jueves, 15 de febrero de 2018

Entre inquisidores posmodernos y energúmenos ultras

Estamos crecientemente sometidos a una Inquisición de nuevo cuño, nacida esta en la izquierda (pero no en la liberal sino en la posmoderna neomarxista, la que da la espalda a la ciencia, niega la naturaleza humana y considera que todo -incluidos un pene y la gravedad- es un "constructo social" generalmente al servicio del heteropatriarcado). Por eso uno debe andarse con mucho tiento al opinar en cualquier foro público: cualquier insinuación de que el factor genético es muy importante (o sea, que se nace psicópata o con propensión al sadismo como se nace rubio o con los ojos castaños), de que la delincuencia y la violencia no son pues solo consecuencia de la injusticia social o el capitalismo, de que las mujeres no son iguales a los hombres (una constatación que no es incompatible con la defensa de la igualdad de derechos y la lucha contra la discriminación), de que la identidad sexual no tiene un fundamento cultural sino biológico, de que no existen culturas inocentes (¡lo de los buenos yanomami es un cuento!) y los occidentales no son los únicos malos de la película, de que la traducción práctica del multiculturalismo suele ser el multiINculturalismo, de que hay tradiciones en las que el trato a mujeres y homosexuales es inaceptable o de que el terrorismo ejercido por unos fanáticos religiosos barbudos tiene un apellido más propio que el de "internacional", puede acarrear la inmediata acusación y consiguiente condena sumaria por machista, racista, supremacista, homófobo, fascista...

Todo esto empezó hace décadas en los campus universitarios anglosajones, centrado en las facultades de letras y ciencias sociales (sobre todo, en los llamados estudios culturales y de género y en la teoría crítica), para acabar permeando buena parte de la intelligentsia progresista del mundo occidental: profesores, políticos, periodistas, escritores, actores, artistas... Hasta la derecha civilizada de los países más avanzados ha acabado asumiendo algunos de esos postulados y practicando la consiguiente autocensura. Por ejemplo, el mismo Rajoy (voy a tener la generosidad de considerar al PP como derecha civilizada) habla de "terrorismo internacional".

Muchos estamos atrapados entre dos muros: el de esa grotesca ortodoxia posmoderna y el de la porquería declarada y verdaderamente machista, racista, supremacista, homófoba y fascista vomitada por energúmenos más fáciles de encontrar en el fondo sur de un estadio o en un acto electoral de un partido populista ultra que en un cineclub o una conferencia sobre sostenibilidad. Esta nueva Inquisición alimenta además a esos ultras, que como Donald Trump o Marine Le Pen se presentan ante el electorado como los únicos políticos que hablan sin pelos en la lengua de lo que forma parte de su realidad cotidiana. Personas razonables pueden verse inclinadas a votar a populistas de derecha porque, a diferencia de otros competidores en las urnas acogotados por la corrección política, estos al menos parecen llamar al pan pan y al vino vino.

Lo cierto es que hay buena gente que ya está harta de que les tilden de racistas por resistirse a ser vecinos de clanes delincuenciales, o de fachas por demandar que los psicópatas violentos (víctimas sociales en el imaginario izquierdista posmoderno) se pudran en la cárcel para evitar más estragos a la sociedad. Y hay hombres decentes que ya están ahítos de que se considere que solo las mujeres pueden ser víctimas y nunca mienten. Y no pocos homosexuales indignados de que aquí se les defienda frente a nuestra tradición cristiana pero no frente a otras importadas, para así no herir sensibilidades supuestamente más respetables. Y no pocos heterosexuales que empiezan a ver cómo sus preferencias sexuales van quedando bajo la sospecha de agresivas y falocéntricas. Y muchos librepensadores y científicos perplejos ante el hecho de que esa izquierda acientífica y la derecha religiosa compartan cada vez más causas (la última parece ser la sexófoba). Si la izquierda no reacciona y se desembaraza del pesado fardo posmoderno, rompiendo con compañeros de viaje tan poco recomendables como feministas radicales y relativistas culturales, no nos sorprendamos luego del auge en las urnas de los apóstoles del odio, la brutalidad y la simpleza.

sábado, 3 de febrero de 2018

La vida como carrera o película (que carece de sentido sin su final)


Dentro de muy poco cumpliré 50 años. He concluido recientemente que si tuviera la oportunidad de volver a los 20, o a cualquier otra fecha del pasado, no lo haría. Esto lo tengo muy claro si se tratara de viajar instantáneamente a febrero de 1988 para en ese punto retomar mi yo veinteañero y volver a seguir el mismo camino que me ha traído al día en que esto escribo, pero con la diferencia de saber por anticipado todo lo que (para bien y para mal) me va a ocurrir. Vivir sabiendo lo que nos deparará el futuro no solo privaría de emoción y sentido a nuestra existencia sino que podría convertirla en una auténtica pesadilla.

Pero también tengo pocas dudas de que sería estúpido optar por repetir ese camino aunque desconociera lo que vendrá, como si fuera la primera vez. ¿Por qué? Porque ya lo he recorrido, lo conozco bien y forma parte de mi historia, de lo que soy a día de hoy. 30 años más tarde me encontraría de nuevo aquí en la misma situación: sería como estar corriendo los 100 m lisos y retroceder, cuando ya has hecho la mitad, a la cota de los 20 metros. Más tarde o más temprano llegaremos al final de la carrera, al final de la película. ¿Es razonable estar viendo en bucle solo la primera mitad de una película, sin adentrarnos en su desenlace?...

Habría una tercera opción, consistente en volver a febrero de 1988 para luego tomar cualquier otro camino del Multiverso. En ese caso, treinta años después no estaría aquí escribiendo esta entrada. Pero no solo eso, ya que no existiría mi hijo ni conocería a muchas de las personas con las que me he cruzado en estas tres últimas décadas (algunas de ellas, a diferencia de en este universo, no habrían llegado vivas a 2018; otras, por el contrario, seguirían viviendo). Mi historia sería otra distinta, y alcanzada la edad de 50 años -si no hubiese perecido antes- podría plantearme lo mismo que ahora en este blog... o acaso no. Puede que nuestras vidas ya se hayan repetido infinitas veces en sus infinitas variantes. Aunque, para ser estrictos, mi vida solo se corresponde con una de esas variantes (en las demás no soy yo).

"Pronto sabré quién soy", escribía algo ilusionado, sintiendo la proximidad de su muerte, Jorge Luis Borges. Quizá la cuestión sea no solo vivir sino repasar toda nuestra existencia al final para encontrar en ella algún sentido o enseñanza. Un repaso que para un observador externo de nuestro yo físico recién muerto duraría aparentemente unos segundos, pero que en el etéreo espacio interior subjetivo de nuestra conciencia podría alargarse asintóticamente hasta el infinito.

sábado, 20 de enero de 2018

Modelos de entender el mundo: el evolucionista (científico) y los demás


Nuestra forma de entender el mundo depende del modelo que adoptemos, a su vez fundado en determinadas creencias o ideas. Algunos de nuestros congéneres, al igual que los mapaches, las abejas o las algas, ni siquiera se plantean entender la realidad más allá de sus implicaciones prácticas: se limitan a sobrevivir, empleando sus bazas con mayor o menor suerte, en el tablero del espacio-tiempo. Pero la mayoría de los humanos siente una necesidad de comprensión y de sentido que los pone habitualmente en brazos de la tradición, un acervo de ideas transmitidas culturalmente de generación en generación en cuyo núcleo se encuentra la religión. El modelo religioso siempre ha sido el más popular, aunque cada vez tiene menos predicamento en los países con altos niveles de educación y desarrollo social (y también en el resto).

Las creencias religiosas informan la vida de la gente y dan respuesta (falsa, por lo general, dada su irracionalidad) a todas sus preguntas e inquietudes. No dejan cabos sueltos, todo tiene una explicación y cobra un sentido: desde el nacimiento hasta la muerte pasando por todas las vicisitudes de nuestra vida, de la humanidad y del Universo. La religión nos dice por qué estamos aquí, cuál es nuestro destino o por qué existen la enfermedad, el sufrimiento y el mal. También hay modelos pseudorreligiosos como el comunista, utopía laica basada en la creencia en la misión mesiánica de la clase trabajadora para alumbrar un hombre nuevo en una armoniosa sociedad sin clases (o sea, un paraíso en la tierra). Igualmente pseudorreligioso es el nazismo, otra utopía (aunque sería más propio hablar de distopía) laica fundada en mitos delirantes como el nacionalismo y ridículas creencias de superioridad racial. También lo es el feminismo radical, desde luego, con todo su arsenal ideológico contra la perversa condición masculina. Por supuesto, toda la irracionalidad de la superchería y las pseudociencias entraría en este mismo saco de creencias religiosas y pseudorreligiosas.

Pero también hay un modelo científico, este sí explicativo y fructífero por definición. Si la razón y la evidencia nos llevan a abrazar el evolucionismo, muchas otras convicciones brotarán por añadidura: veremos la religión como un invento (socialmente funcional, porque de otro modo habría desaparecido junto con sus inventores), advertiremos las grietas lógicas y morales del especismo, seremos muy conscientes de la importancia de lo genético (sin desdeñar el peso de la cultura)... Entenderemos por qué existen las garrapatas, el virus VIH (¡no es un castigo de Dios!), los genocidas, los violadores o los psicópatas, pero también la empatía, la cooperación y el altruismo. Y por qué los hombres son generalmente más altos que las mujeres, y estas más resistentes al dolor (incluso por qué los partos de las humanas son dolorosos). Probablemente no haya idea más potente y profunda que la de la evolución para explicar ya no solo el mundo biológico sino también el social e incluso el físico (la selección natural también operaría segando universos fallidos o inconsistentes del infinito catálogo del Multiverso).

Entonces, ¿vive la mayoría en el error?, ¿están engañados?, ¿son acaso más tontos?, ¿el modelo evolucionista es tan inimpugnable como la ley de la gravedad?... Hay gente convencida de la existencia del Dios judeocristiano, la fiabilidad del tarot, las bondades de la homeopatía y el firme compromiso con las clases populares de Donald Trump. Bajo un enfoque relativista, sus verdades no serían menos válidas que las nuestras: solo conformarían modelos diferentes de interpretar el mundo. ¿Pero pueden ponerse en el mismo plano un modelo creacionista y otro evolucionista, uno geocéntrico y otro heliocéntrico, un 2+2=4 y un 2+2=5? Y, ya con esas, ¿la música de Mozart y la de Bad Bunny, la cirugía y el reiki, Trump y Obama?...

La verdad existe (me atrevería a decir que también en los planos moral y estético) y no está sometida al escrutinio popular: las enseñanzas de Darwin nunca serán menos ciertas aunque solo un 1% de la población creyera en ellas; una pieza de Mozart siempre será mejor que un bodrio de Bad Bunny por mucha aprobación social que tenga este último; Trump, Duterte y otros payasos populistas no dejarán de ser unos sinvergüenzas por mucho que les vote la gente. Sin embargo, no niego que las vidas fundadas en Amón-Ra, Quetzalcoatl o la utopía comunista (o en cualquier otra invención humana como el Real Madrid o la sagrada patria catalana) puedan ser igual de ricas y dichosas (y tener no menos sentido) que cualesquiera otras.

viernes, 5 de enero de 2018

¿Por qué matar no es malo 'per se'? (por mucho que Kant se revuelva en su tumba)


El imperativo categórico de Kant sostiene que debemos comportarnos de modo que nuestra conducta pueda ser elevada a ley o regla universal. Hacemos el bien cuando ayudamos a un anciano impedido a cruzar la calle porque con ello adoptamos una supuesta ley moral objetiva (la que dice que es bueno ayudar a personas desvalidas) que es vislumbrada y abrazada por nuestra razón. Como esa ley es universal, da igual que el anciano al que auxiliamos sea un criminal de guerra o que pretenda apuñalar a una persona al otro lado de la acera: nuestra acción sería buena en cualquier caso. La del filósofo de Königsberg es una ética absoluta, en la que toda vida humana es un fin en sí mismo (no así la vida animal, que no es moral por ser supuestamente irracional). Y en la que el imperativo categórico, por definición, no puede ser relativizado: sin él, las bases de la ética serían completamente subjetivas y arbitrarias.

Pero lo cierto es que la propia razón práctica nos informa de que no hay ningún mandamiento, ni siquiera el de "no matarás", que pueda ser elevado a ley moral absoluta: matar, robar o mentir no serían malos per se, sino dependiendo de a qué fin moral estén asociados. Cuando uno mata en defensa propia o de terceros inocentes actúa moralmente bien. Cuando uno liquida a un tirano, hace un favor a la humanidad (hasta el propio San Agustín así lo consideraba y la Iglesia católica no le ha desmentido aún). Cuando uno roba para alimentar a su hijo hambriento, realiza un acto moralmente correcto (siempre que la violencia del acto no sea desproporcionada). Cuando uno mata a un animal para alimentarse, porque no tiene otra fuente de sustento, no se le puede oponer ética animalista alguna. Incluso es insostenible afirmar que comer carne humana es intrínsecamente malo: como bien saben los deportistas uruguayos perdidos en los Andes hace casi medio siglo, ingerir la carne de sus amigos fallecidos fue un acto bueno que salvó sus vidas. Por supuesto, mentir es lo correcto cuando están en juego la propia supervivencia y bienestar (por ejemplo, si un miliciano de Estado Islámico te pregunta por tu religión), la felicidad de los seres queridos o cualquier otro activo moral.

Esto nos conduce a proponer como único fin en sí mismo nuestra supervivencia y bienestar personal, así como la de los seres pertenecientes a nuestro círculo empático: familiares, mascotas, amigos, humanos en los que nos reconocemos -no Héctores Salamanca ni criminales neonazis-, orangutanes, elefantes... Para Kant, el fin en sí mismo era solo la vida humana, da igual que fuera la de un filántropo que la de un sádico asesino. Alguien podría argüir con fundamento si este enfoque al que hemos llegado racionalmente no es el mismo que el de un Héctor Salamanca o un neonazi: ellos también tienen un círculo empático, aunque bastante reducido. La diferencia es que su círculo excluye a mucha gente por razones arbitrarias (simplemente por no ser de su familia) y además estúpidas (como el color de la piel, la nacionalidad o las preferencias sexuales), mientras que el nuestro solo excluye a los que excluyen desde la irracionalidad, el odio y la más elemental falta de compasión. Nuestro planteamiento no rebaja la dignidad de un ser vivo atendiendo a cómo es (bípedo o cuadrúpedo, blanco o negro, payo o gitano, hombre o mujer, joven o viejo, homosexual o heterosexual...) sino a cómo actúa: si sus actos amenazan la supervivencia de nuestro círculo empático, es un enemigo al que combatir (revista la forma de paramilitar serbio o croata, de hipopótamo enfurecido, de mosquito Anopheles o de virus VIH)*.

Por supuesto, bajo este enfoque ético todo es cuestión de grado y proporcionalidad: no es lo mismo  disparar a un hipopótamo cuando está a punto de aplastarte que hacerlo porque sus gruñidos no te dejan dormir, ni hurtarle incruentamente la cartera a un desconocido de apariencia acomodada para dar de comer a tus hijos hambrientos que matarlo para el mismo fin. Los conflictos de intereses están servidos, pero así es la vida: ¿deberíamos devolverle un sobre perdido con mil dólares dentro a Rupert Murdoch?, ¿deberíamos apretar el gatillo si tenemos a tiro a un tipo que a su vez está a punto de apretar el gatillo para acabar furtivamente con un rinoceronte cuya cabeza lucirá en su casa como un trofeo más?... Una cosa es la esfera moral y otra la legal, que a veces no se solapan. Un código legal moderno y democrático no puede permitir que la gente se tome la justicia por su mano, ni tampoco quebrar el principio de igualdad concediendo menos garantías procesales a un asesino execrable que a un ciudadano de bien. Pero actuar conforme a la legalidad no significa necesariamente actuar de manera moral, así como comportarse moralmente no tiene por qué ser legal. Si se acciona el gatillo del arma que apunta al que apunta al rinoceronte, se está cometiendo un crimen (una ilegalidad) pero con un sólido fundamento moral: impedir la consumación de un grave acto irreversible profundamente injusto. Si no se devuelve el sobre a Murdoch, no se pondría en jaque ni su bienestar ni la continuidad de Fox News (está por ver que sea un acto inicuo contribuir a la caída de ese medio de comunicación) y se podría dar un buen empleo al dinero.

Hace años dediqué una entrada en este blog al filósofo australiano Peter Singer, un pensador muy polémico por sacar conclusiones incómodas basándose en la más estricta racionalidad. La ética de Singer es utilitarista y transhumanista, ya que coloca en su base las preferencias de los seres sintientes (definición que, obviamente, no incluye en exclusiva a los humanos). Kant fue muy crítico con los iniciales planteamientos utilitaristas de Jeremy Bentham por su condición subjetiva, pero es que no hay base más adecuada para construir un edificio ético -la moral no está inscrita en el firmamento estrellado que tanto impresionaba al filósofo alemán, aunque sí mora germinalmente en nuestro interior al haber sido seleccionada por la evolución- que la constatación de que todo ser vivo pugna por sobrevivir, por abrazar el placer y por huir del dolor. Héctor Salamanca y los criminales nazis comparten esas inclinaciones con los humanos empáticos, las ballenas y los elefantes. Pero la huella de sufrimiento que dejan a su paso es mucho mayor y es nuestro deber moral minimizarla de cualquier modo posible (preferiblemente, aunque no necesariamente, a través de la vía legal) en aras de un mundo mejor. Si alguien puede explicarme racionalmente por qué cree que Mike Ehrmentraut hizo bien en no volar los sesos a Héctor en un capítulo de Better Call Saul, o por qué cree que el asesino del tirano dominicano Rafael Leónidas Trujillo cometió un acto malvado apretando el gatillo, soy todo oídos (ojalá que el bueno de Kant también lo fuera desde su tumba).

*El mosquito Anopheles y el virus VIH, a diferencia del paramilitar serbio y el croata, no son agentes morales y tienen tanta culpa -el mosquito ni siquiera es el causante último de la malaria, ya que es utilizado por un microbio como vector- como un niño de seis meses apretando un botón nuclear. Pero esto nos lleva a la inquietante certeza de que un psicópata (no pocos paramilitares de la ex Yugoslavia lo eran) no es culpable de su falta natural de empatía.

martes, 19 de diciembre de 2017

Reflexiones en torno a 'Breaking Bad', mucho más que una sublime serie de TV



Hace más de tres años mi amigo y paisano José Miguel Santos me recomendó encarecidamente ver Breaking Bad, pero fue hace solo cuatro semanas cuando le tomé la palabra y me puse a ello. La verdad es que no había encontrado el momento de hacerlo, pero una vez vi en Netflix el primer capítulo no pude dejar de seguir hasta el final de la serie (son 62 capítulos repartidos en 5 temporadas). Apenas veo la tele (casi todo es basura, huelga decirlo) y lo mejor que había encontrado últimamente era Black Mirror (me han asegurado que The Wire es también una obra maestra). No me voy a detener en las excelencias del guion (construido a partir de una idea superoriginal, con unos personajes únicos y una trama espectacular), de la fotografía o de la realización, ni en el soberbio trabajo de los actores protagonistas (sobre todo, del dúo Bryan Cranston-Aaron Paul). Lo que voy a hacer a continuación es extraer algunas enseñanzas vitales de una serie que me ha sacudido emocionalmente. Puede que haya algo de generacional en ello, ya que Breaking Bad arranca cuando el profesor Walter White (Cranston) está a punto de celebrar su 50 cumpleaños (¡yo espero hacerlo en febrero!). Pero sin duda va mucho más allá, a tenor de la extraordinaria acogida que ha tenido entre gente más joven.



AVISO DE SPOILER: No continúes leyendo más allá de este párrafo si no has visto la serie y tienes intención de hacerlo (creo sinceramente que te perderías una joya si no sigues la recomendación que me hizo José Miguel en 2014).

¿Qué mueve a la gente? (la importancia del afecto, la autoestima, la familia y el trabajo)

Buenos y malos, listos y tontos, guapos y feos, todos queremos sobrevivir y disfrutar de cierto bienestar físico y económico. Pero no menos importante es la necesidad de afecto y reconocimiento, así como la autoestima (que en buena parte se nutre de lo anterior) y el instinto de protección familiar (sobre todo, de nuestros hijos, a los que amamos incondicionalmente). De poco sirven el poder y el dinero si con ellos no nos sentimos amados ni realizados, si no podemos ofrecer lo mejor a nuestros seres queridos (aunque inspirar miedo alrededor y tomar lo que a uno le place en todo momento, a lo Calígula, Rafael Leónidas Trujillo o el jefe del cártel Don Eladio, parece bastar a algunos para ser felices). Si hay un denominador común en los protagonistas principales de Breaking Bad es la importancia que otorgan a sus familias, aunque esta revista la forma de una banda de facinerosos.

Despreciado por su familia carnal, el joven descarriado Jesse Pinkman (Aaron Paul) es en el fondo un buen chico falto de cariño y con la autoestima quebrada que ve en Walter White no solo un socio sino un mentor (quien lo valora, aunque también le riñe más veces de las que desearía). Su caso, el de Jesse, es un ejemplo claro de que el dinero no da la felicidad: no sabe qué hacer con tanta pasta ganada, que malgasta en drogas y fiestas distortion en su casa en las que se reúnen multitud de colgados entre los que solo figuran dos amigos (unos fumados que siguen viviendo a los 25 años con las mismas inquietudes que si tuvieran 16). Jesse se siente reconocido y valioso trabajando como químico al lado de Walter o acompañando al narco Gustavo Fring y su jefe de seguridad Mike Ehrmantraut. Una frase dirigida a él como "Veo cosas en gente" (de Fring) o el "Aquí tiene a los dos mejores cocineros de meta de América" (dicho por Walter, en su presencia, ante otro narcotraficante) tienen para Jesse más valor que un millón de dólares.

La autoestima por el trabajo bien realizado, la búsqueda de la perfección en lo que uno mejor sabe hacer, es fundamental. Walter disfruta estando con sus hijos, acompañado de ellos y de su esposa en el calor de su hogar, pero también goza con su trabajo de profesor de Química (aunque a muchos de sus alumnos les resbale su materia) y, sobre todo, como fabricante de metanfetamina: en esto sabe que roza la excelencia. Ya decía Jesse al principio de la serie que "cocinar es un arte". Walt lo suscribe siempre y cuando se respete a la Química, de la que es casi un adorador religioso: no le vale cualquier ñapa, es un perfeccionista obsesionado con la pureza de su producto.

Diagnosticado de un cáncer de pulmón, ahogado económicamente (tiene que desempeñar un segundo trabajo en un lavacoches para llegar a fin de mes), con un hijo discapacitado y una esposa embarazada, Walter había dado el salto a fabricante de meta para pagar su costoso tratamiento médico y asegurar el futuro de su familia. Garantizar los estudios y el bienestar de sus hijos era su principal móvil. Pero llega un momento en que lo hace sobre todo por sí mismo, por mero gusto a su trabajo, tal como confiesa a su mujer Skyler en su despedida: es su autorrealización, es su autoestima, lo que está en juego. Porque Mr. White tiene una espina clavada: muchos años atrás, recién acabada su carrera universitaria, vendió por 5.000 dólares a dos socios (entonces compañeros de estudios, mucho menos brillantes que él) sus acciones en una empresa que se convertiría en un gran emporio. Sus antiguos amigos Elliot y Gretchen, ahora casados, son multimillonarios y reconocidos empresarios que se pasean por el mundo y los platós televisivos. Mientras tanto, él se afana limpiando las ruedas del deportivo de un alumno pijo llegado al lavacoches con su novia, a la que le hace mucha gracia la escena del azorado profesor agachado y provisto de un cepillo.

El disgusto del policía Hank por descubrir que el temible narco Heisenberg al que perseguía en vano desde hacía meses no era otro que su cuñado (el que en su 50 cumpleaños le parecía, esgrimiendo su pistola reglamentaria, "Keith Richards con un vaso de leche") también tiene mucho más que ver con su autoestima que con otra cosa. Tal como me comentaba muy agudamente mi compañero -y, sin embargo, amigo- Antonio Serrano, lo que más fastidió al agente de la DEA (un echado p'alante, aunque ciertamente valiente y honrado) fue sentirse burlado de ese modo por Walter: aquello era una puñalada a su ego de tipo duro y listillo, bregado en mil batallas, que siempre presumía de mundología ante el cuñado medroso encerrado en su aburrido mundo de pizarras, libros y tubos de ensayo.

De la importancia del trabajo para el equilibrio personal y la autoestima da también muestra el coleccionismo de minerales de Hank cuando está convaleciente del ataque de los bestiales gemelos Salamanca. El hombre se aburre en casa, postrado en la cama, y encuentra en esa afición un sucedáneo a sus labores en la oficina de la DEA. Es un modo de crear rutinas que ordenen su vida y le hagan sentirse útil: el pedir las rocas por Internet, el abrir los pedidos, el clasificar las piedras e investigar sobre ellas... Lo cierto es que no le basta con la compañía de su mujer, lo que no significa que no la quiera, para informar esas semanas de convalecencia: necesita dotar de contenido productivo a sus días para sentirse valioso y preservar su amor propio.

¿Walter White es malo?

Podríamos pensar que White empieza su deriva hacia el mal en el mismo instante en que hace su primer cocinado con Pinkman: porque, claro está, se trata de un producto ilegal con efectos dañinos para la salud si no se administra adecuamente. Pero no creo que Walter tuviese ningún reparo moral a ese respecto, del mismo modo que no los tenía el infortunado Gale Boetticher, un tipo amable y cultivado, libertario y vegano: la fabricación de droga (siempre y cuando se vele por su calidad y seguridad) no es un acto malvado desde la óptica moral de un abolicionista. En este punto yo no podría estar más de acuerdo con ellos.

El problema es que, dada la ilegalidad de la droga, cualquier persona normal que quiera dedicarse a esta actividad en plan empresarial tiene que lidiar con una inevitable ristra de indeseables: distribuidores, intermediarios, picapleitos, encargados de la seguridad (o sea, sicarios generalmente simiescos)... Las primeras muertes causadas por Walter son del todo justificadas, amparándonos en el derecho a la defensa propia. El primer caso verdaderamente censurable tiene lugar en el dormitorio de la casa de Jesse, cuando White es testigo de una sobredosis de heroína de su novia y decide no auxiliarla: la razón parece ser la de proteger a su joven socio de una influencia muy negativa que amenaza con mandarlo prematuramente al cementerio... ¡y también privarlo a él de un ayudante necesario para seguir cocinando!

Walter es a lo largo de toda la serie un tipo que pugna por su supervivencia y por la seguridad de sus seres queridos. Pero empiezan a sucederse cosas feas al intentar salvar a toda costa su culo y el de su círculo familiar: la más grave es, sin duda, el asesinato a sangre fría de Gale (un acto cometido por Jesse a instancia suya porque, ciertamente, era elegir entre la muerte del químico -ya escogido por Fring como nuevo cocinero en vez del dúo problemático White-Pinkman- o la de ellos mismos). También es grave el envenenamiento temporal (Walter escogió una dosis de veneno no letal) del hijo de la nueva novia de Jesse para ponerlo de su lado en el enfrentamiento con Fring. Y el asesinato de Mike (quien, por cierto, hubiera hecho lo mismo en su lugar) al no darle los nombres de las nueve personas de su confianza en prisión que podrían cantar. Por no hablar de la posterior ejecución en la cárcel de esos molestos testigos, encargada a la banda neonazi dirigida por el tío de Todd.

Vince Gilligan, creador de la serie, apunta que el momento de mayor maldad de Walter es cuando, tras entregar a Jesse a la banda de neonazis (porque Jesse le ha traicionado, al descubrir que fue el culpable de envenenar al niño), le dice sádicamente que pudo haber salvado la vida de su novia Jane. Eso es más malévolo incluso que haber dejado morir a su chica, porque lo hace con el solo ánimo de dañar; también más pérfido que entregarlo a esos tipejos, una decisión extrema tomada para salvar su propio pellejo. El afecto y el odio presiden la relación entre White y Pinkman, como toda relación intensa entre amantes, familiares o grandes amigos. Pero no debemos olvidar que Walter le salva tres veces la vida a Jesse (incluyo su rescate de una casa ocupada por heroinómanos, de donde solo podía salir muerto por una sobredosis) porque realmente le aprecia. Y que suplica en vano clemencia al tío de Todd para dejar con vida a Hank, que días antes le había dado un par de hostias: "¡Es familia!", dice de su cuñado, herido en el suelo, al que aprecia genuinamente y cuyo asesinato le causa un gran dolor.

En suma, si Mr. White hace cosas malas es sobre todo para salvaguardar sus intereses y, con ellos, los de su familia (al menos así lo entiende). En esto no se diferencia de Gus Fring o de Mike (sí algo de Jesse, como ahora veremos). Pero, ¿cae en el mismo saco que los Salamanca?... Rotundamente no.

¿Todos los homicidios son igual de reprobables? ¿Hay vidas que valen más que otras?

No todas las personas son iguales, por mucho que cristianos consecuentes e izquierdistas biempensantes pretendan autoengañarse y engañarnos: hay vidas más valiosas que otras, aunque ello no figure negro sobre blanco en ley alguna de un Estado democrático. La existencia de los bestiales gemelos Salamanca (por cierto, fieles devotos de la Santa Muerte) y de los no menos brutales Tuco y Héctor ni siquiera es parangonable a la del tarugo de Todd: este es un completo amoral, aunque no disfruta torturando o asesinando sino que se limita a hacerlo sin cargo alguno de conciencia cuando lo cree oportuno o simplemente se lo ordenan. Por supuesto, los Salamanca y Todd están en un escalón moral inferior al de Mike (aun siendo también un sicario) o Gus (aun degollando personalmente a uno de sus colaboradores), por no hablar de Walter, Jesse o el resto de personas normales.

Escaso consuelo le podría quedar a Gale y su familia de saber que quien le metió un tiro entre ceja y ceja no era realmente mala persona: es más, no dudo que Jesse (que sufrió muchísimo al disparar y cargará ese acto para siempre en su conciencia) es la persona más empática y leal de la serie, cuya integridad moral acaba siendo el factor dinamitador de todo el entramado productivo de Los Pollos Hermanos. El asesinato de Gale es un símbolo de la complejidad de la vida y de la convivencia humana, del tremendo peso de las circunstancias que entretejen nuestra suerte y nos ponen a veces en terribles disyuntivas: como la que lleva a un soldado en una guerra a matar enemigos desconocidos probablemente tan inocentes como él.

Los Salamanca son una panda de sádicos viciosos (Tuco es además un ser irracional, una personalidad muy violenta que lo hace impredecible y poco de fiar), sin empatía alguna por nadie ajeno a su familia: da igual que sea un niño, una abuelita desvalida, un inocente... Fring tiene sentimientos empáticos, pero sabe que en su puesto no se puede andar con muchas contemplaciones. Lo cierto es que en el fondo desprecia profundamente a los sicarios: llega a decirse a sí mismo "¡Animales!" en referencia a los gemelos. Él es un hombre culto y refinado, amable, muy racional, un profesional como la copa de un pino. ¡Igual que Walter! Pero si percibe una amenaza, no duda en recurrir a la brutalidad (si la considera necesaria, como cuando degüella a su sicario Víctor o amenaza a la familia de Walter), aunque exenta de sadismo: capítulo aparte es su comportamiento sádico ante Héctor Salamanca, que hunde sus raíces en el brutal asesinato a sangre fría de su presunto novio Max en la piscina de Don Eladio. Si Fring se hubiera dedicado solo a la restauración, con su cadena de restaurantes Los Pollos Hermanos, no habría sido un empresario peor que muchos legales de éxito: es más, dada su profesionalidad y buen trato con clientes y empleados, aventuro que estaría por encima de la media. Su problema, así como el de White, es la ilegalidad de su actividad.

Los Walter, Jesse, Mike, Saul Goodman (singular picapleitos en torno al cual se desarrolla una precuela de Breaking Bad llamada Better Call Saul) e incluso Fring (aunque este quizá ya ha ido demasiado lejos para dar marcha atrás) son personas potencialmente recuperables por la sociedad: gente que ha tomado o se ha visto empujada a tomar un camino enrevesado y acaso erróneo, pero que puede enderezar sus pasos y aportar más beneficios al prójimo (reconozco que ya aportan algunos en su entorno, que no todo son perjuicios y estragos por su parte).

No es el caso de los Salamanca, de Todd o de su tío, como no lo es el de cualquier psicópata y/o sádico: por el bien de las personas, animales y plantas, estos están mejor en la cárcel (por no decir en el infierno, ya que en prisión también pueden hacer daño a personas valiosas). Aunque insisto en que Todd es un malvado menos malo que los Salamanca o su propio tío: si hubiera un Dios bondadoso que puntuara al respecto, creo que Todd sacaría un 1 frente al 0 de su tío y de Héctor (en ambos casos, ciertamente un "muy deficiente"). Fring quizá tendría un 2,5. Y Mike, un 4,75. No me cabe duda de que Jesse aprobaría y Walter sacaría otro 4,75 (no sé cómo se las gastará Dios, pero yo nunca suspendí a un alumno mío con esa nota). Aunque siempre queda la duda inquietante: ¿tiene Todd la culpa de carecer de empatía, de ser un psicópata, si es algo que forma parte de su equipamiento de serie (de su ADN) al nacer?, ¿es culpable de algo si no existe el libre albedrío?...

Aupado por sus triunfos y golpes de suerte, Walter se viene arriba al cabo de varias temporadas (es natural: la tentación del poder es muy grande) y confirma solemnemente a un narcotraficante que él es el legendario Heisenberg: "You're Goddamn right!". Mr. White quiere levantar un "imperio", pero esta escena será un punto de inflexión: presionado por Skyler, que ya es cómplice de sus negocios, pronto se dará cuenta de que ni él ni Jesse podrán convertirse jamás en grandes narcos. Hay una selección negativa merced a la cual solo llegan arriba en este tipo de negocios los más hijos de puta, los que tienen menos escrúpulos. Ahí no puede competir con tanto psicópata (o con gente con la empatía en suspenso, caso de Gustavo Fring), y por eso termina retirándose. Si hubiese continuado, se habría convertido inevitablemente en un Fring y quizá traspasado la línea de no retorno del lado oscuro. Ya había ganado más que suficiente, desde luego, para vivir ahora una existencia tranquila centrada en su familia...

El efecto mariposa: el mundo como un todo interrelacionado

Hank siente ganas de ir al baño en una amena celebración familiar en casa de sus cuñados y descubre, sentado en la taza del váter, un ejemplar de Hojas de hierba de Walt Whitman dedicado por un tal G. B. a un tal W.W. Su asombro es mayúsculo, no se lo puede creer: de pronto todo cobra sentido y encajan las piezas del puzle que tanto le había obsesionado en los últimos tiempos. Walter llevaba meses retirado de su peligrosa industria y la calma había retornado a su hogar (incluso se había permitido un viaje romántico a Europa con su esposa Skyler, ya mucho más serena después de que su marido colgase el delantal). Si Hank no hubiese tenido ese apretón, probablemente hubiera sobrevivido a Walter (que recaerá pronto en su enfermedad). Este último habría fallecido rodeado del cariño de los suyos, incluido Hank, y con el silencio cómplice de su mujer. No se habría destapado nada y Walter Junior recordaría siempre a su padre como un buen hombre.

Las ganas de cagar de Hank desatan una cascada de acontecimientos que no solo acaban con la muerte del propio policía y de Walter (aunque no en una cama, que era lo previsible) sino también con la de la intermediaria Lydia (esa pija neurótica tan escrupulosa, salvo en el ámbito moral), la de Mike, la de sus nueve hombres en prisión, la de Todd y toda su panda de facinerosos... Y que arrasa con la normalidad de la familia White: sus bienes son embargados, su casa es precintada (qué vanos y patéticos los esfuerzos de Walter al principio de la serie por hacer arreglos en la vivienda con los primeros ingresos de su actividad irregular) y encima Skyler habrá de afrontar un juicio.

Ya en la tercera temporada, la decisión de Walter de no auxiliar a la novia de Jesse tira de un hilo que conducirá a un terrible accidente de aviación, dado que el padre de la chica es un controlador aéreo al que se le va la pinza por culpa del estrés acumulado. Que la suerte de una persona que viaja en un avión dependa de la decisión de un desconocido de dejar morir a una heroinómana igualmente desconocida (una decisión fruto, a su vez, de múltiples circunstancias) nos invita a ver el mundo como un todo interrelacionado, a adoptar un enfoque holístico de la realidad. Todos nuestros actos, por nimios que parezcan, tienen causas y consecuencias. Por mucho que los pensadores de raíz marxista se revuelvan en sus sillones o cátedras, soy de los que creen que si un frutero no se hubiera inmolado en 2011 en Túnez, seguramente Gadafi seguiría en el poder en Libia y no hubiese habido guerra en Siria y Yemen. Si la teoría del caos funciona en la naturaleza, no veo por qué no habría de hacerlo en la historia humana.

¿Tiene sentido la vida?

Walter muere aparentemente solo, privado del amor de su familia: el de su esposa (a la que siempre fue fiel) y el de su querido hijo discapacitado; su adorada hijita de año y medio ni lo recordará. Ni siquiera hay un abrazo final de Jesse, su otro hijo, aunque su ambivalente gesto de despedida parece contener un mensaje de agradecimiento. Podríamos decir que lo ha perdido todo y es consciente de ello en sus momentos finales, pero le queda la satisfacción del trabajo bien hecho (incluida la traca final de la ametralladora instalada en el capó y accionada a distancia para acabar con los subhumanos de Todd y compañía) y de la liberación de Jesse, que viene de algún modo a redimirle. Aunque, pensándolo bien, es una tontería decir que lo perdió todo: se lleva los momentos de felicidad y de aprendizaje de su vida, eso no se lo quita nadie (eso no nos lo quitará nadie en nuestros últimos instantes), que ya bastan para dar por bueno su paseo por el espacio-tiempo. Y quien esté libre de toda culpa, que tire ahora la primera piedra contra Walter White (espero que quien lo haga no tenga la desfachatez de ser cazador deportivo, defensor de la tauromaquia o consumidor de productos cárnicos)...

sábado, 9 de diciembre de 2017

Portadores de información (tú, un roble, una vaca, una bandera o una estrella)

Autor: Amer Shomali

Un árbol con las hojas mustias, una piedra precipitándose desde lo alto de un acantilado, un león durmiendo o una bandera española en un balcón pueden aportar información a toda inteligencia (no solo humana) que los perciba. Una colonia bacteriana es inteligente a su manera, pero no es capaz de percibir la existencia de un león durmiendo -aunque esté poblando el tracto intestinal del felino-, de una piedra cayendo o de un trapo rojigualda al viento porque esas cosas desbordan su ámbito cognitivo (al igual que el mareante trasiego del mundo molecular o el bullicioso espectro electromagnético invisible trascienden el nuestro). La bandera patria colgada de un balcón sí se encuentra dentro de la esfera cognitiva de un cuervo, pero para este tiene tanta significación (ya tenga los colores de España o los de Papúa-Nueva Guinea) como para un humano las feromonas de una abeja o los cantos de una ballena.

El grado de inteligencia, o sea la capacidad de procesamiento de información, es tan importante a este respecto como lo es la posesión de información contextual. Los cuervos no están ni pueden estar al tanto de la situación política (es más, ni siquiera pueden llegar a concebir lo que es una "situación política") en una abstracción humana autoetiquetada con el nombre de "Cataluña": para ellos, una enseña nacional, una estelada o una bandera pirata son simples objetos inertes que ondulan a merced del viento. La rojigualda con toro dentro colgada de un balcón sí podría tener significación para un perro si este constatara una correlación entre dicha enseña y una mayor predisposición al maltrato animal de sus portadores (lo que, por cierto, no me atrevería a descartar).

Como humanos sabemos positivamente que un árbol con las hojas mustias indica falta de agua -y que ello representa una amenaza para la vida del vegetal-, que una piedra en trayectoria descendente acabará cayendo al suelo y haciendo daño a alguien si se cruza en su camino (esto también lo sabe un gato o un hipopótamo, aunque desconozcan los fundamentos teóricos de la fuerza gravitatoria), que un león durmiendo no es una amenaza mientras siga en ese estado (aunque conviene mantener las distancias) y que una bandera española prendida de un balcón cuando no se celebra un título de La Roja delata a votantes del PP, Ciudadanos o la extrema derecha.

Todo, incluidos nosotros mismos, va dejando un reguero de información a su paso por el espacio-tiempo. Solo hay que ser inteligente, y tener los sentidos y medios de observación adecuados, para acceder a esos datos. La ruta de un león puede trazarse siguiendo sus huellas o mediante algún dispositivo de geolocalización. La antigüedad de un árbol recién talado puede conocerse por el número de anillos de su tronco. Las circunstancias y los culpables de un homicidio pueden determinarse gracias a técnicas forenses que incluyen análisis genéticos. Los restos de un dinosaurio o cualquier otro ser vivo del pasado pueden ser fechados gracias al preciso reloj del carbono 14. La expansión del Universo, o sea la separación creciente entre sus galaxias, puede ser constatada por el llamado efecto Doppler (el desplazamiento al rojo de la longitud de onda de la luz procedente de las estrellas más lejanas).

La piedra cayendo desde lo alto del acantilado puede haberse desprendido de manera espontánea o haber sido arrojada voluntariamente por alguien. En el segundo caso puede ser producto de una acción lúdica infantil (a los niños les encanta tirar piedras), de un arrebato de ira de una persona agobiada por a saber qué problemas o de un tipo que busca deliberadamente hacer daño a alguien que está abajo. La interpretación de todo objeto o fenómeno depende de la inteligencia y la información de la que dispone cada agente cognitivo: cuanto menos inteligencia y menos datos posea, más estará sujeto al error (capítulo aparte es la irracionalidad, como la de la persona muy religiosa que cree que un ángel le ha arrojado la piedra a modo de aviso por estar masturbándose abajo).

No obstante, toda realidad se presta a diversas lecturas o interpretaciones igualmente válidas. Así como una bandera es al mismo tiempo un trapo y un símbolo (para los humanos), un libro es también muchas cosas: un contenedor de un mensaje (a su vez sujeto a múltiples interpretaciones de sus lectores), una fuente de alimento para una cabra, un objeto para calzar una mesa o matar un mosquito (como arma letal sirve igual una obra de Borges que un bodrio de Dan Brown), un material combustible para una hoguera... ¿Y si el Universo fuera, además de energía-materia y de un escenario para la consciencia, él mismo un mensaje?...

martes, 28 de noviembre de 2017

¡¡Existen los gnomos!! (y también Osiris y Batman)


La clave de nuestro éxito como especie no es tanto nuestra cultura material como la capacidad de imaginar cosas inexistentes. El historiador Yuval Harari sostiene que gracias a entes ficticios como los dioses o las naciones hemos podido cooperar a gran escala, producir una formidable cultura material y convertirnos así en los reyes del planeta.

Pero si podemos imaginar tales cosas es porque están de algún modo ahí fuera (del espacio-tiempo) o ahí dentro (de nuestra mente). En cualquier caso, al imaginarlas ya pasarían a tener sustancia y surtir efectos. Esto nos lleva a aceptar que, además de Dios (en realidad, de todos los dioses y demonios), también existen las hadas, los gnomos y los pajaritos preñados, aunque evidentemente no en el ámbito de nuestro mundo físico. ¿Porque alguien acaso niega la existencia de la economía financiera o del madridismo ateniéndose a su evidente inmaterialidad?...

Este es el planteamiento que expone Patrick Harpur en su libro Realidad daimónica. Hace medio siglo, en la misma línea, Carl Jung ya apuntó en Un mito moderno. De cosas que se ven en el cielo que las historias de platillos volantes no eran falsas sino verdaderas aunque no literalmente: los ovnis serían proyecciones del inconsciente colectivo que radica en lo más profundo de la psique humana, al igual que los sueños. ¡Y cuántos sueños o alucinaciones (por ejemplo, las de Juana de Arco) no habrán llevado a actuar y marcar de manera decisiva el devenir del mundo!

Tal visión ampliada de la realidad (porque, insisto, los unicornios, los marcianos verdes con antenas, Thor y las apariciones marianas serían reales en su ámbito, de igual modo que la señorita Escarlata O'Hara, el profesor Walter White, El Vengador Tóxico y Mario Bros) nos sugiere no descartar que nuestro mundo físico, que tan tangible nos parece, sea fruto de alguna inimaginable (al menos por nuestras rudimentarias mentes) imaginación de orden superior.

Como nos cuenta el físico Pseudópodo en una magnífica entrada en su blog, "nadie vive en la realidad entera. El problema es cuando alguien cree que su subespacio es la única realidad y se empeña en negarle dimensiones al mundo. (...) La lección que me enseña la ciencia es que hay más cosas en el cielo y en la tierra de lo que puede soñar nuestra filosofía".

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