viernes, 26 de agosto de 2016

Mis auténticos compatriotas: Acerca de Rationalia

Nací en las islas Canarias y llevo casi la mitad de mi vida en Madrid, tras establecerme aquí en 1994. Por tanto, me guste o no, soy canario y español. Pero no puedo evitar sentirme más compatriota de un animalista escocés que de un cazador canario o un taurino ibérico, de un librepensador saudí (¡pobre, sobre todo si es mujer!) que de un ultracatólico español, de un bibliotecario eritreo que de un cani local de los que salen en Mujeres, Hombres y Viceversa, de un antinacionalista serbio que de un nacionalista español o canario, de un ecologista coreano que de un cafre de mi isla que tira su nevera vieja al barranco, de un socialdemócrata sueco o canadiense que de un españolazo pepero o un votante de Coalición Canaria.

Quizá lo único que comparta con el cazador, el cani o el energúmeno de mi tierra sea mi querencia por la Unión Deportiva Las Palmas (que para mí, en la distancia, es un vínculo identitario y sentimental) y mi acento insular. Pero hay cosas ciertamente más importantes, como el cuidado de la frágil naturaleza del archipiélago y el bienestar de sus personas y animales. Claro que hablamos el mismo idioma, lo cual también debería unirme más a un latinoamericano que a un asiático, africano o europeo no español. Pero no es el caso: mi cercanía personal -y creo que la de mucha otra gente- es por afinidades, no por vecindad geográfica o cultural. La lengua española sirve igual para escribir los textos de Borges que para exclamar "¡Muera la inteligencia, viva la muerte!" (Millán Astray) o componer canciones de reggaetón (Bob Marley debe estar revolviéndose en su tumba de ver asociado el término reggae a esa cosa infame). Por cierto, prefiero la música de Bob Marley a una folía y no por ello soy menos canario.

He de reconocer que no me siento a gusto con culturas muy religiosas y tradicionales (por tanto, cerradas, reprimidas, machistas y homófobas), incívicas y clasistas. Por eso estoy seguro de que no sería tan feliz en Centroamérica como en Noruega. Por eso no me cabe duda de que viviría mejor en Holanda que en Italia, México, India o la propia España. Por supuesto que también hay cafres en el norte de Europa, pero la diferencia la marca una cultura más avanzada: más laica, racional, cosmopolita, igualitaria, tolerante, cívica y comprometida con la educación (¿será casualidad que no haya prácticamente un joven islandés que crea en Dios como creador del mundo?). Las instituciones de esos países son un reflejo de esa cultura. Por eso la petrolera noruega Statoil es una empresa ejemplar, ya que lo determinante no es su titularidad pública o privada sino la cultura subyacente: Statoil es una empresa pública... pero nórdica, no española ni italiana ni griega.

Esa cultura avanzada es sin duda la que más se aproxima a la idea de Rationalia propuesta por el físico y divulgador Neil deGrasse Tyson: un país virtual regido por la razón y la evidencia, en el que no obstante esté reconocido el derecho de cada cual a optar por la irracionalidad y la creencia religiosa (siempre y cuando su ejercicio no sea en perjuicio de terceros). Puede que Rationalia sea el último cartucho de la humanidad para evitar el colapso en este siglo XXI.


sábado, 30 de julio de 2016

Estupidez y culturas

El biólogo evolucionario David Krakauer, investigador y presidente del Instituto de Santa Fe (centro multidisciplinar dedicado al estudio de la complejidad), nos brinda una definición de la estupidez relacionada con la resolución de tareas o problemas: una solución estúpida es la que hace que tardemos en llegar al objetivo o resultado –¡si acaso llegamos!- al menos tanto como si nos hubiéramos encomendado al puro azar. Tomemos el ejemplo de un cubo de Rubik. Las soluciones inteligentes nos llevarían a dejar el cubo con todas sus caras igualadas en un tiempo relativamente breve, que podrían ser minutos u horas, siguiendo unas reglas o pautas racionales. Es verdad que si dispusiéramos de un tiempo infinito acabaríamos terminando el cubo más tarde o más temprano (quizá en dos millones de años o acaso en treinta mil millones), manipulándolo como nos viniese en gana en todo momento sin pauta ni razonamiento alguno. Pero una solución manifiestamente estúpida como la de limitarnos a rotar el cubo, sin alterar la disposición de sus 27 componentes, ni siquiera llegaría a ser efectiva aunque empeñáramos en ella toda la eternidad. Toda persona estúpida tiende a hacer estupideces como esa, pero no todas ellas son cometidas por individuos estrictamente estúpidos (privados del uso de la razón): los hay también obcecados, ignorantes, mal informados y fanáticos (que anteponen su veneno ideológico a la razón).

Krakauer distingue entre dos tipos de artefactos culturales por su efecto en nuestra cognición: los complementarios y los competidores. Los primeros potencian nuestras habilidades cognitivas y nos hacen, por tanto, más listos. Entre ellos figuran los mapas, los ábacos y las lenguas. No solo cumplen con la función para la que fueron diseñados sino que, instalados en modo virtual en nuestro cerebro (a cuyo cableado contribuyen), potencian diversas capacidades. El uso para el cálculo del ábaco, por ejemplo, favorece tanto la comprensión espacial como la lingüística. Por su parte, los artefactos culturales que compiten con nuestra cognición son los que ejecutan mucho mejor y en menos tiempo que un humano tareas que ya sabíamos hacer. Un ejemplo típico es la calculadora electrónica, que tan buenos servicios nos ha prestado a todos aunque al precio de hacer olvidar a más de uno cómo multiplicar o dividir números grandes. El riesgo de estos artefactos competidores, entre los que también se incluyen los procesadores de texto, es que nos entontecen y podrían dejarnos en un estado peor que cuando los inventamos (no es improbable que en unos pocos decenios casi ningún humano sepa ya multiplicar o dividir manualmente, o incluso escribir a mano con lápiz o bolígrafo) si un día desaparecieran. Por lo que, evidentemente, sería un error depender demasiado de ellos.

Por cierto, ¿cabe hablar de culturas estúpidas o, al menos, de algunas más estúpidas que otras? ¿Incluso de culturas que hagan estúpidos a los individuos?... Si consideramos la cultura como un potenciador de la inteligencia, hay que reconocer la existencia de objetos culturales más eficaces que otros. Los números romanos eran un buen invento para contar (siempre y cuando las cifras no fueran demasiado altas), pero no para hacer operaciones aritméticas. Para sumar, restar, multiplicar y dividir (¡ya no hablemos de álgebra!), el sistema de numeración indo-arábigo es infinitamente mejor. No es pues de extrañar que los europeos medievales estuvieran tan atrasados en matemáticas con respecto al mundo islámico. Una cultura sin matemáticas avanzadas nunca habría logrado poner a un hombre en la Luna ni descifrar nuestro genoma. Lo mismo puede decirse de una cultura ágrafa. Desde luego, la ciencia no sería posible sin matemáticas ni escritura. Y sin ellas, el universo cognitivo de sus individuos sería mucho más pobre.

Desafiando toda corrección política, el filósofo y neurocientífico Sam Harris afirma que una cultura que justifique los crímenes de honor o la discriminación de las mujeres es objetivamente inferior a otra democrática y tolerante. Siguiendo el planteamiento de Krakauer, una cultura de esa índole (fundada en la tradición-religión y no en la razón) haría a sus individuos no solo moralmente peores sino también menos inteligentes, al dejar desde su más tierna infancia en sus conexiones neuronales una impronta de odio e irracionalidad. Así como los números romanos son inferiores a los indo-arábigos, la cultura talibán (paradigma extremo de integrismo religioso) sería inferior a la de una sociedad civilizada democrática. Entre otras cosas, dice Harris, por promover la comisión por personas psicológicamente normales de actos que en una sociedad democrática solo podrían ser atribuidos a psicópatas. Es difícil rebatírselo... racionalmente.

martes, 19 de julio de 2016

El clan Sandoval se reconcilia y Justo Javier Ullambres retoma la faca

Los hijos de Perica Sandoval, Cuqui y Santi, atraviesan un buen momento tras su desencuentro primaveral por el discurso de ingreso de su madre en la Real Academia Española de la Lengua. La doctora en Bioquímica Molecular Cuqui tildó su discurso sobre la relación entre ética y ascética en Fray Luis de León de "excesivamente academicista", además de apuntar "un inquietante sesgo antipositivista". Estas palabras abrieron una brecha en la familia, por cuanto Santi (catedrático de Historia del Mundo Contemporáneo) se alineó con su madre y denunció el "cientifismo miope" de su hermana. Pero las aguas no han tardardo en volver a su cauce y eso ya es pasado. "Siempre le voy a perdonar a mi hermana todo", aseguraba ayer Santi a la salida de la Biblioteca Nacional, con un ejemplar de La miseria del historicismo de Popper bajo el brazo, camino de una exposición en el Museo Antropológico. Ni Cuqui ni Santi han querido inmiscuirse en sus respectivas relaciones de pareja: la de Cuqui con el epistemólogo checo Petr Ucher (con quien sale desde primavera) y la de Santi con la paleontóloga jiennense Consuelo Oláriz (una relación estable de varios años que dentro de unos meses dará un nieto a Perica). Todo se arregla en familia, desde luego. ¡Y bien que lo celebramos!

Vayamos a otra cosa, corazones... ¿Sabéis que la secretaria judicial Toñi Calasparri mantiene una excelente relación con sus exparejas: el alicatador Jaime Sosa y el cooperante en Congo Jaume Munt? Ambos acudieron junto a su actual novio, el arabista José Henrique Fermosillo, a su fiesta de 40 cumpleaños en la Sala Magna de la Casa Árabe en Madrid. A Toñi y su pareja se les ve superfelices y están juntos las 24 horas del día. José Henrique y ella han llevado su relación sentimental muy discretamente. Y ambos tienen claro que van a pelear por un amor que promete grandes momentos. ¡Seguro que sí!

Ya queda menos para la vuelta a la matanza del encofrador Justo Javier Ullambres, que rebanará el pescuezo a cuatro cochinos en la plaza mayor de Valoria la Buena (Valladolid). Javier afronta las horas previas con nerviosismo. La hora de la verdad se acerca (será el sábado a las 9 de la mañana) y el verdugo ya ha adelantado que empleará una faca de Toledo que le regaló su hermanastro Fermín. Ejecutará la matanza con un traje hecho expresamente a medida para ese día por el conocido sastre lagarterano Fulgencio Corominas. Toda la familia de Justo Javier estará con él arropándole en un día tan especial, ya que será su última matanza. Encofrador, pero sobre todo verdugo, está tan ilusionado como el primer día que degolló a un guarro.

Y cerramos el programa de hoy con otra muy feliz noticia: el inminente enlace de la telefonista Margarita Fierro con el fresador Pedro Gómez López. Solo les faltaba marcar la fecha en el calendario: la boda tendrá lugar finalmente el 6 de agosto en la parroquia de al lado de la fábrica donde trabaja Gómez en L'Hospitalet del Llobregat (Barcelona). El traje de Margarita es un misterio. Y también el destino de su luna de miel, aunque alguien muy próximo a la telefonista nos ha asegurado que la pareja duda entre una pensión en Villarrobledo (Albacete) o el camping de Jarandilla de la Vera (Cáceres). "Me siento pletórica", nos decía hace unos días Margarita, que sigue creciendo en lo personal y lo profesional. ¡No es para menos, guapa! ¡Muchas felicidades a la pareja! Con ellos nos despedimos hasta mañana, corazones.

martes, 5 de julio de 2016

Economía y error

La crisis económica en la que aún estamos instalados tuvo su origen en una crisis financiera en los Estados Unidos (la de las hipotecas subprime o de alto riesgo), desatada por la desregulación y la falta de controles: en toda una combinación de errores, públicos y privados, tanto por omisión como por acción. Algo parecido ocurrió en 1929, con la diferencia de que entonces el Estado era mucho más débil y se encontraba bastante menos preparado para evitar el derrumbe de la economía estadounidense y, con ella, del resto del mundo. Al crack bursátil del 29 sucedió la tremenda crisis económica de los años 30 que condujo al auge del nazismo y el fascismo y, en última instancia, al mayor conflicto bélico de la historia de la humanidad: la Segunda Guerra Mundial. No se trataba, desde luego, de un fallo menor.

Abundan los ejemplos de trágicos errores económicos, fruto de la combinación de codicia, dejadez más o menos interesada, ignorancia de los fundamentos de la economía y falta de sentido común. El más reciente y próximo a los españoles es el de la burbuja inmobiliaria, cuyo pinchazo en 2007 puso fin a una escalada de precios en la vivienda que parecía no tener techo. En la segunda mitad del año 2003, cuando compré mi casa, recuerdo haberle señalado al tipo de la agencia inmobiliaria el riesgo de estallido de la burbuja. Le puse como ejemplo el caso de Japón en los 90. “¡No, no!”, me respondió con una sonrisa condescendiente. “La Unión Europea no permitiría que bajaran los precios en España. A lo sumo, no subirían más. Pero bajar, ¡eso no!”. Otro ejemplo más de lo que el economista John Keneth Galbraith acuñase en su libro La sociedad opulenta como “sabiduría convencional”: un conjunto de ideas tomadas como indiscutibles al contar con la aprobación generalizada tanto de expertos como de público. Un conjunto de ideas que, por desgracia, es muchas veces erróneo. Sabiduría convencional fue durante muchos siglos la creencia en que la Tierra era plana. Y lo es en la actualidad la fe, profesada por muchos académicos y políticos, en las políticas económicas de ajuste (que tanto daño han hecho a algunos países como España, Portugal o Grecia) para combatir la recesión.

Lo cierto es que la ciencia económica ortodoxa se funda sobre premisas muy discutibles -por no decir falsas- como el comportamiento racional de los agentes económicos (muchas veces la gente actúa irracionalmente), su condición de maximizadores del beneficio o la utilidad, la información perfecta (no existe tal cosa, aparte de que hay individuos que tienen más y mejor información que otros) o la igualdad ante los mercados (solo hay que tener sentido común para darse cuenta de que no es igual el poder negociador de un trabajador que el de un empresario que lo contrata). Así no es de extrañar que la economía haya sido una de las ramas del conocimiento más proclives al error, cuyos triunfos han consistido sobre todo en predecir lo que ya ha ocurrido: para dicho viaje no hacen falta alforjas científicas.

En la segunda mitad del siglo XIX, la teoría económica neoclásica empezó a vestir a la economía de un aparato matemático que se ha ido haciendo más complejo con el tiempo. Hasta el punto de que en pleno siglo XXI hay economistas que pretenden entender el mundo solo con su arsenal de curvas y derivadas matemáticas, sin necesidad de saber nada de Historia, Geografía, Psicología y otras humanidades. Y no es posible acometer esa empresa intelectual sin otorgar la suficiente importancia a factores institucionales como la cultura y costumbres o la estructura social. Los enfoques heterodoxos de la economía atienden más a ellos que al trinomio en que se asienta la teoría neoclásica hegemónica: racionalidad-equilibrio-individualismo.

La corriente dominante de la economía ha acabado reconociendo la existencia de fallos de mercado, conforme a los cuales la búsqueda por los individuos de su propio interés lleva a ineficiencias -mercados no competitivos (oligopolios o monopolios), externalidades (como la contaminación), provisión insuficiente de bienes públicos, etc.- que solo pueden ser solventadas a escala colectiva. Pese a ello, los economistas neoliberales próximos a la influyente Escuela de Chicago consideran que los efectos de una acción gubernamental podrían ser peores que los del propio fallo de mercado. Y desde los años 80 del pasado siglo, la síntesis neoclásico-keynesiana que representa la teoría económica ortodoxa se ha enriquecido con aportes de nuevos enfoques como la neuroeconomía (que trata de arrojar luz con los descubrimientos de la neurociencia sobre el proceso humano de toma de decisiones), la economía conductual (que analiza los efectos de los factores psicológicos, sociales, cognitivos y emocionales sobre las decisiones económicas de individuos e instituciones) o la economía evolutiva (inspirada en la biología evolutiva, que pone el acento en el valor para la supervivencia de las decisiones económicas). Pero sigue siendo incapaz de explicar y predecir con solvencia esos curiosos fenómenos emergentes que nacen de la interacción de los Homo sapiens para procurarse bienes y servicios con los que satisfacer sus necesidades económicas; o sea, sus necesidades de bienes escasos (por eso el aire que respiramos continúa siendo por ahora -¡pero no lo digamos muy alto!- un bien no económico).

viernes, 24 de junio de 2016

La culpa nunca es nuestra

Aumentan los accidentes de tráfico: la culpa es del mal estado de las carreteras, de la deficiente señalización, de las inclemencias meteorológicas..., nunca de la gente que conduce de manera agresiva y demencial, de quienes presumen de "controlar" a 180 kilómetros por hora y adelantan a quienes van pisando huevos a 130.

Los programas de telebasura consolidan su liderazgo en la pequeña pantalla: la culpa es de las cadenas que los emiten y no ofrecen espacios culturales alternativos, de los políticos que no dan una respuesta adecuada a la cuestión, de la pobreza cultural intrínseca al capitalismo..., nunca del espíritu chismoso y de la zafiedad de muchos integrantes de la sociedad, que ejercen apoltronados en su sofá una absoluta soberanía sobre su mando a distancia.

Se agrava el "efecto invernadero": la culpa es de las compañías transnacionales, del capitalismo depredador, del Gobierno de Estados Unidos..., nunca de quienes emplean su todoterreno para hacer la compra en el súper de al lado, de quienes ponen el termostato de la calefacción en 26º C y el del aire acondicionado en 17º.

Muchos sinvergüenzas se enriquecen destruyendo el entorno natural y sembrando el caos urbanístico a su paso: la culpa es del mundo de la política, de las deficiencias en la legislación del suelo, de la rapacidad del capitalismo..., nunca de quienes se muestran más preocupados por la política de fichajes de su equipo de fútbol que por la gestión de su municipio o comunidad.

En suma, que la culpa nunca parece ser del pueblo, sino de sus gobernantes (¡a qué político con intención de medrar se le ocurriría poner en duda la archisupuesta inteligencia y sentido común del pueblo!), de los empresarios, de los periodistas o de esa oscura abstracción llamada sistema.

Este articulo fue publicado en el diario El País el domingo 27 de mayo de 2007.

sábado, 18 de junio de 2016

La ignorancia y el error

Antoon Claeissens: "Marte venciendo a la Ignorancia"

Un factor explicativo del error es la ignorancia, cuyo abanico es inabarcable: desde el vegetariano que no había caído en la necesidad -tras varios años de no comer productos cárnicos- de suplementar su dieta con vitamina B12 hasta el periodista que escribe avalancha con b de burro pasando por el automovilista que pensaba que podía echar agua del grifo al radiador de su coche, la persona que compra los productos con colágeno de Ana María Lajusticia o el currito que vota al PP. Hay que diferenciar la ignorancia de la estupidez, ya que la primera es simple fruto de un desconocimiento y, por tanto, perfectamente subsanable (con conocimiento o instrucción). En la estupidez lo que falla es la inteligencia o el uso de la razón, algo que tiene difícil arreglo.

Hay varios tipos de ignorancia. No saber qué hay más allá del límite de sucesos de un agujero negro (¡nadie lo sabe!), quién ordenó el asesinato de J.F. Kennedy o qué es lo que piensa del cine de Almodóvar el vecino del quinto son ejemplos de ignorancia no equiparables a la de creer en pleno siglo XXI en Estados Unidos que el mundo tiene seis mil años de antigüedad. Las primeras son ignorancias justificadas por nuestras limitaciones (¡no somos omniscientes!), mientras que la segunda es autoimpuesta, hija del borreguismo acrítico y de la pereza intelectual. Quien cree estar en posesión de una verdad como esa raramente busca, abrigado por sus correligionarios en su confortable ignorancia, una contrastación de sus creencias con la realidad. Y, guste o no, la realidad (científica) es que la Tierra tiene una edad de alrededor de 4.500 millones de años. También tendemos, inducidos por nuestra fértil imaginación y naturales instintos paranoides, a adoptar otras verdades menos solemnes -y, muchas veces, igualmente falsas- como que el susodicho vecino del quinto nos tiene manía o que el árbitro del último partido de nuestro equipo es un canalla que nos ha robado arteramente el partido. Por estar ligadas a un desconocimiento o un conocimiento sesgado, son creencias frecuentemente erróneas que solo pueden conducir a acciones erróneas.

Por otra parte está la ignorancia negligente, que solo tiene un progenitor: la pereza intelectual. Un ejemplo sería el del ciudadano español en pleno uso de sus facultades que ignora el nombre del partido político de Alberto Garzón o que no sabe si Rusia está en la Unión Europea. Los límites de la ignorancia negligente son relativos y borrosos. No puede exigirse a un ciudadano de a pie que sepa qué es un quark (sí a un físico) o cómo funciona una central energética de ciclo combinado (sí a un ingeniero). Sí debe exigirse a un mecánico de automóvil que conozca el funcionamiento de un motor, o a un médico que sepa cuáles son las funciones del intestino delgado. También parece razonable que un ciudadano normal y corriente sepa cuál es el partido político de Pedro Sánchez o la capital de las islas Baleares. Y, por supuesto, cuál es el límite de velocidad en nuestras autopistas o cuándo termina el plazo para presentar la declaración de la renta. Recordemos que el desconocimiento de una ley no exime de su cumplimiento: es el principio jurídico de ignorantia juris non excusat.

Sin duda, lo peor de la ignorancia es que lleva al error. El próximo jueves 23 de junio están convocados los ciudadanos británicos para decidir la salida o no del Reino Unido de la Unión Europea. Dentro del electorado se incluyen tanto los politólogos más expertos en la materia como quienes no tienen la menor idea de lo que es la UE y hasta creen que Rusia forma parte del club. Y el voto desinformado de estos últimos no vale menos que el de los primeros, en virtud de un criterio político democrático ampliamente aceptado (ya nos alertó Borges de que la democracia es un “abuso de la estadística”). No es exagerado afirmar que del resultado de una votación como esa -o como la de noviembre del mismo año en EE.UU. entre Donald Trump y Hillary Clinton- depende el devenir del mundo en las próximas décadas. Es muy inquietante pensar en el enorme potencial desestabilizador del voto de los ignorantes cuando estos no son precisamente pocos.

La agnotología es el estudio de la ignorancia o la duda culturalmente inducidas. Incluye la publicación de información científica inexacta o producida deliberamente para confundir, así como la ocultación de información relevante para el público al servicio de intereses políticos o económicos. Dentro de este ámbito se encuentran las campañas que niegan el cambio climático, evidencian las supuestas contradicciones de la teoría de la evolución o relativizan los daños para la salud del uso de peligrosos pesticidas. La industria tabacalera tiene el dudoso honor de haber sido pionera al respecto, para contrarrestar las campañas en su contra por la nocividad de los cigarrillos. Cuanto más ignorante científicamente sea una sociedad, más vulnerable será a las tácticas de quienes buscan confundir y ocultar.

También fomentan la ignorancia y la duda las creaciones de un enemigo del ruido agnotológico, pero no por ello menos dañino para el conocimiento: el pensamiento magufo, destinado supuestamente a combatir intereses económicos y políticos espurios. Las dudas irracionales sembradas acerca de los productos transgénicos o la exageración de las propiedades nutricionales de la fruta y verdura ecológicas son algunas de sus expresiones. Los disparates conspiranoicos, que a veces se solapan con el magufismo, tienen la misma vocación de sacarnos de un presunto estado de ignorancia inducida. Sin embargo, lo que logran es lo contrario: hacernos creer que con las vacunas pretenden esterilizar a nuestros hijos, que hubo una siniestra conspiración contra el PP el 11-M de 2004 o que Paul McCartney está muerto y Elvis Presley aún vive.

Además de una gigantesca fuente de saber, Internet es también un gran propagador de la ignorancia debido a su naturaleza democrática: todo el mundo puede opinar o sentar cátedra acerca de cualquier tema, ya sea un experto mundial en la materia, un cuasianalfabeto funcional, un perturbado o alguien que cobra por manipular o confundir deliberadamente. “Mientras que algunas personas inteligentes se beneficiarán de toda la información a tan solo un clic, muchos serán engañados por una falsa sensación de experiencia”, nos dice David Dunning, formulador junto a su compañero en la Universidad de Cornell Justin Kruger del efecto Dunning-Kruger (sesgo cognitivo conforme al cual los incompetentes sobrestiman mucho sus capacidades mientras que los competentes subestiman las suyas).

Suponiendo la existencia del Multiverso, hay un tipo de ignorancia insalvable: la de lo que ocurre en otros universos diferentes al nuestro. Ello hace del análisis contrafactual (de lo que pudo haber sucedido “si x en vez de y”) un ejercicio necesariamente limitado a la elucubración. La ignorancia de lo que pudo haber ocurrido (de lo que, de hecho, ocurre) en otros universos nos impide muchas veces saber si hemos errado. ¿Fue un error no habernos casado con esa novia tan maja de Liechtenstein? ¿Fue un error la permanencia de Escocia en el Reino Unido (conforme a lo decidido en el referéndum de 2014)?... No hay manera de saberlo mientras no tengamos acceso -y parece que nunca será posible- a lo que ocurre en otros universos en los que contraemos nupcias con la novia del pequeño Estado centroeuropeo y en los que Escocia decidió independizarse en 2014.

martes, 7 de junio de 2016

La violencia salvaje en Venezuela que el manual izquierdista ortodoxo no puede explicar

Cuando Hugo Chávez llegó al poder en Venezuela en 1999, la tasa de asesinatos anuales en ese país era de 19 personas por cada 100.000 habitantes. Desde entonces, la cifra se ha casi quintuplicado (90 en 2015, según el independiente Observatorio Venezolano de la Violencia), hasta el punto de hacer de Caracas la capital más peligrosa del mundo. La oposición venezolana culpa de esta situación al Gobierno bolivariano, llegando incluso a atribuirle directamente los asesinatos cometidos por delincuentes (como si Nicolás Maduro se dedicara a dar órdenes, desde su palacio presidencial, de matar gente para robarles la cartera o un teléfono móvil).

Ya expuse en abril de 2013 en este mismo blog mi creencia de que la izquierda ortodoxa se equivoca al confundir pobreza con predisposición a delinquir. Entonces escribí lo siguiente:

Ante la violencia bestial que azota México y Centroamérica, el izquierdista biempensante recurre al comodín de la miseria y las desigualdades sociales (por cierto, el número de homicidios per cápita es bastante más bajo en India, donde mucha gente malvive hacinada en slums infectos y también hay no pocos ricos). Luego observa el caso de Venezuela y no acaba de entender cómo se disparan los asesinatos si, con datos de la propia ONU, se ha reducido la pobreza y se han atenuado las desigualdades. Nuestro ingenuo pensador no deja de tomar a los mareros y sicarios, además de como verdugos, como supuestas víctimas de un orden económicamente injusto, gentes que no tuvieron otra oportunidad para salir adelante. Se le pasa por alto que buena parte de los jóvenes más pobres de esos países no solo no son criminales sino que además conforman el grueso de sus víctimas (dejando a un lado los ajustes de cuentas). Está claro que la delincuencia pandillera se ceba sobre todo con los pobres, con quienes están cerca de los malandros y no disponen de los medios para protegerse -alarmas, alambradas, altos muros e incluso guardaespaldas- que están al alcance de la clase media y los ricos.

Se entiende que alguien que no sea un psicópata -incluso puede que un buen chico en una situación difícil- se haga pandillero, pero para medrar ahí dentro solo se puede ser un redomado hijo de puta: hay un proceso de selección negativa que hace que solo los psicópatas más inteligentes, precisamente por esa doble condición (por su astucia, habilidades sociales y absoluta falta de escrúpulos y empatía), lleguen a ser los generales de las bandas. Este fenómeno siempre ocurre cuando no hay un poder estatal (el Leviatán hobbesiano) que detente eficazmente el monopolio de la violencia en un territorio. Un ejemplo lo tenemos en la película Gangs of New York, ambientada en el Manhattan de mediados del siglo XIX. Otro, en la ficticia La carretera de Cormac McCarthy. Siempre que falte el poder coercitivo del Estado estará el camino expedito para psicópatas y tipejos sin escrúpulos, que lo tienen más complicado en un marco democrático civilizado (aunque no por ello dejen de medrar en empresas, partidos políticos, clubes de fútbol, etc.). Y esto no es cosa de un pasado o de unas latitudes más o menos remotas, como tuvimos oportunidad de comprobar en las guerras yugoslavas de finales del siglo XX.

Volvamos a Venezuela. Los Gobiernos bolivarianos de Chávez y Maduro han subestimado la importancia de la seguridad ciudadana, conforme al paradigma izquierdista que considera la delincuencia un producto del capitalismo destinado a desaparecer en un Estado socialista con justicia social. Preocuparse por la seguridad sería una frivolidad propia de políticos reaccionarios solo pendientes del bienestar de los ricos (¡cuando lo cierto es que el 80% de los asesinados en Venezuela son pobres!).

El Observatorio Venezolano de la Violencia (OVV) atribuye el aumento de la violencia a la "ausencia y exceso de Estado". Al parecer, en Venezuela ha habido en los últimos lustros un debilitamiento de la policía -sobre todo, la regional y municipal-, que ha visto reducidos sus efectivos y sufrido una fuerte desmoralización por la falta de apoyo y la creciente politización de los ascensos internos. El control de barriadas populares por grupos parapoliciales progubernamentales (caso de los tupamaros) ha favorecido la proliferación de armas y restado autoridad a las fuerzas policiales, cuya retirada de algunas zonas del territorio nacional ha permitido el asentamiento y florecimiento de bandas criminales que campan a sus anchas. A ello se suma un sistema judicial completamente desbordado, incapaz de hacer frente a montañas de causas penales, lo que ha propiciado una impunidad generalizada y que algunos se tomen la justicia por su mano (con linchamientos o ejecuciones extrajudiciales). Esto en cuanto a la "ausencia de Estado".

Por lo que respecta al "exceso de Estado", no hay que desdeñar el daño de políticas económicas bienintencionadas (seamos generosos suponiendo que no se han arbitrado con fines clientelares) que han alentado la corrupción y la delincuencia: por ejemplo, las regulaciones de precios destinadas presuntamente a proteger a los más desfavorecidos han hecho de la frontera con Colombia un coladero contrabandista, vaciando los estantes de los supermercados fronterizos venezolanos en beneficio de grupos criminales conchabados con funcionarios corrompidos.

El Gobierno de Maduro ha tomado mayor conciencia del problema de la seguridad en los últimos tiempos, sobre todo a raíz del asesinato en enero de 2014 de una famosa reina de belleza en una carretera. Pero echando la culpa de la situación no a la quiebra del imperio de la ley sino a los "antivalores" propagados por los medios de comunicación e incluso a la mala influencia en los chicos de series como Spiderman. Y respondiendo a la desesperada con acciones represivas "aparatosas y "contraproducentes", según el OVV.

"Consideramos que la destrucción institucional que continúa padeciendo el país es el factor explicativo más relevante del incremento sostenido de la violencia y el delito", dice el OVV en su informe anual de 2015. "La institucionalidad de la sociedad, en tanto vida social basada en la confianza y regida por normas y leyes, se diluye cada vez más ante la arbitrariedad del poder y el predominio de las relaciones sociales basados en el uso de la fuerza y las armas". O sea, como en las ya mentadas Gangs of New York o La carretera. Ya va siendo hora de que la izquierda entienda que la seguridad es un derecho fundamental (no un privilegio burgués) sin el cual no hay libertad ni es posible una vida civilizada para nadie: ni para ricos ni para pobres.