viernes, 26 de noviembre de 2010

Profesor Galíndez: la razón por bandera

-... por lo que, en resumidas cuentas, no debe haber más guía válida en nuestras vidas que la de la razón, la única que auxilia a los hombres de corazón fuerte y mente clara, a los hombres con mayúsculas. Gracias a todos por vuestra asistencia.
Una salva de aplausos tronó en el salón de actos de la facultad. El profesor Galíndez se vio en un instante rodeado de una entusiasta turba de alumnos: unos se permitían exponer alguna duda; los menos, apostillar el discurso del brillante catedrático de Ética; la mayoría, sin embargo, se conformaba con un autógrafo o la simple cercanía física a tan egregio y reputado intelectual.
-Un discurso muy coherente y compacto, profesor -señalaba un cuarto de hora después, copa de cava en mano, el decano de la facultad.
-He querido inculcar a los chavales -explicó Galíndez, posando la mano que no sostenía el cava en el hombro casposo del decano -la necesidad de seguir aferrados al valor sagrado de la razón en estos tiempos tan proclives a lo irracional, a la vuelta a creencias acientíficas. No podemos arrojar por la borda toda esa lucha de siglos por el establecimiento del imperio de la razón. No, mi querido decano.
-Usted siempre tan lúcido y brillante -sentenció el decano con una sonrisa servil antes de apurar su primer vaso de espumoso.

Dos horas después, absolutamente ebrio, el profesor Galíndez se aprestaba a tomar un taxi para volver a su hotel. Era ya noche cerrada.
-Al Hotel Santa Catalina, por favor -dijo tras instalarse a duras penas en la parte de atrás del automóvil. La cabeza le daba vueltas. Abrió la ventanilla para sentir algo de fresco. -Aquí en las islas se vive muy bien, ¿verdad que sí? -inquirió con voz quebrada. -¿verdad?.
-Todo depende de si uno es un hombre o no -respondió el taxista, dándose la vuelta.
Galíndez observó con regocijo la estrambótica cara de aquel individuo, pero muy pronto la diversión se trocó en preocupación y, más tarde, en horrendo pánico.
-¿Qué está ocurriendo?, ¿qué me pasa? ¡Quiero bajarme! -gritó transido de pavor.
-Aún no hemos llegado -informó el taxista, volviendo a mirar hacia atrás.
Las circunvalaciones cerebrales del profesor registraban una frenética actividad: "Pensemos, razonemos. Ante todo, tranquilidad. Todas las cosas tienen una explicación racional. Este hombre tiene, sin lugar a dudas, el rostro de un équido; al menos así me parece. Claro, que es por completo imposible que esta visión sea real: lo que ocurre es que yo he bebido demasiado esta noche y me imagino cosas disparatadas. ¡Ay, el cerebro!: bien lubricado de alcohol o de cualquier otra droga, qué cosas más absurdas y grotescas nos pone ante los ojos... Debería beber menos, sí".
Galíndez se estiró y procuró relajarse. El taxi proseguía su camino por la avenida marítima. El puerto era una constelación de luces.
-Qué noche más agradable -volvió a señalar tras un par de minutos de silencio.
-Ya le digo -de nuevo el taxista le mostró su hocico negro, su potente dentadura y sus grandes orejas equinas-, depende de si uno es hombre o no.
"¡Qué juguetona está esta noche mi mente!", dijo para sus adentros el profesor. "Bueno, pero al fin y al cabo éste puede ser un juego divertido".
-¿Y usted qué es, hombre o ...? -se atrevió a preguntar.
-Soy un caballo, un caballo con el cuerpo y la inteligencia de un hombre, ¿a qué nunca ha conocido a nadie como yo?.
-No, no, qué va... Y menos en el gremio del taxi -respondió divertido.
-Tengo la impresión de que me está usted tomando a broma, ¿me equivoco?.
-En absoluto, caballero. Perdón, caballo... -Galíndez no pudo reprimir una sonora carcajada. No podía imaginarse que segundos más tarde una abundante y repentina micción mancharía sus pantalones. El taxista equino soltó un rebuzno estremecedor y pisó el acelerador a fondo. A una velocidad de vértigo, el coche se saltó un semáforo en rojo y se metió en dirección prohibida. Con la entrepierna mojada y los pelos de punta, el catedrático imploró piedad:
-¡Nos vamos a matar, por Dios, nos vamos a matar!...

... Galíndez se sintió traspasado a otro lugar. No sentía ningún dolor, sólo un ligero mareo y cierto escozor anal. Estaba en medio de una pradera plagada de flores. Varias personas con túnicas blancas paseaban apaciblemente. Alguien se aferraba a sus caderas con furia: el escozor era cada vez más molesto. No tardó entonces en descubrir que se encontraba desnudo, hincado de rodillas sobre el suelo y sodomizado por un individuo calvo de raza negra y complexión robusta. Intentó zafarse, pero no pudo evitar que aquel sujeto culminara con éxito su tarea. Apesadumbrado, el profesor se dejó caer boca abajo sobre la hierba. Creyó haber perdido el juicio. Dos mujeres enfundadas en túnicas blancas se le acercaron y le ayudaron a incorporarse. Una de ellas le hizo una reverencia y le palpó las sienes.
-Has pasado a formar parte de la Iglesia de los Actores del Eterno Tránsito. Ahora eres uno más entre nosotros -dijo la otra mujer entregándole una túnica y un par de sandalias. -Recibe esta prenda y este calzado como dispone el Hermano Mayor para todos los iniciados. Ahora, vístete como uno más y ven a conocer con nosotras al Hermano Mayor. Luego podrás comer e iniciar tu nueva vida como Actor del Eterno Tránsito.
Galíndez, alucinado y con el ánimo deshecho, se puso la túnica y las sandalias y se dejó llevar por las dos mujeres. Tras caminar unos quince minutos, en los que fue incapaz de articular una sola reflexión, llegaron a una gran mansión azul rodeada de jardines. A un lado pudo observar una piscina en la que mujeres desnudas se bañaban sin ningún pudor. Traspasaron una formidable puerta custodiada por dos fornidos mulatos igualmente desnudos y, una vez dentro, varias estancias y escaleras hasta arribar al lugar donde se encontraba el Hermano Mayor. Sentado en una hamaca que parecía de cristal, y rodeado de bellas mujeres de todas las razas -todas ellas tal cual vinieron al mundo-, el Hermano Mayor, un hombre joven de barbas rubias que lucía una túnica celeste, apagaba su sed con un extraño brebaje.
-Hermano Mayor, aquí tenéis al nuevo hermano -dijeron al unísono, antes de abandonar la estancia, las dos mujeres que le acompañaron.
-Vuestro nombre será Hiyutu. Bienvenido a nuestra Iglesia, querido hermano Hiyutu -el Hermano Mayor le miró de arriba abajo y, tras dar una palmadita en el culo a una bella oriental de su harén, dio un trago a su bebida.
-¿Qué significa esto, que Hiyutu ni qué pollas en vinagre?, ¿qué burla es ésta? -reaccionó furioso Galíndez.
El Hermano Mayor clavó sus ojos grises en los del catedrático. Las mujeres que le flanqueaban exhibieron un gesto de desaprobación y disgusto.
-¡No se os ocurra jamás volver a decir semejantes cosas en presencia mía y en este sagrado lugar si no queréis que la ira del Gran Generador se descargue sobre vuestro ridículo traje carnal!, ¿me habéis oído bien, hermano Hiyutu? -el Hermano Mayor posó su vaso con violencia sobre la mesa.
Galíndez perdió los estribos. Como un poseso se arrojó sobre el Hermano Mayor para estrangularlo. Ciego de ira, apretaba febrilmente el pescuezo de aquel personaje. Las jóvenes gritaban presas de la histeria.
-¡Te voy a matar!, ¡te voy a matar, hijo de la gran puta! -gritaba desaforado el profesor...

... -Profesor, por favor, profesor... -el rector de la Universidad de Jaramillo pugnaba por evitar que el catedrático acabara con la vida de tan alto dignatario. El revuelo era enorme en la sala de audiencias del palacio. Un ujier logró al fin reducir el enajenado erudito. Los fotógrafos y cámaras de televisión recogían con alborozo aquel insólito trance. El decano de Fisioterapia le propinó a Galíndez un bofetón que le hizo volver a la realidad. Con los ojos fuera de las órbitas, acertó a ver al Monarca -que respiraba aún con dificultad, rojo como un tomate-, a su esposa la Reina, al ministro de Cultura, al rector y los decanos, al Consejo Social en pleno... Todos estaban consternados. El rector vacilaba cabizbajo, incapaz de entender las razones de aquella absurda agresión...

... -Y yo aún soy incapaz de dar una respuesta coherente y compatible con la razón a aquellos sucesos de la pasada década que me sumieron durante años en una horrible y larga pesadilla... -el ex catedrático Galíndez, muy desmejorado por el paso del tiempo y el durísimo tratamiento psiquiátrico, tomó, antes de proseguir, un sorbo del vaso de agua que tenía frente a su mesa. -Aún así, sigo proclamando la superioridad intrínseca de la razón frente a cualquier otro método de abordaje de la realidad. Muchas gracias a todos.
Mientras se sucedían los emocionados aplausos al entrañable ex profesor, un joven que escuchaba la conferencia en la última fila de butacas se levantó y se dirigió resuelto hacia el estrado. Galíndez observó con pavor su rostro caballar.
-El próximo día 14 no debéis pasar por alto la gran verbena de disfraces de Carnaval en Políticas. Estáis todos invitados.
Galíndez no pudo escuchar completo el mensaje del dinámico representante estudiantil: su maltrecho corazón había dejado de latir.

jueves, 18 de noviembre de 2010

De vuelta

Mi coche avanza por la autovía. Decenas de faros resplandecientes vienen a mi encuentro, desfilan veloces ante mis ojos para luego perderse rumbo a la gran ciudad; detrás de esas luces pueblan seres desconocidos, ajenos a mí, que no llorarán mi muerte. Jirones de nubes rosadas coronan perfiles montañosos que ya empiezan a difuminarse, a ser tragados nuevamente por la noche (me dispongo a conocer otra: ya son más de 15 mil). Estoy solo. La radio está encendida. Mi coche se mueve. La Tierra gira. El Universo se expande. Voy dejando atrás edificios de oficinas vacíos, oscuros solares poblados por matojos que no existirán el año próximo, trozos de asfalto que algún día fueron vida, tristes farolas oxidadas, piedras abandonadas a su suerte desde hace millones de años, fríos rótulos luminosos que no sienten ni padecen, árboles fijados al mismo suelo en que nacieron y morirán. En algunas casas hay ventanas iluminadas, gente que también desconoce mi existencia...

... Una línea de luz se dibuja en el suelo. Hay un rumor al otro lado. Abro la puerta y veo a mi hijo sentado en el salón, llevándose a la boca un trocito de fruta. Veo en sus gestos algo de mí. Él sí lloraría mi muerte. Ya estoy en casa.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Ladero Cortina, la nueva voz de España

Martín Ladero Cortina no dormía nada bien desde hacía un tiempo. No obstante, su acusada hipocondría lo había disuadido de ponerse en manos de un especialista. Pero su estado ya era alarmante: había empezado a soñar con tertulias radiofónicas en las que ora condenaba por "notoria y señaladamente roma" la utilización de un sistema 5-4-1 por el combinado futbolístico nacional, ora alertaba acerca de los riesgos de la globalización sobre la pesca en el Sella, ora defendía la audaz adscripción de la lengua vasca al tronco semítico "dadas sus indudables conexiones con los dialectos prenormandos de la antigua estepa jurásica", ora abogaba por una reducción en el tipo de descuento interbancario del orden del punto y tres cuartos con una contracción paralela del "excesivamente modulado" coeficiente de caja, ora ponía en tela de juicio por "desfase protoempírico" las últimas investigaciones trasalpinas en materia de fusión nuclear, ora enriquecía el debate sobre el terrorismo tildando a los etarras de "putas ratas malditas sin entrañas que no conocen ni a sus putas madres", ora exponía con elegantes pinceladas -"proverbial y adusto, como nos tiene acostumbrados"- las excelencias del primer opúsculo de un filósofo rumano reseñado por error en la Guía del Ocio.

La severa admonición de su esposa ante el deterioro nocturno de su ya de por sí irregular función diurética le hizo dirigir sus pies hacia la consulta del reputado psicoanalista y esoterólogo Gracio Hellner, recién estrenada su doble nacionalidad con su incorporación a uno de los más brillantes espacios culturales de la televisión pública.

-Respire hondo, don Martín, respire... -auscultábale Hellner con un magnetizador multivariante de potasio de última generación importado de Venezuela- Elimine las sinergias negativistas que taponan el libre fluir de su ying interno al espacio multidimensional.
-¿Lo superaré, doctor? -inquirió, acongojado hasta la médula y haciendo acopio de todo su arrojo, Ladero Cortina.
-Desde luego que sí, pero tendrá que poner de su parte.
-¿Y qué tengo qué hacer?
-Combustión aeróbica, no más que eso.

Tras abonar las 60.000 pesetas de la consulta, Ladero Cortina fue a comprarse un chándal. Al día siguiente iniciaría su actividad aeróbica. Pero esa noche ocurrió algo determinante. Había apagado la luz de la mesilla de noche cuando, segundos antes de la llegada de su mujer procedente del dormitorio del atento estudiante de Morfología del 3º, una entidad espectral con la apariencia del Capitán Trueno surgió de entre las tinieblas:

-Vete mañana temprano a hablar con el director de Radio España. Dile que vienes de mi parte. ¡Vas a mostrar a todo el país lo que vale un peine, cojones! -dijo antes de replegarse en su capa y esfumarse.

Ladero Cortina acababa de descubrir por fin la grandeza de la tarea que le había sido encargada. Al día siguiente marchó a la emisora. Temía que unos cursos a distancia de alicatado y otros de pintura a chorro realizados años atrás pudieran interponerse en su meta, pero, afortunadamente, no fue considerada cualificación suficiente para cerrarle las puertas de esa fascinante misión. Sendos cursos de dicción burgalesa y entonación sincopada y una gymkana de dos semanas en Los Monegros lo catapultaron a su nuevo trabajo. Volvió a dormir como un niño. Ya nada le quitaría el sueño, ni siquiera su ulterior nombramiento como portavoz del Ejecutivo.

martes, 9 de noviembre de 2010

Hobbes, porteros de discoteca, hooligans y voladuras benéficas

Coincido con Adam Smith en que no es "la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero", sino su mero interés, lo que hace que podamos disponer cada día de alimentos en la tienda o el supermercado. Como además soy hobbesiano, voy incluso más allá: no es la benevolencia del prójimo, sino el poder coercitivo y punitivo del Estado, lo que me permite pasear tranquilamente por la calle y estar relativamente seguro en mi hogar. No me trago esa sandez anarquista de "vaciemos las cárceles": si eso ocurriera, yo sería el primero en huir del país o atrincherarme en mi casa provisto de una buena escopeta de cañones recortados. En el trullo debería haber incluso más gente, sobre todo tanto rufián enchaquetado con amiguitos en cargos públicos, animales disecados en casa y esposas adosadas a un visón.

Y es que la maldad y, sobre todo, la estupidez ajenas son elementos que deben tenerse siempre en cuenta para evitarse muchos disgustos en la vida: que se lo digan si no al Cándido de Voltaire... El pensamiento buenista yerra en no tomarlos como constantes de la conducta humana, como elementos no erradicables dada la naturaleza de nuestra especie (en el resto de los primates parece que ocurre algo parecido). Lo cierto es que la convivencia sería un infierno si el orden social se derrumbara y hubiese que confiar exclusivamente en la buena voluntad del prójimo -y no en el aparato coercitivo y punitivo de un Estado democrático- para andar por la vida sin problemas: no me cabe la menor duda de que el mundo se convertiría en algo parecido al 'Mad Max' de Mel Gibson o a 'La carretera' de Cormac McCarthy. La moralidad se disolvería como azucarillo en leche caliente, por mucho capital social que tenga un país (más en Suecia que en España, y más en nuestro país que en Guatemala).

No hace falta recurrir a la ficción, ya que ahí tenemos el caso de la Yugoslavia de principios de los años 90 (por poner un ejemplo cultural y temporalmente cercano). Gente que conocía aquel país no salía de su asombro al enterarse de las atrocidades allí perpetradas. Quizá no se fijaron bien en el comportamiento de los porteros de discoteca o de los hooligans futboleros. Porque, no nos engañemos, en todos los sitios hay un cierto número de potenciales asesinos y torturadores que no pasan de la potencia al acto hasta que no se dan las circunstancias propicias para ello; si se dieran, si se resquebrajase el orden democrático o estallara el caos, no se portarían mejor que Ratko Mladic (que en paz descanse muy pronto). O sea, que más vale que nunca salgan de la puerta de la discoteca o del fondo sur del estadio para ponerse al frente de un control de carretera o de una brigada paramilitar...

Afortunadamente, los malos son una minoría, pero lo suficiente -con el inestimable auxilio de la amplia legión de estúpidos- como para amargar la existencia al resto de la humanidad. Los buenos son más numerosos que los malos, pero estos últimos suelen ser más poderosos. Por eso, si se diera la circunstancia sumamente improbable de tener juntos bajo un mismo techo a Mladic, a los gorilas que matan o dejan en coma a periodistas en Rusia -y a quienes les pagan-, a los otros primates que matan y descuartizan en México -y a sus respectivos jefes-, al amigo guineano de Bono, a la cúpula de Al Qaeda y a la junta militar birmana en pleno (no he pretendido ser exhaustivo), y alguien decidiera que volasen al cielo, no seré yo quien se lo afee.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Ley moral, sinfonía cósmica y encuentros rutinarios en el metro

Kant decía que había dos cosas que le maravillaban: "el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí". Esa expresión da por sentado que hay una frontera entre el dentro y el fuera, algo que resulta obvio para cualquier ser vivo consciente: como dice el escritor canario Rafael-José Díaz, estamos "rodeados de lo que no somos, irremediablemente encerrados en aquello que somos".

Pero la Física nos enseña que estamos hechos de los mismos materiales que las estrellas, que no dejamos de ser polvo estelar consciente de sí mismo y autónomo durante un periodo de tiempo relativamente efímero: o sea, que nuestros cuerpos y la ley moral que sentía Kant -y que podemos sentir el lector de estas líneas y yo- tienen los mismos mimbres que el cielo estrellado que veían los ojos del filósofo alemán, al igual que una flor, un cocodrilo, una persiana o un meteorito.

Acaso esa ley moral sea una consecuencia necesaria de la evolución del Universo conforme a las constantes que lo rigen desde el big bang, como también lo sean todas las hojas, los sueños, los hipopótamos o los cometas. O puede que esa ley sea un principio latente en las fuerzas físicas que operan en el Cosmos. Incluso podríamos identificarla con la gran sinfonía cósmica, fruto de la vibración conjunta de las finísimas pero inmensas cuerdas que según algunos físicos informan el Universo. Toda castaña, nutria, planeta, poema o canción no dejaría de ser una variación de esa sinfonía cósmica infinita. ¿Serán pues todas las cosas meras notas de esa invisible y misteriosa ley moral, esa música del Universo a la que también podríamos llamar Matemática, Brahman o Dios?...

A veces pienso que todos y cada uno de los fresnos, de los osos polares, de las nubes y de los ciclones siempre han existido y no dejarán de hacerlo: hay que ir a encontrarlos en recovecos de la espuma de sucesos del espacio-tiempo. Igual ocurre con todos los sueños, los pensamientos y los momentos; incluso los más triviales, los que parecen acabar disolviéndose como azucarillos en las aguas agitadas del tiempo, esos encuentros rutinarios en el metro con desconocidos de los que nunca te acordarás (de ellos habla Txe Peligro en su blog). Lo cierto es que nada de eso se borra porque siempre ha estado ahí eternamente, antes y después de desfilar ante nuestra conciencia.
 
Así que en algún lugar del Universo, o del Multiverso, deben estar íntegramente (no dañados ni destruidos por el olvido) nuestro sexto cumpleaños, aquel sueño infantil en el que volábamos como pájaros sobre la ciudad, nuestros pensamientos del 7 de noviembre de 1987 o aquella fugaz mirada en el tren a un extraño el 20 de septiembre de 1998. Lo que pasa es que no podemos volver a ellos con nuestra conciencia individual, condenada a seguir la flecha del tiempo con una mochila llena de frágiles recuerdos a sus espaldas. Pero, ¿existirá una conciencia cósmica (ley moral en estado puro) que sí lo permita?...

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