viernes, 17 de abril de 2015

60 años (relativos) sin Albert Einstein: su legado científico


En un aula de la Alemania de finales del siglo XIX solía aburrirse un niño judío al que alguno llegó a tomar por tonto, lejos de sospechar que estaba llamado a revolucionar nuestra comprensión del Cosmos. Ya de adulto, convertido en un gigante de la ciencia, afirmaría que "la imaginación es más importante que el saber". Su nombre está asociado a la teoría de la relatividad, pero fue el estudio del efecto fotoeléctrico (emisión de electrones al incidir la luz sobre un material) lo que le hizo merecedor del Premio Nobel de física en 1921. La relatividad especial y general ya habían sido formuladas (en 1905 y 1915, respectivamente), pero casi nadie las había entendido. Cien años después, siguen siendo unas desconocidas para la mayor parte de sus congéneres.

Relatividad especial

El tiempo es una dimensión más en la teoría de la relatividad especial, una dimensión inextricablemente unida en el tejido del espacio-tiempo a las otras tres espaciales (altura, anchura y profundidad) que nos son tan familiares. Tiempo y espacio son relativos, puesto que dependen del estado del observador: el tiempo (o espacio) medido por un observador A no es el mismo que el medido por un observador B si éstos se mueven a distintas velocidades. No hay pues un reloj (o metro) universal sino distintos relojes (o metros), ninguno de ellos más válido que otro.

Solo es absoluta la velocidad de la luz (casi 300.000 km por segundo): nada puede viajar más rápido que ella dentro del espacio-tiempo. Conforme vas acelerando, el tiempo pasa más lento para ti, pero este efecto solo es apreciable a velocidades elevadísimas (a bordo de un avión a reacción, o incluso de un cohete, es completamente insignificante). De hecho, no pasa el tiempo para un rayo de luz que surca el espacio vacío (aunque lleve viajando desde casi el Big Bang). El tiempo también se ralentiza en las proximidades de un agujero negro, al curvarse tremendamente el espacio-tiempo como luego veremos. Igualmente, el espacio se contrae a velocidades próximas a la absoluta: si viéramos pasar una nave con esa rapidez, la observaríamos tremendamente achatada (aunque dentro de ella no se percibiría nada raro). Todo depende, por tanto, del marco de referencia en que se halle el observador.

Que el tiempo sea una dimensión equiparable a las espaciales tiene una implicación desconcertante: pasado, presente y futuro nunca han dejado de estar ahí desde siempre. Para entenderlo, el hecho de que yo ahora no esté en mayo de 1986 no significa que mayo de 1986 no esté ahí. Lo mismo puede afirmarse si cambio mayo de 1986 por Las Palmas de Gran Canaria, algo que -a diferencia de lo anterior- no parece atentar contra nuestro sentido común. El paso del tiempo es solo un producto de nuestra conciencia (¿verdad que nadie diría que la altura, la anchura o la profundidad pasan o se van?).


Otra implicación de la relatividad espacial es la celebérrima fórmula E = m x c2 (donde es la velocidad de la luz), que significa que la energía (E) y la masa (m) son intercambiables. O sea, que la materia es una manifestación de la energía (que, como sabemos, siempre se conserva). La energía puede transformarse en materia (es lo que ocurrió en los primeros instantes del Universo, al terminar su fase de expansión inflacionaria, y lo que pasa actualmente en un acelerador de partículas como el CERN) y la materia puede transformarse en energía (es lo que ocurre al estallar una bomba atómica o al desintegrarse naturalmente un núcleo radiactivo de uranio).

Relatividad general

Llegamos ahora -Einstein tardó diez años- a la teoría de la relatividad general, que en el fondo es una teoría de la gravedad que explica la aparente atracción a gran escala (teorizada por Newton) entre objetos masivos como el Sol, la Tierra, la Luna, las galaxias... Si nos imaginamos el espacio-tiempo como una enorme sábana tensa con objetos pesados sobre él, podríamos decir que la materia-energía comba el espacio-tiempo, que a su vez dice a la materia-energía cómo ha de moverse por él. Esto significa que la gravedad es simplemente una expresión de la geometría del Universo: los cuerpos no se atraen por efecto de alguna fuerza misteriosa que los lleva a juntarse, sino que se limitan a seguir el camino marcado por la sábana combada del espacio-tiempo (dentro del Sistema Solar, los planetas caen en órbitas por estar cerca de la hondonada del Sol; la Luna, a su vez, cae en órbita hacia la Tierra por estar cerca de la hondonada terrestre).


Einstein introdujo en las ecuaciones de la relatividad general la llamada constante cosmológica, para que sus matemáticas casaran con un Universo que creía estático. Hubble probó posteriormente que el Cosmos se estaba expandiendo y Einstein hubo de reconocer que la constante cosmológica había sido uno de sus grandes errores. Lo que no podía intuir es que su ñapa matemática sería reinterpretada posteriormente como energía de vacío o posible energía oscura: una misteriosa fuerza repulsiva, de la que apenas sabemos nada, que permea todo el Universo y es responsable de su expansión.

Incómodo con la mecánica cuántica, en pos de una teoría del todo

En los últimos años de su vida, la obsesión del niño de Ulm que se aburría en el cole fue la búsqueda de una teoría unificada que explicase todas las fuerzas del Universo (la electromagnética, la nuclear fuerte, la nuclear débil y la gravitatoria). No lo consiguió. Siempre estuvo muy incómodo con la incertidumbre introducida por la mecánica cuántica, que no ofrece certezas sino probabilidades: consideraba que "Dios no juega a los dados". Pensaba que la mecánica cuántica era incompleta, que había variables ocultas que no contemplaba, cuyo conocimiento permitiría arrumbar las probabilidades para volver a las luminosas certezas. Además, para él el mundo existía -era real- con independencia de que fuese observado o no (de acuerdo a la interpretación de Copenhague, esgrimida por Niels Bohr, la Luna no existiría cuando nadie la estuviese contemplando).

Junto a sus colegas Podolski y Rosen, apuntó en 1935 en la conocida como paradoja EPR que la única explicación del entrelazamiento cuántico (fenómeno merced al cual dos partículas conservan las mismas características físicas tras separarse y tomar direcciones opuestas a partir de un mismo punto del espacio) que permitía eludir una hipotética "acción fantasmal a distancia" -considerada por ellos ilógica- era que las dos partículas entrelazadas compartiesen una programación oculta. Con ello pretendían poner en evidencia la incompletitud de la mecánica cuántica. El teorema de Bell, formulado en 1964 y confirmado empíricamente en 1981, desmentiría la existencia de variables ocultas locales (no así de las no locales, en las que la información de una partícula a otra se transmitiría instantáneamente -más rápido que la luz, por tanto-, como parece ocurrir con el entrelazamiento cuántico). Nuevamente, Einstein se había equivocado.

"Algo sutil, intangible e inexplicable"

El físico judeoalemán, luego nacionalizado suizo y estadounidense, sostuvo que "la ciencia sin religión está coja y la religión sin ciencia está ciega". Pero su religión no era la convencional. "Detrás de todas las concatenaciones discernibles, queda algo sutil, intangible e inexplicable. La veneración de esta fuerza más allá de lo que podemos comprender es mi religión", dijo. En una carta de pésame a los familiares de un viejo amigo, que falleció solo un mes antes que el propio Einstein, éste escribió: "Ahora él se ha ido de este extraño mundo un poco por delante de mí. Eso no significa nada. La gente como nosotros, que creemos en la Física, sabemos que la distinción entre pasado, presente y futuro es solo una ilusión obstinadamente persistente". Hoy hace justo 60 años que murió en una casilla del espacio-tiempo relativamente remota para quienes vivimos esta mañana de abril de 2015. Pero que, recordémoslo, nunca ha dejado de estar en el tejido cósmico como un escaque en un tablero de ajedrez.

viernes, 10 de abril de 2015

Religión versus espiritualidad

El Universo es tan asombroso que no hay que descartar hipótesis aparentemente descabelladas como la de que sea una simulación informática creada por algún dios-programador ahí fuera (ya he escrito en este blog que la metafísica seria tiene futuro). Ante lo maravilloso de su existencia, y lo más alucinante aún de la nuestra (viviéndolo y pensándolo, aunque sea efímeramente), es inevitable la perplejidad y, en ocasiones, el sentirse embargado por un sentimiento de pertenencia (llamémoslo espiritualidad) a algo grande y misterioso. "Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto, siempre nuevos y crecientes cuanto más reiterada y persistentemente se ocupa de ellas la reflexión: el cielo estrellado que está sobre mí y la ley moral que hay en mi interior", decía Kant.

Albert Einstein llegó a afirmar que "la ciencia sin religión está coja y la religión sin ciencia está ciega". Pero su religión no era una colección de dogmas, fantasías, prohibiciones y ritos a cuál más pintoresco y absurdo, un artefacto cultural heredado de los padres por el mero accidente de haber nacido en un sitio u otro, aceptado acríticamente y concebido como un recurso fácil para dar sentido a la vida frente a la injusticia, el mal, el sufrimiento y la inevitabilidad de la muerte. Eso no tiene nada que ver con la espiritualidad de Einstein y otros ilustres científicos como Schrödinger, Planck o Bohm (o, yendo más atrás, de un gigante de la filosofía como Spinoza). "Detrás de todas las concatenaciones discernibles, queda algo sutil, intangible e inexplicable. La veneración de esta fuerza más allá de lo que podemos comprender es mi religión", sostenía el artífice de la teoría de la relatividad.

La religión tal como la entiende la mayoría de la gente es también muy distinta a la búsqueda de un equilibrio interior y una conexión íntima con el Cosmos a través de la contemplación y la meditación, como hacen el budismo genuino (el despojado de sus creencias supersticiosas y de la adoración de estatuillas) y otras corrientes místicas como el sufismo. Al maestro sufí persa Mansur al-Hallaj se le atribuyen frases, fruto de estados extáticos, como "Vi a mi Señor con el ojo del corazón y le pregunté: ¿Quién eres tú? Y él respondió: Tú", "No hay nada envuelto en mi turbante salvo Dios" y "Yo soy la verdad". Por esas palabras fue descuartizado y luego quemado en el año 922, conforme a las órdenes del califa de turno.

Aun reconociendo su función social cohesiva y su carácter ordenador y balsámico para muchas personas que no pueden vivir sin Dios (exista o no), la religión convencional suele ser un deformador de mentes infantiles, un generador de fobias, miedos y traumas, un verdugo del conocimiento y de la felicidad (propia y ajena) que por su condición excluyente -como el nacionalismo, con el que está frecuentemente hermanada- sigue enfrentando a unos humanos contra otros. No sé quién tuvo el acierto de señalar que la moderación religiosa es un resultado de la moralidad secular y la ignorancia religiosa: ¡esa es justo la clave! Cuanto más conocedor y fiel a la letra de una religión eres, tanto más integrista y, en consecuencia, mayor peligro tienes. Por eso la mayor parte de los creyentes, los que no se lo toman ni literalmente ni muy a pecho, son inofensivos. Cuánta razón lleva también el físico Steven Weinberg: "Con o sin religión, siempre habrá gente buena haciendo el bien y gente mala haciendo el mal. Pero para que la gente buena haga el mal, hace falta la religión".

domingo, 29 de marzo de 2015

¿Libre albedrío?

Un enigma con implicaciones muy profundas para nuestra existencia es el del libre albedrío: ¿somos realmente libres para conducir nuestras vidas conforme a una supuesta voluntad autónoma, independiente del mundo físico?, ¿nos limitamos a ejecutar inconscientemente un guion predeterminado?

A bote pronto, la respuesta razonable sería otra pregunta: ¿Y por qué habríamos de tenerlo (el susodicho libre albedrío)? ¿Acaso se trata de una propiedad emergente de los agregados de electrones y quarks más complejos (tal es nuestro caso, a diferencia de otros seres vivos como una bacteria o de objetos inertes como una bombilla), fruto precisamente de esa misma complejidad? En el juego de la vida de Conway no ocurre que, al cabo de tropecientas generaciones, un objeto complejo comience a decidir por libre: sigue la programación fijada originariamente, cuando todo era tremendamente simple (aunque pueda llegar a parecer, dado el nivel de complejidad alcanzado, que está realmente decidiendo).

Hay quienes sostienen, aun asumiendo que quizá no exista el libre albedrío, que su negación nos lleva a un indeseable fatalismo y a la consiguiente inacción. Pero hay una falla lógica en este planteamiento: conforme a un enfoque determinista, si un ser humano decide dejarse llevar por la inercia en la creencia de que todo ya está determinado, y que no vale la pena molestarse en tomar decisiones, es precisamente porque ya estaba predeterminado que así se comportase. Igualmente, ya estaría fijado que alguien le recriminara su fatalismo. Y que yo dejara constancia por escrito de ello aquí y ahora. Esto es lo que se llama superdeterminismo, cuya existencia no ha podido ser desmentida por la ciencia.*(ver apéndice al final)

Haya o no haya libre albedrío, lo cierto es que desconocemos lo que nos depara el futuro. Por tanto, la emoción está siempre asegurada. Si todo ya está predeterminado, no tiene sentido estar lamentándonos por decisiones o inacciones pasadas: la senda que seguimos es la única que podemos seguir, nos guste o no. Pero supongamos que existe el multiverso cuántico y hay libre albedrío, de modo que cada elección nuestra nos lleva por la senda de un universo o de otro. En este caso, también sería absurdo mortificarse por decisiones u omisiones (estas últimas son las más dolorosas: ¡ay, esa persona a la que nunca le hiciste saber lo que sentías por ella!) del pasado: queda el consuelo de saber que en otros universos acabaremos tomando (por cierto, infinitas veces) todos y cada uno de los caminos posibles. 

Así pues, tal y como acaso estaba predeterminado (no sabemos si con información originaria de algún orden subyacente o trascendente al Universo), pongo fin a esta entrada en esta hermosa mañana de primavera que ya estaba presuntamente inscrita en aquella primigenia singularidad que hizo bang hace más o menos 13.700 millones de años.

*APÉNDICE:
Muy incómodo con la incertidumbre introducida en la Física por la mecánica cuántica, que no ofrece certezas sino probabilidades, Albert Einstein llegó a afirmar que "Dios no juega a los dados" (obviamente, su idea de Dios no tenía nada que ver con la de cualquier creyente al uso). Pensaba que la mecánica cuántica era incompleta, que había variables ocultas que no contemplaba, cuyo conocimiento permitiría arrumbar las probabilidades para volver a las luminosas certezas. Además, para él el mundo existía -era real- con independencia de que fuese observado o no (de acuerdo a la interpretación de Copenhague, esgrimida por Niels Bohr, la Luna no existiría cuando nadie la estuviese contemplando). Junto a Podolski y Rosen, Einstein apuntó en 1935 en la conocida como paradoja EPR que la única explicación del entrelazamiento cuántico (fenómeno merced al cual dos partículas conservan las mismas características físicas tras separarse y tomar direcciones opuestas a partir de un mismo punto del espacio) que permitía eludir una hipotética "acción fantasmal a distancia" -considerada por ellos ilógica- era que las dos partículas entrelazadas compartiesen una programación oculta. Con ello pretendían poner en evidencia la incompletitud de la mecánica cuántica,

El teorema de Bell, formulado por el físico irlandés John Bell en 1964 y confirmado empíricamente por Alain Aspect en 1981 (algunos lo consideran el experimento más profundo de la historia de la ciencia), desmentiría la existencia de variables ocultas locales: no hay una programación en las partículas entrelazadas, no hay una información impresa en ellas que se nos pase por alto, como creía Einstein. Eso sí, el teorema no descarta que existan variables ocultas no locales (que la información de una partícula a otra se transmita instantáneamente -más rápido que la luz, por tanto-, como parece ocurrir con el entrelazamiento cuántico), tal y como defendía David Bohm en su interpretación holística de la mecánica cuántica que concibe el Universo como un todo íntimamente interconectado. Por último, y es lo que viene más a cuento en esta entrada, el teorema de Bell no está reñido con el superdeterminismo. El propio científico irlandés reconocía ante Paul Davies, en una entrevista en 1985 en la BBC:

"Hay una manera de escapar a la conclusión de las velocidades superlumínicas y de la acción fantasmal a distancia. Pero implica un absoluto determinismo en el Universo, la completa ausencia de libre albedrío. Suponiendo que el mundo es superdeterminista, no solo con una Naturaleza inanimada funcionando de acuerdo a un mecanismo de relojería entre bastidores, sino también con nuestra conducta, incluida nuestra creencia en que somos libres para elegir hacer un experimento en vez de otro, absolutamente predeterminado, incluyendo la "decisión" por el experimentador de llevar a cabo una serie de medidas en vez de otras, la dificultad desaparece". 

viernes, 20 de marzo de 2015

Gracias a la nada, que me ha dado tanto


Hace un año supe de la publicación de Un Universo de la nada, libro del físico estadounidense Lawrence Krauss, tal como refería tangencialmente en una entrada en la que denunciaba el asalto permanente de legiones de trolls a los minoritarios contenidos de calidad de Internet. Tras escuchar un vídeo de Krauss (ver arriba) me hice con el libro, que está redactado de manera excelente y muy didáctica (el físico de Nueva York se encuentra en la división de honor de los grandes divulgadores científicos mundiales vivos, junto a compatriotas como Brian Greene y Michio Kaku o los británicos Stephen Hawking, Paul Davies y Richard Dawkins). Y hoy quiero hablarles del concepto fundamental de ese texto: nada menos que... ¡la nada!

Para empezar, la nada no es lo que parece: o sea, no es nada sino algo. Si lográramos vaciar completamente de materia/energía un trocito de espacio, siempre nos encontraríamos con la llamada energía de vacío, responsable de las fluctuaciones cuánticas: una especie de agitación siempre presente en lo más íntimo de todos los rincones del Universo, procedente del misterioso horno cuántico en el que se cuece la realidad y donde conceptos como espacio y tiempo pierden su significado.

Ese horno cuántico, en la escala de longitud de Planck (próxima a la presunta distancia más corta posible: 10 elevado a menos 35 metros) y la escala de tiempo de Planck (próxima al presunto intervalo más breve posible: 10 elevado a menos 44 segundos), es un hervidero de partículas virtuales de signo opuesto que aparecen y desaparecen, anulándose entre sí, en un lapso brevísimo. Pero, al hacerlo, tienen efectos sobre el mundo real. Buena parte de la masa de los protones (componentes junto a los neutrones y electrones de toda la materia conocida: desde las estrellas hasta nuestros cuerpos) es fruto de la acción de gluones virtuales. Las descargas electrostáticas, que nos son tan familiares al salir del coche y cerrar con llave, son también producto de fotones virtuales (los fotones reales, en cambio, son los portadores de la radiación electromagnética: desde las ondas de radio a los rayos gamma pasando por la luz visible). Al igual que otros muchos fenómenos como el efecto Casimir o la radiación de Hawking (luz irradiada en el borde de un agujero negro).

Podría decirse esquemáticamente que las partículas virtuales son perturbaciones en los campos de fuerza que causan efectos físicos observables en las partículas reales (rizos en los campos de fuerza, mucho más duraderas y estables que las virtuales), como su repulsión/atracción o el valor de su masa. Y que a veces, cuando los niveles de energía son muy altos (caso del borde de un agujero negro, de los instantes iniciales del Universo o de los choques de protones dentro del acelerador de partículas del CERN), llegan a generar de la nada partículas reales de materia o antimateria: eso sí, siempre respetando el principio de conservación de la energía, que es una ley sagrada del Cosmos.

Según el físico ruso Andrei Linde, artífice junto a Alan Guth de la teoría de la inflación cósmica, nuestro Universo sería fruto de una fluctuación cuántica microscópica (con una pequeñísima asimetría inicial sin la cual dicha fluctuación habría regresado literalmente a la nada, al anularse entre sí partícula y antipartícula virtuales) amplificada en un periodo de tiempo brevísimo por una monstruosa expansión exponencial. Ahí está la semilla de las galaxias, de las estrellas, de la vida y de la inteligencia... ¡pero no solo de nuestro universo sino de cualquier otro! De hecho, la inflación cósmica apunta a la existencia de un Multiverso en el que estarían naciendo sin parar -eternamente, según Alexander Vilenkin- nuevos universos.

En su libro, Lawrence Krauss no dice una sola palabra de qué podría haber detrás de ese hervidero cuántico en el que surgen partículas virtuales que a veces se hacen reales y, tal como sostiene Linde, incluso podrían dar lugar a nuevos universos. Y no lo hace porque no hay evidencia alguna al respecto: por ahora se trata de una cuestión metafísica más que científica. Pero es natural tener la curiosidad de preguntarse qué diablos habrá por debajo de la escala de Planck en cada uno de los puntos más diminutos del Universo: ¿aspirantes a universos con toda su potencialidad, en los que ya están inscritos tanto los seres inteligentes que los albergarán -si es el caso- como lo que éstos se empeñan ingenuamente en catalogar como pasado, presente y futuro?, ¿todos los posibles aspirantes a universos, acuñados por una troqueladora matemático-platónica (que dejaría en ellos su impronta) con diferentes valores de sus parámetros físicos, listos para salir al escenario del espacio-tiempo conforme a un generador de números aleatorios o alguna programación más compleja?...

Cambia "vida" por "nada" en la canción de Violeta Parra y tendrás una letra más profunda y no menos emotiva:

domingo, 8 de marzo de 2015

Anodino viaje en metro

Estaba de pie, agarrado a la barra, aburrido de su anodino viaje en metro de vuelta del trabajo. Dirigió su mirada hacia abajo, a la izquierda, donde un tipo sentado estaba leyendo un cómic: en una viñeta se veía a un individuo leyendo, sentado en un vagón del metro, con otro de pie a su derecha observándolo. El viajero sentado se disponía a pasar página. El viajero de pie aguardaba ansioso a que lo hiciera. Advirtió entonces cómo alguien le metía un objeto en el bolsillo derecho de la chaqueta, pero estaba más pendiente de la nueva página que ya empezaba a presentarse ante sus ojos. En el cómic se veía ahora al hombre sentado de pie, esgrimiendo un cuchillo en la mano y abalanzándose sobre el curioso de su derecha, que sacaba a su vez una pistola. Aterrado, éste advirtió cómo el lector -con gesto irritado- hacía ademán de levantarse de su asiento. En una fracción de segundo desvió tanto la mirada como la mano hacia su bolsillo derecho, donde relucía un objeto negro frío al tacto. No le cupo duda alguna de que éste iba a ser un viaje muy diferente a los demás.

martes, 24 de febrero de 2015

PPestafa electoral (y II)

Han pasado casi cuatro años desde el triunfo del PP por mayoría absoluta con un programa-estafa que embaucó a millones de personas (aunque no había que ser un lince para advertir que se trataba de un engaño en toda regla), muchas de las cuales han sido precisamente las más golpeadas por los entonces ya previsibles recortes en sanidad, educación, servicios sociales y prestaciones asistenciales.

Se aproxima la reválida en las urnas y el Gobierno empieza a mover ficha para volver a timar a cientos de miles de incautos. Porque bien sabe que no basta con sus votantes incondicionales, esa derecha sociológica más o menos catolicona y neofranquista, para ganar unas elecciones en España (y, mucho menos, por mayoría absoluta): hay que pescar en aguas pobladas por centristas (que tanto votan a PP como se pueden inclinar por el PSOE) y, sobre todo, por gente desideologizada (los más propensos no solo a picar en esta estafa, sino también a los cantos de sirena del populismo).

En el debate del Estado de la Nación de esta semana, Mariano Rajoy ha tenido la enorme desfachatez de decir que su Gobierno nos ha sacado de la crisis sin tocar el Estado del Bienestar ni a los más humildes (huelgan los comentarios a este respecto: que cada uno juzgue por sí mismo). Pero ésta es una desvergüenza no menor que la de presumir de que la economía se está enderezando gracias a sus políticas de austeridad (por cierto, impuestas desde Bruselas y Berlín pese a no haber rescate gubernamental -aunque sí rescate bancario- de por medio).

Conviene recordar que solo tras las célebres palabras en julio de 2012 de Mario Draghi  ("Haré lo que haya que hacer y, créanme, será suficiente"), los grandes fondos mundiales de inversión y de pensiones que hemos dado en llamar los mercados se tranquilizaron. Dieron por hecho que las autoridades monetarias europeas abortarían decididamente con toda su artillería cualquier intento especulativo para acabar con el euro, así que dejaron de apostar (para no perder dinero tontamente) en contra de la moneda única y de la deuda de los países periféricos. Ello permitió que las primas de riesgo de estos Estados empezaran a caer en picado. No solo la de España, sino también la de Italia, Portugal, Irlanda e, incluso, Grecia: ésta pasó de casi 2.800 puntos a alrededor de 500 a mediados del año pasado (ahora ha vuelto a escalar hasta casi 1.000 por las dudas tras la victoria de Syriza).

El mero anuncio solemne del presidente del Banco Central Europeo (BCE) en 2012 fue pues lo que sentó las bases de esta frágil tregua, afianzada por el reciente anuncio de compra masiva de deuda para conjurar el riesgo de deflación en la zona euro. Insisto en lo de "frágil tregua": si Grecia se saliese ahora mismo del euro, todo saltaría por los aires (incluso la propia Unión Europea peligraría a medio plazo) y nuestra prima de riesgo superaría en pocos días los 500 puntos, por muy listo y espabilado que sea -o se crea- don Mariano.

Además de los brutales recortes en gasto social, la política económica de Rajoy ha consistido básicamente en favorecer una caída de los salarios y una precarización del empleo (abaratando despidos y debilitando el poder de negociación de los trabajadores y sus representantes) para así ganar competitividad a la desesperada. El empleo que se crea actualmente es casi todo precario, con salarios muy bajos y condiciones muchas veces lamentables (entre ellas, la prolongación de la jornada laboral más allá de lo recogido en el contrato). Todo indica, de manera alarmante, que nuestros gobernantes han caído en la tentación de volver a apostar por el modelo insostenible de la construcción como locomotora económica: en esa línea apuntan la reforma de la Ley de Costas y la nueva Ley de Montes, que permitirá recalificar zonas boscosas quemadas.

Lo que no dijo nuestro presidente en el Debate del Estado de la Nación es que la deuda pública cuando se fue ZP era del 70% del PIB y ahora supera el 100%. Tampoco contó que estos años ha estado recurriendo a la hucha de las pensiones, heredada del anterior Gobierno, para afrontar el pago de éstas: ya se ha comido más de un tercio de los 67 mil millones de euros que había cuando llegó a Moncloa a finales de 2011 (solo en 2014 sacó de ahí 15 mil millones de euros). Por otra parte, seguimos teniendo la segunda deuda externa más grande del mundo, solo superada en cuantía por la de EE:UU. Tenía razón Pedro Sánchez ayer cuando le soltó esto a Rajoy: "En economía va bien lo que no depende de usted y va mal lo que depende de su Gobierno". Por cierto, fue precisamente su pésima gestión de la crisis de Bankia en 2012 lo que precipitó el rescate bancario europeo -la famosa "línea de crédito" de hasta 100.000 millones de euros- y estuvo a punto de abocarnos al rescate gubernamental.

Hasta ahora me he centrado solo en lo económico y sus consecuencias sociales: unos servicios públicos muy deteriorados, un aumento preocupante no solo de la pobreza y la exclusión social sino también del número de personas al borde de ellas (con miles de ciudadanos que han perdido su hogar y casi un millón de inmigrantes privados de derecho a la atención sanitaria), una creciente desigualdad social... Pero a esto hay que sumar los ataques a las libertades, con leyes como la del aborto (felizmente abortada, por miedo a perder votos de centro) o la de seguridad ciudadana (criminalizando la protesta social y la inmigración irregular) que son guiños al sector más conservador del partido fundado por Manuel Fraga. ¡Y qué decir de la corrupción! La verdad es que hay que tener la cara de cemento para exigir la dimisión de un tipo como Juan Carlos Monedero cuando uno forma parte de una organización con una probada contabilidad B y tantos militantes encarcelados o imputados.

En fin, que el año electoral ya está aquí -no solo para el Gobierno de España sino también para las autonomías y ayuntamientos-, lo que explica tanto los regalitos fiscales y sociales de última hora de Rajoy como la inusitada prisa en mi municipio del PP por adecentar carreteras, limpiar cunetas, anunciar la construcción de nuevos aparcamientos y dar becas para escolares. Tú, votante, tendrás la última palabra. Luego no te quejes de que te tomen por gilipollas.

viernes, 20 de febrero de 2015

Sáenz de Santamaría valora muy positivamente el dato de personas que se dejaron la llave en la cerradura por dentro

El número de personas en España que se dejó la llave en la cerradura -por dentro- al cerrar la puerta de su casa desde fuera, con los consiguientes gastos de cerrajero y otros perjuicios de índole personal y laboral, aumentó un 24,7% en enero con respecto al mes de diciembre del año pasado. El dato publicado hoy por el INE ha sido anunciado y celebrado en rueda de prensa en Moncloa por la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, ya que representa un crecimiento más bajo que el registrado en el consumo de margarina en el primer trimestre de 1971 en un distrito de la provincia serbia de Vojvodina. 

Además, según la número dos del Gobierno, el crecimiento interanual del 24,6% de enero de 2014 a enero de 2015 en estos incidentes refleja una "clara tendencia desestacionalizada a la baja y es muy inferior al porcentaje de puntos obtenido por la Cultural Leonesa en la temporada 1954/55 en la Segunda División de nuestra Liga". 

"Está claro que nuestras políticas están funcionando", agregó Santamaría, "y hay que tener mucho cuajo para utilizar torticeramente ese dato positivo contra el Gobierno y no emplazar al señor Monedero a dar respuesta alguna por su responsabilidad". La vicepresidenta no dejó pasar la oportunidad de ironizar sobre el número 3 de Podemos: "Parece que el señor Monedero prefería, mientras tanto, estar reunido con cerrajeros venezolanos en Teherán". Y lanzó una última pulla contra él: "Dicen que vive en un casa con puerta... ¡incluso con cerradura! ¿Será que tiene miedo de que le entren a robar? Ya vemos cómo predican con el ejemplo éstos que van dando por ahí lecciones de moral".