoff desnudo...

La información que porta la escultura a medida que avanza el tiempo será cada vez mayor, pero siempre muy inferior a la resultante de una obra absolutamente caótica (por ejemplo, un truño diarreico de Esther Ferrazcona). Para entender esto podemos recurrir al ejemplo de una baraja. El mazo de cartas perfectamente ordenado sobre la mesa (con una carta encima de otra, el as de oros al principio y el rey de bastos al final) tiene una entropía muy baja y poca información porque solo hay una manera de disponerla así. Si sacamos los cuatro ases, los ponemos juntos en una fila (el de oros a la izquierda, seguido del de copas, el de espadas y el de bastos) y tiramos el resto de las cartas de cualquier forma sobre la mesa, nuestra disposición tendrá más entropía (menos orden), menos simetría y más información. Y si arrojamos directamente todo el mazo sobre la mesa de cualquier modo, tendremos como resultado un estado con mucha entropía (poco orden), ninguna simetría y mucha más información: hay muchas maneras de que las cartas se dispongan desordenadamente, de modo que nos harían falta muchos más bits para computar ese estado (que, en consecuencia, ocuparía más memoria en un ordenador).



Lo cierto es que el tipo de desorden no es distinguible macroscópicamente, ya que hay muchísimos estados desordenados posibles (por el contrario, solo hay uno ordenado perfectamente). Un teórico silencio absoluto en el patio de butacas abarrotado de un teatro se corresponde con un único estado en el que todos los espectadores están callados. Sin embargo, nadie podría distinguir un murmullo generalizado de otro, porque para ello tendría que disponer de una amplísima información sobre todos los espectadores: en algunos murmullos participan unos espectadores (además, con distinta intensidad) y en otros no. Solo hay un tipo de orden perfecto, mientras que existen multitud de desórdenes diferentes (aunque aparentemente iguales macroscópicamente).

De la metáfora a la realidad

Ha llegado el momento de dar el salto de lo metafórico a lo real. Para el físico serbio Vlatko Vedral, la realidad espacio-temporal sería fruto precisamente de esculpir la totalidad, de podar o reducir todas las posibilidades que ofrece el Cosmos: no se trataría de una creación ab nihilo (desde la nada) sino de una destrucción ab toto (desde el todo), a semejanza de nuestro escultor. Este último podría ser un ordenador cuántico que ejecuta un programa llamado "leyes del Universo". Un programa con el que se cincela una ruta coherente internamente, o sea matemáticamente consistente, por el espacio-tiempo. Pero habría otros programas (otras leyes), que alumbrarían rutas diferentes y, por tanto, distintos universos. Para Vedral, la información es el componente último y fundamental de la realidad (el it from bit que ya adelantó John Wheeler): materia y energía serían en el fondo dígitos binarios (ceros o unos), información que se va generando a cada instante al cribar la realidad total y última.

Demos una vuelta de tuerca a la elucubración metafísica. Supongamos que el Universo fuera un fractal (como un diamante) perfectamente simétrico y ordenado, pero con 10 dimensiones espaciales y una temporal (tal como sostiene la teoría M de supercuerdas). Un objeto así es inconcebible por nuestra mente, que no puede siquiera intuir espacios de más de tres dimensiones. Además, dentro de este objeto estarían ya inscritos (al modo en que lo están un elefante, un canario y un burro en nuestra esfera de piedra) todos los universos posibles y todos los eventos de cada uno de ellos: los que para nosotros ya han sucedido, los que ahora nos están sucediendo, los que nos sucederán en lo que llamamos futuro, los que nos habrían sucedido en otros universos, los que nunca nos sucederán... Estaría representado el completo catálogo del Multiverso, absolutamente todo lo que puede existir.

Supongamos ahora que una plantilla de ese objeto (que no dejaría de ser mera información incorruptible y eterna alojada en un ámbito platónico) se pusiera a tostar en la parrilla cuántica, ese vacío no vacío en permanente ebullición que hay debajo de la realidad en su escala más pequeña, donde tiempo y espacio pierden su significado. Sometido a sus salvajes y frenéticos embates, ese objeto perfecto (insisto, simples bits) resultaría ligeramente alterado, lo que rompería su orden y simetría. Ese accidente determinaría el estado inicial de un universo, además de generar sus leyes y los valores de sus parámetros físicos (la Matemática podría ser lo único común en todos los universos).

Recurramos a otro símil: un saco repleto de tierra que ponemos al alcance de un gorila balanceándose con una cuchilla de afeitar en la mano. Dependiendo de dónde y cómo impacte la cuchilla, saldrá la tierra del saco por un lado u otro y con mayor o menor intensidad. En este caso, la ley de la gravedad se encarga de determinar cómo será el vaciado del saco. En nuestro supuesto cósmico, la ley sería generada automáticamente por la forma en que quedase el objeto en el instante 0 (el de la cuchillada).

En este universo en el que escribo se habrían plegado siete de las 10 dimensiones espaciales, con lo que solo tres se habrían expandido con la gigantesca inflación cósmica posterior. Y las constantes físicas (constante gravitacional, masa del protón y del electrón, etc.) son las que son, pero podían haber tomado otros valores de haber sido ligeramente diferente el accidente. De hecho, toman otros valores en otros universos (unos viables y otros no, por no ser internamente consistentes) del inmenso catálogo del Multiverso. ¿Y por qué un tipo de accidente y no cualquier otro?, ¿por qué la plantilla es zarandeada de una cierta manera y no de otra? Pues se trataría de algo aparentemente aleatorio, pero como el azar no existe cabría imaginar la existencia de un generador de números aleatorios (¿a su vez autogenerado?) allí abajo del todo.

En cada punto del espacio-tiempo quedaría incrustada una forma de Calabi-Yau en la que estarían compactadas las dimensiones espaciales no desplegadas (existe un número mareante de modalidades de Calabi-Yau), una forma resultante del accidente sufrido por la original forma perfecta. Dentro de cada universo, la forma correspondiente de Calabi-Yau sería siempre la misma en todos sus puntos o átomos espacio-temporales: algo así como su ADN. El modo en que están allí compactadas o enrolladas las dimensiones ocultas marca la dinámica de un universo: sus leyes y sus constantes físicas.


Todo esto que planteo, a riesgo de llevarme una buena colleja (¡no me consuela pensar que se tratará de simples ceros y unos!) de quienes de verdad saben de Física, es fruto de mezclar osadamente la mecánica cuántica, la teoría de cuerdas, el universo inflacionario, las leyes de la termodinámica y el Multiverso (por cierto, es compatible con una supuesta computación simulada del Universo como la planteada por Nick Bostrom). ¿Y de dónde viene la información primigenia?... A ello dedica Vlatko Vedral el último capítulo de su libro Decoding Reality y su conclusión es, como ya habremos deducido, que la información se explica por sí misma: es un fenómeno autogenerado y autosostenible. Y me pregunto, ya para cerrar: ¿Por qué no considerar que ese objeto presuntamente fractálico y digital llamado Multiverso siempre ha existido, como sostenía el griego Parménides? ¿Y el vacío cuántico, esa parrilla o hervidero siempre fluctuante?... Pues mira, yo qué sé, qué quieres que te diga...

domingo, 10 de mayo de 2015

Solo hay un electrón en el Universo... ¿y si solo hubiera una persona?

Patrón de difracción de un electrón obtenido con un átomo de berilio.

El gran físico John Wheeler (que acuñó el it from bit para expresar el supuesto carácter computable del Universo, además de dar nombre a los agujeros negros) llamó un día por teléfono a su colega no menos eminente Richard Feynman (artífice de la versión de las múltiples historias de la mecánica cuántica, que considera que una partícula sigue todos los caminos posibles para ir de un lugar a otro) para decirle que había llegado a la conclusión de que en el Universo solo había un electrón. No era una broma, no era una chifladura, no era una afirmación fruto de la ingesta desordenada de alcohol o de alguna sustancia alucinógena. Wheeler, uno de los físicos más originales y perspicaces -junto al propio Feynman- del siglo XX, había concebido la idea de que solo existen los campos, de que las partículas son epifenómenos de dichos campos, meros rizos, fluctuaciones o excitaciones en ellos. La audaz conclusión no se limitaba, por tanto, al electrón: en el Universo solo existiría un quark, solo existiría un fotón, solo existiría un neutrino...

En su célebre llamada telefónica, Wheeler también expresaba a Feynman su visión de las antipartículas como partículas que viajan hacia atrás en el tiempo. Un positrón es una partícula exactamente igual a un electrón salvo en su carga (positiva para el positrón; negativa para el electrón): por ello se trata de la antipartícula del electrón, con la que se aniquila en caso de encuentro (produciendo, como resultado de la colisión, rayos gamma). Según Wheeler, electrón y positrón serían la misma cosa (el rizo o excitación de un campo, como ya vimos antes), que se manifiesta como partícula o como antipartícula dependiendo de si viaja hacia el futuro o hacia el pasado. O sea, que las partículas pueden ir hacia atrás en el tiempo (las leyes de la Física son indiferentes a la flecha del tiempo: funcionan igual hacia adelante que hacia atrás, lo que desafía nuestra percepción macroscópica de que el tiempo corre siempre hacia el futuro).

Para tener una idea de lo que sería el campo del electrón o el de cualquier otra partícula, imaginémonos una gigantesca cuadrícula (el espacio-tiempo) con bombillas colocadas en cada uno de sus cuadraditos. La cuadrícula es tetradimensional (tres dimensiones espaciales y una temporal), pero tendremos que hacer el ejercicio mental en 3-D puesto que nuestro cerebro no es capaz de concebir una cuarta dimensión. En un determinado instante habría un montón de bombillas encendidas -con mayor o menor intensidad- y otro montón apagadas (en el siguiente momento, algunas seguirían encendidas -con mayor o menor intensidad-, otras se apagarían y otras antes apagadas se encenderían).

Cada bombilla encendida es un electrón que se desplaza por el espacio-tiempo hacia el futuro (o, visto de otro modo, un positrón que se desplaza por el espacio-tiempo hacia el pasado). Cada bombilla apagada indica la ausencia en ese cuadradito de un electrón (el valor nulo en ese punto del campo del electrón). Puede que allí se manifieste otra partícula, al tomar un valor no nulo algún otro campo como el electromagnético (cuya partícula es el fotón). O puede que no se manifieste ninguna, de modo que el cuadradito estaría vacío (lo pongo en cursiva porque la Física nos enseña que el vacío no es nada sino algoinestable y en permanente ebullición, que permea todo el espacio-tiempo).

Electrón y positrón seguirían pues una ruta jalonada de bombillas encendidas con distinta intensidad: cuanto más luminosa la bombilla, mayor energía (o sea, mayor impulso o momento físico, más cantidad de paquetitos energéticos de Planck) tendría la partícula en ese instante. Por cierto, cabría considerar si las partículas realmente se mueven, porque nuestras metafóricas bombillas no lo hacen: se limitan a encenderse, a crecer o decrecer en luminosidad o a apagarse. ¿Y acaso se mueven los fotogramas de una película?...

Volviendo al título de esta entrada, hay que tener cuidado para no incurrir en pseudociencia o mentecuanteces al buscar una respuesta a la pregunta de si la conciencia podría ser también un campo cuyos rizos o partículas serían las conciencias individuales: la mía, la tuya, la de un koala, la de una bacteria... ¿Y si solo hubiera una persona en el Universo?... Una metafísica seria (como la formulada por el filósofo australiano con pinta de músico heavy David Chalmers: ver este magnífico vídeo suyo) podría darnos, siempre en forma de hipótesis bien construidas, valiosas pistas al respecto.

viernes, 1 de mayo de 2015

Borja Bartolo se pasa por sorpresa a Ciudadanos

Borja Bartolomé Santesmases Huidobro ha anunciado esta mañana, Día de los Trabajadores, su abandono de las NNGG del Partido Popular para ingresar en Ciudadanos. La noticia ha caído como una bomba en la dirección del PP, particularmente en el entorno más próximo a Mariano Rajoy, al que se le comunicó mientras desayunaba en pijama en Moncloa. Fuentes cercanas al presidente aseguran que éste, tras apartar su café con leche y su ejemplar subrayado del Marca, no dejaba de implorar: "¡Decidme que esto es una cosa de El Mundo Two Days, por favor, decídmelo!".

A las 7:30 de la mañana de hoy arrancaba en Internet una señal en streaming que mostraba al joven de 39 años de pie, duchado y vestido con polo rosa y vaqueros lavados, con una hoja en la mano derecha y una bandera de España y una cabeza disecada de toro a sus espaldas. "Hola, soy Borja Bartolo y soy español. Tengo una cosa importante que contaros", abría su comunicado Santesmases. "Lo primero de todo, quiero deciros que no soy ni de derechas ni de izquierdas, sino todo lo contrario. Y también que quizá se equivocara el presidente norteamericano Truman Capote cuando dijo aquello de que la política era el arte de lo imposible".


"Porque lo cierto es que me voy a Ciudadanos", proseguía Santesmases. "Mi decisión de ingresar en el partido de Alberto Rivera ha sido muy meditada. Este vídeo va dirigido sobre todo a mi novia Carolina y a sus compañeros de clase de 4º de la ESO. Sé que algunos de ellos no lo entienden, sé que su hermanito de 6 años tampoco. Pero estoy aquí para dar la cara. Quiero anunciaros que la clave es emprender y crear riqueza, combatir la corrupción y defender sin complejos, por encima de todo, a España y a los españoles. Como me dijo una vez Rodrigo Rato en una capea en Titulcia, 'emprender es poder'. Yo le puse a prueba: '¿Y poder es emprender?'. Y él me replicó: 'El que no corre, vuela, y marica el último'. Nunca dejaré de recordar esos sabios consejos de una persona a la que, por cierto, no conozco y con la cual jamás he cruzado una sola palabra en toda mi vida".

"Mi marcha a Ciudadanos no significa otra cosa que defender mis valores con otro equipo. Y defender no solo a España, tan rica en su folclore y sus dialectos regionales, sino también al mundo en general", aseveró el joven antes de añadir: "Porque mi compromiso internacional sigue en pie: nunca dejaré de apostar por la reconciliación de checos y eslovenos, por la justa devolución de la península de las Malvinas a Chile y por una solución negociada al conflicto entre democristianos ortodoxos y comunistas pro Maduro en Ucrania". Borja Bartolo informó, al final de su discurso, que se dirigiría "de inmediato" al domicilio de José María Aznar para devolverle las Cartas a un joven español ("Hoy he dejado de ser joven, hoy he dado un salto cuantitativo como persona humana y ya no me hace falta") y hacerle entrega tanto de un ejemplar del programa económico de Ciudadanos como de la serie completa en DVD de Pokémon.

sábado, 25 de abril de 2015

La culpa es de los humanos, no de los europeos (Humans are to blame, not Europeans)

El otro día le hice una pregunta por Twitter a Robbie Shilliam, profesor de Relaciones Internacionales de la Queen Mary University of London, especializado en el estudio de las complejas relaciones entre pueblos excolonizadores y excolonizados. Shilliam, de origen jamaicano, no solo me respondió con un tuit: mi pregunta dio pie a un texto suyo ("More notes for discerning travellers") en el que muestra completa nuestra interacción en Twitter y sale al paso. Leí sorprendido esta entrada y redacté un comentario a la misma, que él tuvo la gentileza de responder amablemente. Todo lo puedes ver en este enlace ya incluido unas líneas atrás, pero de todas formas copio a continuación mi comentario (en inglés, obviamente) por si alguien que no sepa español llega a esta entrada:

Humans are to blame, not Europeans (see complete interaction here)

I agree with you, Robbie, that there is a kind of European citizen “ensconced in his/her own culture, taking his/her particulars for mystical universals, and unable to look at him/herself in the mirror”. Indeed, I do know quiet a few! But change “a kind of European” for “a kind of African”, “a kind of Asian” or “a kind of American” and you would also be right. What I mean is that this is a human (not a European) feature. All humans are basically the same: exactly the same hardware, with only cultural software making the difference (and not that big!).

You seem to put the blame only on Europe. Take into account that European or Western cultural stance must somehow be different because since 1492 Europe (namely, the West) has been calling the shots in the world and, obviously, views and collective imageries cannot be the same: it’s absurd to expect slave owners/colonialists (and their descendants) and slaves/colonized (and their descendants) to share the same ideological and cultural imagery. Those narratives from both sides have been passing on through generations (memory of slavery and colonization is not that old: southern USA was an apartheid regime until mid sixties!). Indeed, there is a dominant, conceited and dismissive Western cultural “sensibility” (nurtured by its very own “success” and hegemony, not very different –I suppose- to that of old Incas, Romans, Persians or Arabs), but at the same time there is a strong self-critical one (born in the political left, out of a feeling of guilt for the crimes comitted by forefathers).

You hint that I am proyecting an alleged European self-cultural superiority (even a hidden guilt?) and you affirm that I am on the defensive. I concede, maybe you are right with the latter, but it’s only out of an itching for rigour and balance, because I don’t feel neither cultural superior nor guilty for being European, I don’t build my identity on “Europeaness” and personally don’t mind whatever be said about it (I don’t even take as an offense an attack on alleged Christian, Spanish or Canary characters because I feel free from nationalism and religion, fortunately!).

But why don’t you admit that maybe you are also behaving in a defensive way? I promise you that mine is not a “wilful unreading” but a search for loopholes in your (thoroughly read) points. I want to show you that it’s not fair to attribute me (and to attribute many other Europeans) self indulgency, not accountability and inability to see your relationality.

I admit that Europeans has inflicted a BIG damage on people from other continents, beginning with Portuguese and Spanish in America. But I am not going to flog myself for it because, as I said before, I am NOT guilty (by the way, I come from Canary Islands, whose population is a mix of European -not only Spanish but Portuguese, French, Italian, Flemish, British, Irish and so on-, Berber -Guanches natives-, Blacks -African slaves-, Jewish, Indian, Korean, Lebanese…). That damage was inflicted by humans from Europe (regarding slavery, with the invaluable aid from African tribal chiefs selling their own people) out of greed and search of power: the very same human motives that could have led the Africans to enslave Europeans (as Otomans used to do in the Balkans) or the Americans to conquer Europe if the historical and socio-economic circumstances had been different. By the way, don’t forget Arab slave trading in the Indian Ocean and Europeans enslaved by North African Barbary states for ransom… And do not be tempted to blame it on capitalism (although, indirectly, it certainly influenced making European economy strong enough to face the challenge of conquest and submission of other peoples). Did capitalism encourage Roman, Persian, Mongol or Arab conquests?…

Apart from recognizing that European societies have caused a big damage to others (mainly, to Africa), I acknowledge that Western countries have a debt for having profited from the monstrous crime of slavery (and colonization) and its long-term imprints (although not guilty, I admit that I have profited from that in some way or another). A way to pay off this debt is through extensive acceptance of immigration (nowadays Europe is a multiracial reality) and generous cooperation (not only economical but political) for African development. It’ll never be enough, and I am fully aware, but what else can be done? (once discarded the option of Westerners comitting mass suicide…). Imagine we could get rid of capitalism by decree (if such a thing was possible!): that wouldn’t make any difference as far as underlying human motives (greed and hunger for power) persist. The keys within our frontiers are integration, education and law (to assure convivence and severely penalize any kind of manifest racism or xenophobia).

I appreciate your work and I don’t want you to retreat dialectically. Do you really think I am reasoning like a wall? You say: “All my work in this time period – ALL of it – is about cultivating deep relationality required to heal the wounds of colonialism. Isn’t that a global concern?” Of course, Robbie, but how to heal it effectively? Stigmatization and resentment is not the way because it doesn’t untie the knot. Let me say you that I see a hint of paranoia (I can fully understand it, anyway!) in your view. And you would commit a mistake in not taking many Europeans as crucial allies for that (shared) goal of healing.

Of course, world is not -and will never be- perfect. We must be conscious (I follow an Evolutionary Psychology approach) that humans are territorial apes and that Gaussian bell curve always apply: you’ll always come across bigots, racists, thugs and so on, no matter their race, nationality, religion or cultural background. Any sort of mesianism or naïve believe in utopia (in a perfect armonic world inhabited by perfect humans) is unrealistic (and, when “accomplished”, usually transmutes into the worst dystopia). This realistic disbelief will not prevent us, of course, from working for a better world through integration, education and law: I think we have made some progress in the last 200 years, don’t you?

I don’t know what exactly “Modernity” is, but I’ll stand (and you too, I suppose) for whatever means freedom to lead your life no matter your ideas, religion (or non religion), race, gender and sexuality. This is a sort of ideology, indeed, but not properly a Western ideology (unless we render alphabet a semitic cultural artefact and potato a Native American product). Do you really think this view is an expression of eurocentrism? (I won’t stop using alphabet and eating potatoes!)…

I keep following your very interesting articles and open for any conversation (and criticism).

Let me include a post of mine, written in Spanish, about my view on Africa: http://picandovoy.blogspot.com.es/2014/02/el-drama-de-la-violencia-en-africa.html

viernes, 17 de abril de 2015

60 años (relativos) sin Albert Einstein: su legado científico


En un aula de la Alemania de finales del siglo XIX solía aburrirse un niño judío al que alguno llegó a tomar por tonto, lejos de sospechar que estaba llamado a revolucionar nuestra comprensión del Cosmos. Ya de adulto, convertido en un gigante de la ciencia, afirmaría que "la imaginación es más importante que el saber". Su nombre está asociado a la teoría de la relatividad, pero fue el estudio del efecto fotoeléctrico (emisión de electrones al incidir la luz sobre un material) lo que le hizo merecedor del Premio Nobel de Física en 1921. La relatividad especial y general ya habían sido formuladas (en 1905 y 1915, respectivamente), pero casi nadie las había entendido. Cien años después, siguen siendo unas desconocidas para la mayor parte de sus congéneres.

Relatividad especial

El tiempo es una dimensión más en la teoría de la relatividad especial, una dimensión inextricablemente unida en el tejido del espacio-tiempo a las otras tres espaciales (altura, anchura y profundidad) que nos son tan familiares. Tiempo y espacio son relativos, puesto que dependen del estado del observador: el tiempo (o espacio) medido por un observador A no es el mismo que el medido por un observador B si éstos se mueven a distintas velocidades. No hay pues un reloj (o metro) universal sino distintos relojes (o metros), ninguno de ellos más válido que otro.

Solo es absoluta la velocidad de la luz (casi 300.000 km por segundo): nada puede viajar más rápido que ella dentro del espacio-tiempo. Conforme vas acelerando, el tiempo pasa más lento para ti, pero este efecto solo es apreciable a velocidades elevadísimas (a bordo de un avión a reacción, o incluso de un cohete, es completamente insignificante). De hecho, no pasa el tiempo para un rayo de luz que surca el espacio vacío (aunque lleve viajando desde casi el Big Bang). El tiempo también se ralentiza en las proximidades de un agujero negro, al curvarse tremendamente el espacio-tiempo como luego veremos. Igualmente, el espacio se contrae a velocidades próximas a la absoluta: si viéramos pasar una nave con esa rapidez, la observaríamos tremendamente achatada (aunque dentro de ella no se percibiría nada raro). Todo depende, por tanto, del marco de referencia en que se halle el observador.

Que el tiempo sea una dimensión equiparable a las espaciales tiene una implicación desconcertante: pasado, presente y futuro nunca han dejado de estar ahí desde siempre. Para entenderlo, el hecho de que yo ahora no esté en mayo de 1986 no significa que mayo de 1986 no esté ahí. Lo mismo puede afirmarse si cambio mayo de 1986 por Las Palmas de Gran Canaria, algo que -a diferencia de lo anterior- no parece atentar contra nuestro sentido común. El paso del tiempo es solo un producto de nuestra conciencia (¿verdad que nadie diría que la altura, la anchura o la profundidad pasan o se van?).


Otra implicación de la relatividad espacial es la celebérrima fórmula E = m x c2 (donde es la velocidad de la luz), que significa que la energía (E) y la masa (m) son intercambiables. O sea, que la materia es una manifestación de la energía (que, como sabemos, siempre se conserva). La energía puede transformarse en materia (es lo que ocurrió en los primeros instantes del Universo, al terminar su fase de expansión inflacionaria, y lo que pasa actualmente en un acelerador de partículas como el CERN) y la materia puede transformarse en energía (es lo que ocurre al estallar una bomba atómica o al desintegrarse naturalmente un núcleo radiactivo de uranio).

Relatividad general

Llegamos ahora -Einstein tardó diez años- a la teoría de la relatividad general, que en el fondo es una teoría de la gravedad que explica la aparente atracción a gran escala (teorizada por Newton) entre objetos masivos como el Sol, la Tierra, la Luna, las galaxias... Si nos imaginamos el espacio-tiempo como una enorme sábana tensa con objetos pesados sobre él, podríamos decir que la materia-energía comba el espacio-tiempo, que a su vez dice a la materia-energía cómo ha de moverse por él. Esto significa que la gravedad es simplemente una expresión de la geometría del Universo: los cuerpos no se atraen por efecto de alguna fuerza misteriosa que los lleva a juntarse, sino que se limitan a seguir el camino marcado por la sábana combada del espacio-tiempo (dentro del Sistema Solar, los planetas caen en órbitas por estar cerca de la hondonada del Sol; la Luna, a su vez, cae en órbita hacia la Tierra por estar cerca de la hondonada terrestre).


Einstein introdujo en las ecuaciones de la relatividad general la llamada constante cosmológica, para que sus matemáticas casaran con un Universo que creía estático. Hubble probó posteriormente que el Cosmos se estaba expandiendo y Einstein hubo de reconocer que la constante cosmológica había sido uno de sus grandes errores. Lo que no podía intuir es que su ñapa matemática sería reinterpretada posteriormente como energía de vacío o posible energía oscura: una misteriosa fuerza repulsiva, de la que apenas sabemos nada, que permea todo el Universo y es responsable de su expansión.

Incómodo con la mecánica cuántica, en pos de una teoría del todo

En los últimos años de su vida, la obsesión del niño de Ulm que se aburría en el cole fue la búsqueda de una teoría unificada que explicase todas las fuerzas del Universo (la electromagnética, la nuclear fuerte, la nuclear débil y la gravitatoria). No lo consiguió. Siempre estuvo muy incómodo con la incertidumbre introducida por la mecánica cuántica, que no ofrece certezas sino probabilidades: consideraba que "Dios no juega a los dados". Pensaba que la mecánica cuántica era incompleta, que había variables ocultas que no contemplaba, cuyo conocimiento permitiría arrumbar las probabilidades para volver a las luminosas certezas. Además, para él el mundo existía -era real- con independencia de que fuese observado o no (de acuerdo a la interpretación de Copenhague, esgrimida por Niels Bohr, la Luna no existiría cuando nadie la estuviese contemplando).

Junto a sus colegas Podolski y Rosen, apuntó en 1935 en la conocida como paradoja EPR que la única explicación del entrelazamiento cuántico (fenómeno merced al cual dos partículas conservan las mismas características físicas tras separarse y tomar direcciones opuestas a partir de un mismo punto del espacio) que permitía eludir una hipotética "acción fantasmal a distancia" -considerada por ellos ilógica- era que las dos partículas entrelazadas compartiesen una programación oculta. Con ello pretendían poner en evidencia la incompletitud de la mecánica cuántica. El teorema de Bell, formulado en 1964 y confirmado empíricamente en 1981, desmentiría la existencia de variables ocultas locales (no así de las no locales, en las que la información de una partícula a otra se transmitiría instantáneamente -más rápido que la luz, por tanto-, como parece ocurrir con el entrelazamiento cuántico). Nuevamente, Einstein se había equivocado.

"Algo sutil, intangible e inexplicable"

El físico judeoalemán, luego nacionalizado suizo y estadounidense, sostuvo que "la ciencia sin religión está coja y la religión sin ciencia está ciega". Pero su religión no era la convencional. "Detrás de todas las concatenaciones discernibles, queda algo sutil, intangible e inexplicable. La veneración de esta fuerza más allá de lo que podemos comprender es mi religión", dijo. En una carta de pésame a los familiares de un viejo amigo, que falleció solo un mes antes que el propio Einstein, éste escribió: "Ahora él se ha ido de este extraño mundo un poco por delante de mí. Eso no significa nada. La gente como nosotros, que creemos en la Física, sabemos que la distinción entre pasado, presente y futuro es solo una ilusión obstinadamente persistente". Hoy hace justo 60 años que murió en una casilla del espacio-tiempo relativamente remota para quienes vivimos esta mañana de abril de 2015. Pero que, recordémoslo, nunca ha dejado de estar en el tejido cósmico como un escaque en un tablero de ajedrez.

viernes, 10 de abril de 2015

Religión versus espiritualidad

El Universo es tan asombroso que no hay que descartar hipótesis aparentemente descabelladas como la de que sea una simulación informática creada por algún dios-programador ahí fuera (ya he escrito en este blog que la metafísica seria tiene futuro). Ante lo maravilloso de su existencia, y lo más alucinante aún de la nuestra (viviéndolo y pensándolo, aunque sea efímeramente), es inevitable la perplejidad y, en ocasiones, el sentirse embargado por un sentimiento de pertenencia (llamémoslo espiritualidad) a algo grande y misterioso. "Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto, siempre nuevos y crecientes cuanto más reiterada y persistentemente se ocupa de ellas la reflexión: el cielo estrellado que está sobre mí y la ley moral que hay en mi interior", decía Kant.

Albert Einstein llegó a afirmar que "la ciencia sin religión está coja y la religión sin ciencia está ciega". Pero su religión no era una colección de dogmas, fantasías, prohibiciones y ritos a cuál más pintoresco y absurdo, un artefacto cultural heredado de los padres por el mero accidente de haber nacido en un sitio u otro, aceptado acríticamente y concebido como un recurso fácil para dar sentido a la vida frente a la injusticia, el mal, el sufrimiento y la inevitabilidad de la muerte. Eso no tiene nada que ver con la espiritualidad de Einstein y otros ilustres científicos como Schrödinger, Planck o Bohm (o, yendo más atrás, de un gigante de la filosofía como Spinoza). "Detrás de todas las concatenaciones discernibles, queda algo sutil, intangible e inexplicable. La veneración de esta fuerza más allá de lo que podemos comprender es mi religión", sostenía el artífice de la teoría de la relatividad.

La religión tal como la entiende la mayoría de la gente es también muy distinta a la búsqueda de un equilibrio interior y una conexión íntima con el Cosmos a través de la contemplación y la meditación, como hacen el budismo genuino (el despojado de sus creencias supersticiosas y de la adoración de estatuillas) y otras corrientes místicas como el sufismo. Al maestro sufí persa Mansur al-Hallaj se le atribuyen frases, fruto de estados extáticos, como "Vi a mi Señor con el ojo del corazón y le pregunté: ¿Quién eres tú? Y él respondió: Tú", "No hay nada envuelto en mi turbante salvo Dios" y "Yo soy la verdad". Por esas palabras fue descuartizado y luego quemado en el año 922, conforme a las órdenes del califa de turno.

Aun reconociendo su función social cohesiva y su carácter ordenador y balsámico para muchas personas que no pueden vivir sin Dios (exista o no), la religión convencional suele ser un deformador de mentes infantiles, un generador de fobias, miedos y traumas, un verdugo del conocimiento y de la felicidad (propia y ajena) que por su condición excluyente -como el nacionalismo, con el que está frecuentemente hermanada- sigue enfrentando a unos humanos contra otros. No sé quién tuvo el acierto de señalar que la moderación religiosa es un resultado de la moralidad secular y la ignorancia religiosa: ¡esa es justo la clave! Cuanto más conocedor y fiel a la letra de una religión eres, tanto más integrista y, en consecuencia, mayor peligro tienes. Por eso la mayor parte de los creyentes, los que no se lo toman ni literalmente ni muy a pecho, son inofensivos. Cuánta razón lleva también el físico Steven Weinberg: "Con o sin religión, siempre habrá gente buena haciendo el bien y gente mala haciendo el mal. Pero para que la gente buena haga el mal, hace falta la religión".