viernes, 6 de octubre de 2017

Empujados al abismo por la quimera nacionalista catalana: ¿Vale realmente la pena?...

 Foto de Dietmar Rabich.

La convivencia nunca es fácil, ni puede darse por sentada si detrás no se halla el poder disuasorio y coercitivo de la ley. Resulta más sencillo cuando hay más capital social, o sea una mayor confianza mutua entre los ciudadanos (por eso es más cómodo convivir en Dinamarca que en Honduras), pero no basta con ese pegamento integrador para disfrutar de una existencia civilizada. Mal que les pese a anarquistas ilusos y jipis, la naturaleza humana obliga a toda sociedad avanzada a limitar los derechos de los individuos (la libertad de cada uno debe terminar donde empieza la del otro), forjar instituciones reguladoras de la vida social y esforzarse continuamente por apuntalar delicados equilibrios políticos, sociales y territoriales (mediante la división y contrapeso de poderes, la fiscalización de los más poderosos, el diálogo fluido entre los principales agentes sociales, la redistribución personal y territorial de la renta, la protección legal de las minorías, etc.) para asegurar una cierta armonía e impedir que rija la ley de la selva. No podemos confiar en la buena voluntad de los individuos -ni siquiera en la de nuestros gobernantes, por supuesto- porque siempre habrá sinvergüenzas, incumplidores, maltratadores y desalmados.

Cautivados por los cantos de sirena y las abiertas mentiras de sus nacionalistas, muchos catalanes no han advertido la complejidad y las interdependencias intrínsecas a toda sociedad democrática moderna. Hay que ser muy incauto, o haber sido groseramente manipulado por demagogos de la peor especie, para creer que una sociedad compleja como la catalana (por su bilingüismo, su peculiar historia, sus relaciones con España, su propia diversidad cultural) pueda romper a las bravas -y de manera tan chapucera- con los demás españoles sin graves consecuencias de toda índole: políticas, económicas, afectivas... Como si esto fuera un divorcio exprés de una pareja sin hijos que se resuelve con un par de firmas y un "buena suerte". Reventar de este modo un sistema como el constitucional, criticable pero fruto de un amplio consenso y delicados compromisos, tiene inevitablemente un muy alto precio. Es mejor hacer los experimentos sociales con gaseosa, sobre todo cuando se vive relativamente bien, en paz, con una amplísima autonomía y sin ninguna bota encima (aunque, desde luego, siempre habrá gente más rica y poderosa que otras, ya sea en Cataluña, en España, en Venezuela o en Papúa, así como poderes fácticos internos y externos).

¿Cómo iba a ser fácil la convivencia entre la gente y entre los pueblos si ni siquiera lo es en el marco de una familia o una pareja? En el caso español, la armonía territorial pende desde la llegada de la democracia de hilos más frágiles de lo que pensamos. La democracia no hubiera sido posible en nuestro país de haber reconocido inicialmente a algunos territorios como "naciones" (o de haber revestido la forma de república): el entonces influyente Ejército, aún con el recuerdo fresco de Franco, no lo hubiera permitido. Pese a ello, se ha podido construir un Estado de las autonomías bastante descentralizado. Uno de los componentes de ese pacto constitucional es el cupo vasco y navarro (ansiado estos últimos años por Cataluña), cuya pervivencia es una de las claves del encaje de estas dos comunidades en España. Lo mismo puede decirse del régimen especial de Canarias, dada su insularidad y ultraperificidad. España es, nos guste o no, una realidad plural y compleja. Podemos cambiar las cosas mediante el diálogo y la negociación, pero romper destemplada y unilateralmente la baraja es una insensatez que nos afecta negativamente a todos.

Desinformados y emponzoñados por políticos irresponsables y mendaces, muchos catalanes no se han parado a pensar en que no había necesidad alguna de fracturar su ciudadanía de esta forma y ponernos a catalanes y españoles (y de rebote a la Unión Europea) al borde del abismo solo para dejar de contribuir a las arcas de España, desembarazarse de la bandera rojigualda y poder presumir de Estado independiente (aunque sea un Estado fallido, como aventuran casi todos los expertos). Mi amigo kurdo Kamran Matin (míralo aquí hablando hace un par de días en Al Jazeera acerca del referéndum en el Kurdistán iraquí) me trasladaba esta semana su perplejidad ante este "nacionalismo del rico", él que procede de un pueblo pobre y verdaderamente oprimido que ha visto a su gente culturalmente ninguneada (hasta hace bien poco en Turquía) e incluso gaseada y salvajemente bombardeada (en el Irak de Sadam Hussein y en la misma Turquía del islamista Erdogan).

No me valen aquí las apelaciones a un supuesto derecho sagrado a la autodeterminación, ya que el mío pretende ser un análisis racional y pragmático (a diferencia del enfoque nacionalista, basado en las emociones y la visceralidad, amén de en la mentira). Cada cual es libre de sentirse como le plazca: solo catalán, más catalán que español, igual de catalán que español, más español que catalán... Y de enarbolar la bandera que le dé la gana. Pero es una temeridad ampararse solo en lo sentimental para dar lo que sería un verdadero salto al vacío, dadas las estrechas interdependencias entre Cataluña y España y la oposición a la aventura independentista de casi la mitad de los catalanes. La culpa es del nacionalismo, una ideología tóxica por su naturaleza excluyente, que ha sido bien abonado en las tierras del Principat en las últimas décadas (no niego también la cuota de responsabilidad de los nacionalistas separadores del otro bando, de los que ahora insultan a Piqué y antes chillaban "Pujol enano, habla en castellano", gente convencida de que solo se puede ser español a su manera).

Lo que está en juego ya no es tanto la unidad de España, algo que sinceramente no me quita el sueño, como el bienestar y la convivencia pacífica de los españoles con independencia de sus distintas ideas o sentimientos identitarios. Los nacionalistas catalanes están dispuestos a tener su Estado a cualquier precio, por alto que este sea; aunque suponga la salida del euro y de la Unión Europea (de hecho, eso es lo que quieren los extremistas de la CUP, dentro de su hoja de ruta hacia una demencial república popular sin patriarcado). Pero lo peor es que el nacionalismo amenaza con romper la paz social en Cataluña y el resto del Estado, donde el nacionalismo españolista de infausto recuerdo está despertando y retroalimentándose con el catalán. Los parecidos con la Yugoslavia de 1990 y 1991 empiezan a ser muy preocupantes. Además del ineludible peaje sangriento, este conflicto podría desatar una nueva crisis de la deuda soberana en los países del sur de Europa con suficiente potencial como para dinamitar el euro y la propia UE, cada vez más asediada por ultranacionalistas y populistas (por no hablar del probable efecto imitación en sitios como el País Vasco o Flandes). Y si la UE desaparece, no tengan ninguna duda de que no pasará una generación antes de que vuelvan a arder sus pueblos y ciudades como hace más de 70 años. ¡Menudo panorama! ¿Vale sinceramente la pena?... La culpa, como casi siempre, será nuestra: de quienes votamos a los políticos que gobiernan en España y, sobre todo, en Cataluña.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Izquierda, nacionalismo y religión (a dos días del aquelarre nacionalista del 1-O en Cataluña)


Además de burdo y simplista, el nacionalismo es una ideología tóxica por su naturaleza excluyente que enfrenta inevitablemente a unos humanos con otros. Lo mismo puede decirse de la religión, con la que está frecuentemente hermanado (a su vez, deformadora de mentes infantiles, generadora de fobias, miedos y traumas, verdugo del conocimiento y la felicidad propia y ajena). No sorprende pues el nacionalcatolicismo (ideología oficial del franquismo) de algunos de nuestros obispos, que salvo en la bandera esgrimida no se distingue demasiado del de las iglesias de Cataluña (donde abundan los prelados y curas que abogan por levantar nuevas fronteras, abrazando el independentismo como una extensión del cuarto mandamiento), País Vasco (donde no son pocos los religiosos que simpatizan con nacionalistas e incluso lo hicieron con ETA), Irlanda (ídem, pero sustituyendo ETA por IRA) o Croacia (donde en la Segunda Guerra Mundial hubo incluso monjes dedicados a degollar a mansalva a serbios, judíos y gitanos). Y no olvidemos a Rusia, cristiana pero no católica, donde la jerarquía ortodoxa se ha convertido en un firme aliado del autócrata Putin por defender la gran nación eslava y poner firmes a homosexuales, librepensadores y zorras.

La izquierda democrática del siglo XXI, si quiere ser fiel a su condición de progresista, no debe estar jamás alineada con nacionalistas ni reírles gracia alguna. Ni, claro está, con enemigos del laicismo (esto no quiere decir que no tolere a unos y otros dentro de los límites de una democracia civilizada), sean de nuestra religión patria o de cualquier otra supuestamente de paz. Nacionalismo izquierdista es un oxímoron, lo mismo que izquierdismo confesional. No es de izquierdas un caudillo populista como el nicaragüense Daniel Ortega que, para congraciarse con la jerarquía católica más rancia de su país, prohíbe abortar a niñas violadas aun cuando peligren sus vidas por seguir con el embarazo. No son de izquierdas quienes como ERC -por cierto, Oriol Junqueras es católico practicante- o Bildu anteponen supuestos derechos sagrados de territorios a los derechos de la gente (en el caso de Bildu no ha pasado mucho desde cuando jaleaban a quienes daban tiros en la nuca y ponían coche-bomba). Y si acaso fueran de izquierda, y si también lo fuese una formación extremista -en el peor sentido de la palabra- como la CUP, entonces quizá habrá que ir buscando otra etiqueta para la izquierda democrática, tolerante, laica, sensata e internacionalista del tercer milenio.

lunes, 25 de septiembre de 2017

'R que R desde Alfa hasta Omega: Un ensayo sobre el error', ya a la venta en Amazon


Una entrada en noviembre de 2015 en este blog con un nombre parecido ("Naturaleza física del error") ha sido la semilla del libro que ahora ve la luz. El ensayo también se ha alimentado de algunas otras reflexiones publicadas en este cuaderno de bitácora desde que lo abrí en septiembre de 2010. He podido terminarlo en ratos libres robados a tardes y fines de semana gracias a mi constancia y perseverancia, aunque ha sido un esfuerzo gustoso porque me interesa mucho el asunto: el error con sus profundas implicaciones, un concepto que toca palos tan diversos y fundamentales como la vida, la enfermedad, la muerte, el azar, el libre albedrío, la maldad, la evolución, la felicidad, la ignorancia, la estupidez... (pocas cosas de las realmente importantes quedan fuera de su alcance). Pero este libro no hubiera sido posible sin el aliento inicial de Samuel A. Pilar, que fue quien me sugirió la idea de escribir algún ensayo de este tipo y me transmitió su confianza en que yo podría hacerlo bien. Y también debe parte de su existencia a las conversaciones campestres en la sierra de Guadarrama con Salvador Casado (@DoctorCasado). A ellos, a Antonio Rincón Córcoles y a mi paisano canario José Miguel Santos confié la lectura del texto antes de su publicación. ¡Muchas gracias, amigos!

Este capítulo de agradecimientos estaría incompleto si no incluyera a dos científicos tuiteros que, sin saberlo, me han dado muchas pistas con su interesantísima actividad en Twitter: @BioTay (el biólogo Antonio J. Osuna Mascaró) y @pitiklinov (el psiquiatra Pablo Malo).

Puedes comprar el libro aquí por solo 2 euros

Este es el índice de contenidos del ensayo:
-Un día (como cualquier otro) en el error
-Introducción
-El error en la historia del pensamiento
-Error: actores y escalas
-Causas y manifestaciones del error
-Cometiendo errores… y evitándolos para sobrevivir
-El error social más caro: Rapa Nui como aviso
-Engaño y error: el mal sale a escena
-Error, lenguaje y realidad virtual
-Error y aprendizaje individual y social. La ciencia
-Historia humana: ¿un error para la felicidad del individuo?
-Error y azar: la estadística al rescate
-Cuando la inteligencia colectiva fracasa: el error en las organizaciones y su prevención
-Error y complejidad. Tecnología y economía
-Las razones últimas del error: ¡entramos en la Física!
-Error y perfección: ¿hacia un mundo sin error?… ¿y sin muerte?
-Verdad y error
-El error de escribir un libro sobre el error: un mundo de asombrosas emergencias
-Bibliografía
-Sobre el autor

martes, 5 de septiembre de 2017

¡A sus marcas, consumidores!


Todo el mundo debería saber que unas buenas gafas de sol no tienen por qué costar más de 25 euros: es lo que dice cualquier profesional de la oftalmología. Esto mismo es aplicable a una crema hidratante, unos pantalones vaqueros, unos zapatos, un móvil, una botella de vino, una pelota de baloncesto o un coche. Por encima de un precio razonable solo hay un valor de marca. Si hay alguien dispuesto a desembolsar 150 o 400 euros por unas gafas de sol, no está pagando solamente por un producto para proteger sus ojos de la radiación solar sino tambien por un diseño glamuroso o sencillamente una marca de prestigio para codearse y darse el pisto.

La publicidad ya se encarga de convencernos de que lucir una determinada marca es cool, que no hacerlo es propio de pringados o fracasados. ¡Y a fe que lo consigue! El efecto de los anuncios es particularmente nocivo entre los más jovenes, los más necesitados de la aceptación de sus pares. La promoción de marcas blancas permitiría un notable ahorro a los consumidores y contribuiría a un mundo más sostenible, pero choca con un muro cultural en una sociedad en la que los que están arriba quieren distinguirse y los que están abajo no tienen intención alguna de transformarla sino de colocarse arriba. Un izquierdista de manual diría que la culpa es de un sistema capitalista que ha emponzoñado a la buena gente, pero yo creo que el canalla no es otro que la propia naturaleza humana.

La responsabilidad de los famosos a este respecto es muy importante. ¿Pero qué ejemplo pueden dar muchos deportistas o cantantes (no precisamente de ópera) cuya vida gira en torno al lujo y la más grosera ostentación? Flaco favor hacen también muchas de esas celebridades que solo persiguen hacer caja, aunque ya anden sobrados de dinero, anunciando cualquier cosa sin el menor rubor. Me pregunto si El Rubius (el youtuber más conocido de España) es consciente del daño social de anunciar una conocida bebida azucarada. O si Rafa Nadal o Pau Gasol tuvieron algún reparo moral por promocionar en su día sendas bebidas alcohólicas.

sábado, 26 de agosto de 2017

Arriba y abajo (tras el Juicio Final)


Si existiera el Dios judeocristiano y tuviera que mandar a unos humanos al cielo y a otros al infierno -dejemos el limbo para otra entrada-, ¿qué características deberían reunir ambos lugares?, ¿cómo serían, si lo que se pretende es impartir justicia del mejor modo posible, el gran premio y el gran castigo?

Un sitio apestoso con un clima infernal y torturas a diario durante toda la eternidad sería ciertamente apropiado para los malvados (vamos a tomarnos la licencia de suponer que Dios actúa racionalmente y solo considera como tales a los tiranos, asesinos y psicópatas dañinos, no a quienes no creen en él, ven pelis porno, son homosexuales, se divorcian o reciben una transfusión sanguínea), aunque solo en el improbable supuesto de que exista el libre albedrío: de otro modo, ¿cómo culpar o responsabilizar a nadie de hacer lo que ya estaba predeterminado que hiciese?

También está la opción de vivir eternamente apartado de Dios, por la que parece inclinarse la Iglesia católica del siglo XXI. Habría que ver el verdadero significado de esto, ya que semejante existencia eterna sin Dios pero rodeado de ciertas tentaciones terrenales podría resultar no tan terrible...

Una tercera vía sería directamente la aniquilación tras suspender el examen del juicio final. Bien visto, podría ser hasta un premio para los malos: toda tu vida puteando al prójimo y simplemente te acabas sin más... No soy muy partidario, la verdad (aunque Dios sabrá, desde luego).

Lo más inquietante, sin embargo, es la suerte reservada a los buenos. Vivir para siempre en la Tierra en cuerpo y alma (es lo que creen literalistas bíblicos como los Testigos de Jehová) quizá no sea lo mejor si tu muerte acontece a los 100 años en vez de a los 20: ¡serías un centenario inmortal! Pero podría ser una condena en cualquier caso (aun en el dudoso supuesto de que todos resucitáramos como veinteañeros y en el mucho más improbable -a tenor de lo escrito en los textos sagrados- de que siguieran existiendo placeres mundanos como los carnales). Estoy seguro de que mucha gente, tras unas décadas o siglos de euforia, se acabaría aburriendo y deprimiendo. Más de uno envidiaría incluso el destino de los malos aniquilados, que para los budistas es curiosamente (puede que no anden desencaminados) el de la genuina liberación. Una alternativa razonable sería la integración espiritual con Dios, la disolución de nuestro yo individual en la divinidad.

En fin, que el improbable Juicio Final de las grandes religiones monoteístas nos coja al menos confesados a los buenos (permítanme la inmodestia de incluirme en este grupo, aunque por razones obvias no crea en absoluto en semejante cuento). Eso sí, muchísimo más probable veo el Juicio Final a manos de alguna Singularidad acaso no lejana.

domingo, 6 de agosto de 2017

¿Cómo fabrica la Naturaleza un cerebro?


Es prácticamente imposible que un fenómeno complejo como la vida o la inteligencia surja sin evolución y la consiguiente selección natural. La única forma de prescindir del concurso de la evolución (un proceso lento y gradual por definición) para obtener cerebros, ciudades, sinfonías o códigos morales sería apelando al azar, tal como aventuró hace más de un siglo Ludwig Boltzmann (en cuya lápida en un cementerio de Viena está inscrita, por cierto, la fórmula de la entropía: S = k x log w). Según el físico austríaco, el Universo asistirá a la creación espontánea de cerebros, fruto de fluctuaciones aleatorias (al fin y al cabo, aquellos son solo combinaciones de un gran número de partículas), si tiene a su disposición un tiempo infinito: son los llamados cerebros de Boltzmann, desprovistos de cuerpo pero con toda la información y recuerdos de algún cerebro humano en algún momento de su existencia, que flotarían en la inmensidad del Cosmos tras su súbita y extremadamente improbable aparición de entre el caos.

Conseguir vida e inteligencia sin evolución sería mucho más improbable que redactar íntegramente El Quijote encomendando a un mono inmortal la tarea de darle sin parar a las teclas de un ordenador de manera aleatoria. O haciendo que cada letra de la novela de Cervantes, desde la primera a la última en perfecto orden, se corresponda con lo dispuesto por una gigantesca tirada de dados no sesgados de 27 lados (uno por cada carácter). Desde el big bang no ha habido tiempo suficiente en el Universo para que ocurran semejantes cosas... ¡pero terminan ocurriendo si el tiempo es ilimitado!

Para que haya evolución-selección también se necesita tiempo, aunque muchísimo menos gracias al poder autoorganizativo del orden (o sea, de la entropía negativa o neguentropía). No recuerdo quién dijo que el tiempo es lo que hace que la conciencia no perciba instantáneamente -cual mente omnisciente- todos los sucesos del Universo. Seríamos Dios si fuéramos omniscientes, pero nuestra vida como individuos quedaría desprovista de todo sentido o propósito: conceptos que no son ajenos a nadie con traje carnal como bondad, maldad, belleza, arte, amor, aprendizaje, placer, sufrimiento, ilusión, progreso, esperanza o felicidad (todos ellos, por cierto, alojados en el cerebro) se disolverían por completo.

lunes, 24 de julio de 2017

Retrocausalidad: ¿cenar hoy sushi puede causar la Peste Negra del siglo XIV?

Repugna a nuestro sentido común que la causalidad no se ejerza desde el pasado hacia el futuro. Que lo que ha de suceder influya de algún modo en lo que ya ha sucedido parece algo totalmente contra natura. ¿Te imaginas que un suceso en el año 2165 estuviese influyendo en la escritura de esta entrada? ¿O que tu decisión de comer sushi esta noche fuera un desencadenante de la Peste Negra del siglo XIV?...

Un rasgo destacado de la física clásica es su simetría temporal: las ecuaciones funcionan igual hacia adelante que hacia atrás en el tiempo. La observación de una secuencia de imágenes proyectadas al revés (por ejemplo, la recomposición de un vaso roto desde el suelo hasta la mesa) es muy ilustrativa a este respecto: lo que vemos es ciertamente raro, pero coherente. La física cuántica es igual de simétrica que la clásica con respecto al tiempo: la ecuación de Schrödinger vale lo mismo hacia adelante que hacia atrás. De hecho, el gran físico Richard Feynman apuntó que las antipartículas son partículas que marchan hacia atrás en el tiempo: un positrón sería un electrón viajando hacia el pasado. Por esa razón, partículas y antipartículas se aniquilan si se encuentran (tan natural como que 1 y -1 sumen 0).

La retrocausalidad, tal como hipotetizan actualmente algunos físicos, sería posible gracias al fenómeno del entrelazamiento cuántico(*ver al final) y también lo explicaría: la manipulación de una de las partículas entrelazadas, que puede estar tan lejos de su compañera como 1 milímetro o 10 mil millones de años-luz, haría que la primera afectara inmediatamente a la segunda por la vía de conectar causalmente -también de manera instantánea- con el momento del pasado en que ambas se crearon e iniciaron sus trayectorias opuestas.

El punto clave es que el pasado, al igual que el futuro, no está determinado: permanece en un nebuloso estado de indeterminación hasta que es observado. Es el momento de convocar a otro grande de la Física: John A. Wheeler. Fue él quien ideó el experimento mental de la elección diferida, que viene a decirnos que la medición de una partícula hoy puede alumbrarnos un pasado remoto hasta ahora indeterminado. Dicho de otro modo, la trayectoria de una partícula que inició su viaje hace mil millones de años solo cristaliza cuando la observas hoy: antes permanece en una especie de limbo misterioso en el que coexisten todas sus posibles trayectorias (¡esto implica que el propio Universo no estaba determinado antes del surgimiento de su primer observador!).

Un detalle fundamental en este asunto es que la física cuántica exhibe simetría temporal siempre y cuando no haya un observador: en este caso, la función de onda (el susodicho limbo misterioso) colapsa y el mundo adopta ese rasgo tan familiar de ir hacia adelante. Pero la flecha del tiempo parece apuntar hacia el futuro solo por un motivo estadístico: hay muchas formas de que se rompa un huevo al caerse, pero solo una de que se recomponga una vez roto en el suelo. No se trata de una ley física sino de una mera cuestión de probabilidades a partir de un estado inicial del Universo altamente ordenado (si lanzamos al aire un mazo ordenado de cartas, ¿alguien apostaría a que se mantendría ese orden en el suelo?).

La presunta retrocausalidad debería hacernos reflexionar acerca del tiempo. Hace ya más de 100 años que Einstein nos desveló un escenario nuevo en el que pasado, presente y futuro son solo una ficción fabricada por la conciencia: todo está ya ahí en el espacio-tiempo absoluto desde siempre (desde tu nacimiento a tu muerte pasando por todos y cada uno de los momentos de tu vida y los de cualquier otro ser). Suele ponerse el ejemplo de dos jóvenes gemelos (uno se queda en la Tierra y otro da un paseo de ida y vuelta al espacio exterior navegando a una velocidad próxima a la de la luz; cuando el segundo regresa al planeta, al cabo de lo que para él han sido unos pocos años, se encuentra con que su hermano... ¡es ya un anciano!) para ilustrar las paradojas del tiempo, pero hay un supuesto que se me antoja más espectacular: el de la simultaneidad a grandes distancias. Imagina un alienígena inteligente que se encuentra a 90 mil millones de años-luz de nosotros. El tipo está sentado desayunando en este mismo instante en que lees mi blog: se encuentra en simultaneidad contigo, en tu misma rebanada de tiempo (solo que al otro extremo del espacio). Pero si de repente se levanta y echa a correr por el pasillo de su casa para despedirse de sus hijos que van al colegio, pasa a estar en simultaneidad -dependiendo de su velocidad- con Napoleón, Calígula o los neandertales. Una vez se detiene, vuelve a situarse en tu misma rebanada temporal. ¿No es fascinante esta implicación de la relatividad especial?...
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*El entrelazamiento cuántico es un fenómeno merced al cual dos partículas creadas simultáneamente conservan las mismas características físicas -la interacción con una afecta inmediatamente a la otra, da igual lo lejos que se encuentren- tras separarse y tomar direcciones opuestas a partir de un mismo punto del espacio. Junto a Podolski y Rosen, Einstein apuntó en 1935 en la conocida como paradoja EPR que la única explicación que permitía eludir una hipotética "acción fantasmal a distancia", considerada por ellos ilógica, era que las dos partículas entrelazadas compartiesen una programación oculta. Con ello pretendían poner en evidencia la incompletitud de la mecánica cuántica. El teorema de Bell, formulado por el físico irlandés John Bell en 1964 y confirmado empíricamente por Alain Aspect en 1981 (algunos lo consideran el experimento más profundo de la historia de la ciencia), desmentiría la existencia de variables ocultas locales: no hay una programación en las partículas entrelazadas, no hay una información impresa en ellas que se nos pase por alto, como creía Einstein. Eso sí, el teorema no descarta que existan variables ocultas no locales (que la información de una partícula a otra se transmita instantáneamente -más rápido que la luz, por tanto-, como parece ocurrir con el entrelazamiento cuántico), tal y como defendía David Bohm en su interpretación holística de la mecánica cuántica que concibe el Universo como un todo íntimamente interconectado. Hay que añadir, por otra parte, que el teorema de Bell no está reñido con el superdeterminismo.

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