jueves, 31 de enero de 2013

Curiositae vitae

Hace unos años me ocurrió algo muy curioso que algunas personas -caso de Samu P.- se resisten todavía a creer. Era una noche de verano y me encontraba tumbado en la hamaca de mi terraza. Me había quedado dormido. Empecé a despertarme al confundirse con mis sueños unos acordes familiares, que identifiqué claramente como los de Bridge over troubled waters de Simon & Garfunkel. Pensé que algún vecino habría puesto la radio, pero pronto me di cuenta de que el sonido venía directamente desde la calle y que su emisor no podía ser otro que... ¡el mismísimo Art Garfunkel! El verano anterior había tenido la oportunidad de oír en la terraza otra voz célebre, la de James Brown, aunque esta vez no me pilló dormitando y fui consciente desde el principio de que era él (se murió al año siguiente, así que pudo haber sido su última actuación en España). Ambas actuaciones eran parte del programa musical del ya desaparecido Galapajazz, que llegó a ser toda una referencia en los veranos jazzísticos de este país.

Haciendo recuento de curiosidades vitales me vienen a la cabeza estas otras anécdotas pintorescas (todo el mundo tiene las suyas, a veces fruto del azar y en no pocas ocasiones propiciadas por uno mismo):

-Sacar una foto a Juan Pablo II en una de sus audiencias semanales en la plaza de San Pedro, rodeado por mis compañeros y profesores del Colegio Claret de Tamaraceite.
-Ser perseguido y detenido en la calle con quince años de edad por el compositor de la canción eclesial Somos un pueblo que camina (Emilio Vicente Mateu), por entonces director del Colegio Claret de Las Palmas. Llamados a su despacho días más tarde, nos perdonó a Carlos y a mí por la estúpida chiquillada de dar la tabarra cada noche tocando el timbre del colegio.
-Llamar de vez en cuando desde cabinas a mi número de teléfono con el prefijo de Perth (Australia): de jovencito me fascinaba ese fugaz contacto con las antípodas. Todavía a principios de los años 80, las cabinas te permitían hacer llamadas sin dinero y escuchar un segundo al interlocutor antes de que se cortase la comunicación.
-Sembrar el pánico entre los monitores de vela de un curso-acampada en Veneguera, tras cargarme un día la quilla (por meterla, ignorando las normas, muy cerca de la orilla) y al siguiente la botabara de sendos botes de Optimist.
-Tener a mi lado, dentro de una oficina de la Caja de Canarias, fajos de billetes por importe de más de 200 millones de pesetas. Fue precisamente por esas fechas cuando El Dioni dio el golpe de su vida.
-Pagar el subsidio de desempleo, en la susodicha oficina, a la hija mayor de la Dulce Neus.
-Recibir de manos de Tom Sharpe en el Teatro Guiniguada, tras pedírselo expresamente, un autógrafo en afrikaans: Pas op voor de Tom Sharpe! (¡Cuidado con Tom Sharpe!).
-Hablar desde el parque Santa Catalina con Diego Armando Maradona, asomado al balcón de la habitación del hotel Santa Catalina (el mismo desde donde Gregory Peck arrojó un piano al vacío en 1954 durante el rodaje de Moby Dick) que compartía con Lobo Carrasco.
-Concertar por teléfono con el periodista Pepe Navarro una cita en el susodicho hotel para hacerle una entrevista para un periódico escolar inexistente (el mismo periódico inexistente para el que entrevistamos por esas fechas a Butragueño y a casi todos los jugadores del Barça -incluidos el presidente Núñez y el vicepresidente Casaus- excepto el huidizo Maradona). Finalmente no fui a la cita con Navarro, y la verdad es que no recuerdo por qué.
-Charlar en el aeropuerto de Málaga con un Pablo Carbonell en estado de ebriedad, recién bajado de un avión con un ejemplar de Diario 16 con un gran manchón rojo. "Oye, ¿aquí toca esta noche George Michael?", le pregunté. "Sí, es nuestro telonero", me respondió.
-Tener que pegar un volantazo en San Isidro (Gáldar) al irrumpir en la carretera... una iguana que sin duda se había escapado de la cercana Reptilandia.
-Hacer esta pregunta en una rueda de prensa en Las Palmas, para su estupor, a Antonio Gutiérrez (entonces secretario general de CC.OO.): "¿Qué opina usted de la reforma de la Administración?".
-Ser retratado con José Miguel Santos frente al MIT de Massachusetts por el entonces estudiante dominicano Feniosky Abelerí Peña Mora.
-Coger en Miami un listín telefónico, llamar a alguno de los Fabelo que allí figuraban (¡eran unos cuantos!) y charlar unos minutos en español con una señora Fabelo.
-Encontrarme en el aeropuerto JFK de Nueva York a un antiguo compañero del colegio y no cruzar palabra alguna con él desde allí hasta Las Palmas vía Madrid.
-Encontrarme a otro excompañero del Claret en la calle Madrid de Getafe y saludarme sin detenerse como si nos hubiéramos visto en la calle Mesa y López de Las Palmas.
-Escribir en 1994 un reportaje sobre los estudiantes canarios en Madrid para Tiempo y advertir, 18 años después (solo porque me lo dijo mi compañera de trabajo Susana), que uno de los de la foto era el cineasta Mateo Gil (por cierto, el del centro es Pepe Naranjo, ahora informando desde Mali).
De derecha a izquierda, Mateo Gil, José Luis Pestana, Pepe Naranjo y dos chicas cuyo nombre no recuerdo.

-Asistir con Julio Oliva ese mismo año a la grabación en directo de un ¡Hola Raffaella! en Prado del Rey por el que te daban 500 pesetas (a cobrar en Prado del Rey un mes más tarde; obviamente no fuimos, porque descontando el transporte se quedaba en casi nada) y no recuerdo si también un bocadillo.
-Estar dentro de un Seat Arosa, con un fitipaldi de Gaceta universitaria al volante, haciendo trompos en un descampado de Lanzarote (en la isla se celebraba la presentación nacional del coche, a la que me mandó mi jefe desde Madrid). "Afloja un poco", le dije cuando el acojone pasó a ser más fuerte que el embarazo.
-Ir de paquete a 160 km por hora por la M-40, en la moto del susodicho jefe, y llegar a dar mi vida por perdida. Pese a todo, no llegué a agarrarme de su cintura.
-Ver abandonar el estadio a un casi desconocido Samuel Eto'o, rodeado de un grupo de chavales de Leganés que le decían "Eto, Eto, Eto, nos vamos al bareto", tras un Leganés-Las Palmas de 1998.
-Preparar cada sábado para uno de los clientes de la cantina del Erdington College de Birmingham un sandwich de papas fritas con mantequilla.
-Ir a Miranda de Douro (Portugal) a escuchar gente hablando en mirandés.
-Buscar y encontrar en Estambul una persona que hablaba ladino.
-Descubrir en Internet que un tal Nicholas Fabelo reposa en un cementerio de Nueva York y una tal Nicolasa Fabelo en un cementerio de Florida. Y, de paso, hacerme amigo en Facebook de un ciudadano estadounidense llamado Nicolás Fabela.
-Escribir una novela (El último dodo) en horario laboral.
-Encontrarme sentado en un banco de una calle de Madrid a un tipo solitario con aspecto de vagabundo, sonarme su cara, acercarme a él y charlar un rato amigablemente presentándome como grancanario de Las Palmas: era el tinerfeño Manuel Hermoso, expresidente de Canarias.
-Impartir clases en el Campus de Colmenajero de la Universidad Carlos III a, entre otros alumnos, un chico tártaro y otro sobrino-nieto de Antonio Buero Vallejo.
-Encontrarme junto a un contenedor de la basura de Parquelagos un ejemplar de El jardín de los Finzi Contini (Giorgio Bassani), libro que había leído hacía más de veinte años con mucho gusto. Al poco tiempo pasó por casa José María, camino de Inglaterra, y me le pidió prestado: no he vuelto a ver el libro.
-Llegar a conocer personalmente a gigantes de la política española como Manuel Fraga, Santiago Carrillo y Alfonso Guerra.
-Entrar con sigilo durante cinco semanas en el Estudio 1 de RNE en Prado del Rey a sacar fotos de los invitados de Juan Ramón Lucas (entre ellos, Natascha Kampusch, que no ocultó su incomodidad por tener una cámara enfrente).
-Sacarnos en el trabajo una histórica foto con Ana Obregón, poco antes de asistir con ella a la inauguración de un congreso dedicado al legado intelectual de Oswald Spengler (bueno, esto último es falso, pero qué más da).
De izquierda a derecha, Alberto Fernández, David Ramos, Anica, servidor y Agustín Alonso.

-Encontrarme en el suelo, en un descampado cerca de casa, una moneda de cinco dracmas.
-Ser amonestado por un guardia civil por andar por la carretera por la derecha en uno de mis paseos campestres por la sierra de Madrid...

miércoles, 23 de enero de 2013

Conspiranoicos

Todo acontecimiento tiene su explicación conspiranoica: siempre hay iluminados que no tardan en pergeñar y difundir una teoría disparatada, a cuál más estrambótica, remitiendo a algún oscuro motivo. ¿Quién no conoce la historia alternativa del mortal accidente automovilístico de Lady Di en París, que lo atribuye a un delirante compló urdido por los servicios secretos británicos con el apoyo de la reina Isabel? Otro ejemplo de plena actualidad es la creencia en que los países del norte de la Unión Europea quieren arruinar a los del sur (yo sigo preguntándome con qué extraña lógica económica y política, como no sea por pura maldad al estilo de Voldemort). Como decía hace días un polémico artista conceptual en Babelia, "la Unión Europea nos quiere como camareros y albañiles con la ciencia prohibida y la cultura de rodillas, sin universidades: pobres, brutos y enfermos" (???).

Tanto los conspiranoicos occidentales de izquierdas como los extremistas no occidentales (entre ellos, los islamistas) suelen ubicar los sanedrines de los conspiradores políticos en Occidente e Israel. Por su parte, los conspiranoicos de extrema derecha tienden a apuntar al supuesto contubernio de rojos, musulmanes y homosexuales instalado en Washington D.C. y los centros de poder de la UE.

No es que yo no crea en conspiraciones, que haberlas haylas desde que el ser humano es tal. Y, por supuesto, considero perfectamente capaces de lo peor a los más poderosos (que no suelen ser trigo limpio, porque hay una selección negativa que hace que lleguen arriba los menos escrupulosos). Tampoco me trago la verborrea institucional que trufa los discursos de los grandes gerifaltes: eso de que la justicia es igual para todos (porque está claro que si tienes dinero o amigos bien situados puedes confiar más en ella que si eres un muerto de hambre) y mandangas varias como los "valores y principios compartidos" y la "solidez de nuestro Estado social y democrático de derecho". Pocas dudas tengo de que si quienes cortan el bacalao viesen su existencia amenazada, nuestra democracia (que afortunadamente es real, con sus limitaciones e imperfecciones) tendría sus días contados. Pero de ahí a afirmar, por ejemplo, que los atentados del 11-M fueron obra de los socialistas (como algún periódico español ha hecho creer a tanto incondicional) o de la OTAN (como afirma en Babelia el susodicho artista conceptual) hay un largo trecho: el que media entre una persona crítica con un saludable nivel de desconfianza y un auténtico mentecato.

No hay que complicarse innecesariamente: basta con explicaciones más sencillas, aplicando la famosa navaja de Occam y también la ley de Abundio (¡los derechos de autor me pertenecen!), que sostiene que siempre que dudemos entre maquiavelismo o estupidez a la hora de interpretar una conducta humana, deberíamos inclinarnos por esta última. Y es que muchas veces vemos una conspiración donde solamente hay una chapuza: por ejemplo, en la muerte hace meses en accidente de tráfico de dos opositores cubanos que tuvieron la desgracia de tener como chófer a un fitipaldi de Nuevas Generaciones del PP.

Mi conspiranoico favorito, Alfredo Embid, sostiene entre otros disparates que el SIDA no está causado por un virus y que los atentados del 11-S no fueron cometidos por Al Qaeda. Lo grave no es lo que diga este chiflado, sino la cantidad de personas que se cree a pie juntillas sus grotescas historias. Las dudas sembradas sobre las vacunas, por ejemplo, ya se han cobrado un precio. En Pakistán, tras propagar el bulo de que son un arma de Occidente para esterilizar a los musulmanes, los islamistas ya han asesinado a unos cuantos cooperantes que trabajaban en campañas contra la poliomielitis. Sin ir tan lejos, un médico de la sierra de Madrid me contó hace meses que una niña no vacunada de meningitis por culpa de unos padres conspiranoicos estuvo a punto de morirse al contraer esa enfermedad. La locura conspiranoica, además de para partirse de risa (porque verdaderamente tiene su gracia que Paul McCartney esté muerto y Elvis Presley vivo), es pues algo para tomarse muy en serio.

domingo, 13 de enero de 2013

¡Cooperad, cooperad, malditos!

Este pasado miércoles tocaba reparto en mi grupo de consumo ecológico, así que a las 18.30 me acerqué a la casa del miembro del grupo adonde siempre llega el pedido conjunto y en la que alguien se encarga -nos vamos rotando- de preparar las cajas de todos. Como la quincena anterior, abrí la puerta corredera de fuera (no estaba cerrada por dentro), grité un "¡Hola!" no correspondido (no había nadie dentro), cogí las cajas con mi nombre que estaban junto al porche, las cargué en el coche, cerré la puerta y regresé a casa.

En el camino de vuelta pensaba que si yo fuese un chorizo me podría haber llevado parte de las cajas de los otros, incluso todas ellas; hasta podría haber entrado en la casa y robado en su interior, y ya de paso haber vandalizado a diestro y siniestro. Claro, si mi compañero de trabajo A.C. me había propuesto para cubrir una de las bajas en el grupo era porque se fiaba de mí, porque tras cuatro años de conocernos consideraba que yo era alguien digno de confianza. Quizá no se lo hubiese comentado a un tipo con la conducta de Torrente.

Mi amigo L.G. me contaba esta misma mañana por teléfono que su cooperativa canaria de producción ecológica estaba negociando con otro productor similar un acuerdo que sería potencialmente beneficioso para ambos (y, por ende, para sus clientes). Él insistía en la necesidad de anteponer la cooperación a la competencia, algo que parece ir contracorriente en un mundo donde solo se valora la lucha, la competitividad, el ser el primero a toda costa. Mi amigo tenía razón, por supuesto. Pero yo le insistía en que para cooperar y no salir escaldado es imprescindible la confianza; y la confianza hay que ganársela, no se puede dar por sentada. Aunque es cierto que muchas veces tenemos que asumir riesgos dando oportunidades a la gente: es lo mismo que ocurre cuando iniciamos una relación sentimental. Es muy triste, e injusto para otras personas, ir siempre por la vida viendo solo en el prójimo a un potencial competidor o enemigo. Como bien me decía L. G., si apuestas y te fallan ya habrá tiempo para cagarse en esa persona -o entidad- y seguir apostando por otras (¡no nos queda otra que seguir haciéndolo!).

Es lógico que tengamos prevenciones ante gente que no conocemos, ni siquiera de oídas. Si yo tuviera que irme en coche a La Bañeza (León) y se ofreciera a llevarme un chófer con la pinta de Carromero, optaría por rechazar amablemente su invitación. Pero si lo hiciera un tercero recomendado por alguien de confianza, seguro que aceptaría y me quedaría mucho más tranquilo. Y tras el viaje, yo sería uno más en recomendarle a amigos y conocidos que requiriesen de sus servicios, ensanchando de ese modo su círculo de reputación.

Lo cierto es que tras mi ingreso en el grupo de consumo yo me estoy beneficiando de unos productos mucho mejores (no solo más sanos sino también más ricos) e incluso más baratos que los convencionales. Al mismo tiempo estoy favoreciendo al grupo de consumo, que necesita hacer un pedido mínimo quincenal de 300 euros para que no le carguen gastos de envío. Y también a la cooperativa que nos suministra, la navarra Gumendi, y por tanto a toda la gente que da empleo. La cooperación es una buena opción en estos tiempos de crisis, pero para ello es necesario extender redes de confianza cada vez más amplias, construidas sobre la reputación de las personas y las organizaciones de las que estas forman parte. Las redes sociales en Internet pueden ayudar mucho a este respecto.

Mi amigo Alejandro Caparrós, economista del CSIC, publicó hace años un interesante estudio, utilizando como modelo de análisis el dilema del prisionero, que concluye que los llamados kantianos (los agentes que cooperan solo por una convicción moral) tienden a desaparecer del mapa en un escenario donde hay otros que engañan y se portan mal: solo sobrevivirían junto a estos últimos los llamados kropotkinianos, que cooperan por su propio interés y son capaces de detectar a los malos para mantenerlos a raya. O sea, que no hace falta que seamos ángeles para vivir de una manera más amable. ¿A qué esperan para cooperar?... Solo por comer los exquisitos plátanos ecológicos de Canarias bien vale la pena.

lunes, 7 de enero de 2013

Viajar es un placer sensual

Desde pequeño me ha fascinado todo lo relacionado con los viajes. Recuerdo con emoción la primera vez que entré en territorio extranjero, en abril de 1982, al cruzar en autobús la frontera de La Jonquera (solo unos días antes, Barcelona había sido mi primera toma de contacto con la península Ibérica y el continente europeo). Aquel fue el viaje de fin de curso de 8º de EGB, a mis catorce años, con los compañeros del Colegio Claret de Tamaraceite. Fuimos a Francia e Italia, donde tuvimos la oportunidad de asistir a la audiencia semanal del papa Juan Pablo II en la plaza de San Pedro (¡y le saqué una foto que conservo!). Yo ya había dejado de creer que las fronteras estaban marcadas con rayas sobre la tierra, visibles desde un avión (y también que si te tirabas al océano desde 9.000 metros solo te darías si acaso un barrigazo, lo cual me tranquilizaba mucho).

Los olores de los lugares, sus árboles, sus campos y sus cielos, las personas viviendo su cotidianidad (algunas de ellas, visibles tras las ventanas de sus casas), los carteles e indicaciones de pueblos, ciudades y carreteras... Todo eso era, y sigue siendo, maravilloso. Incluso los propios preparativos del viaje, aún en casa antes de partir. Por no hablar de las diferencias horarias en el destino o de bajarte del avión en un país del hemisferio sur (donde podías dirigirte a un baño para constatar que el agua abandona el desagüe en dirección contraria a la de la mitad norte de la Tierra). Por eso no entiendo a la gente que pudiendo viajar, por tener tiempo y dinero, no lo hace. Tiempo y dinero: lo primero más que lo segundo, ya que no hace falta gastar mucho para salir fuera.

Cuando tenía 22 años, en el verano de 1990, hice un recorrido en solitario por Europa con la tarjeta Interrail del que tendría que haber salido un libro sobre cómo viajar con un gasto mínimo desde Madrid hasta Atenas (el único lugar donde dormí en un sitio -una habitación de hotel junto a la plaza Omonia- que no fuese el propio tren o una estación) con regreso vía Amsterdam recorriendo en menos de tres semanas Francia, Suiza, Italia, la entonces Yugoslavia, Grecia, Hungría, Austria, Alemania, Holanda, Bélgica y Luxemburgo. Al año siguiente repetí Interrail con dos amigos, Adolfo y José María, esta vez gastando algo más por permitirnos el lujo de dormir en algunos albergues. En esta ocasión, además de repetir el paso por algunos países del año anterior (Francia, Suiza, Italia, Hungría, Austria, Alemania, Holanda y Bélgica), conocí Checoslovaquia (la bulliciosa Praga de dos años antes del divorcio de checos y eslovacos), Suecia, Dinamarca y Noruega. Por cierto, nuestra amistad sufrió su primera prueba de fuego (es cierto que no llegas a conocer bien a alguien hasta que viajas con él), con algún conato de agresión incluido. Jajajá...

Sobre el Danubio en Budapest (1991)


Y en el verano de 1993 marqué un hito en mi historial viajero: cruzar el océano Atlántico para pisar suelo americano. Con mi amigo José Miguel recorrimos en tres semanas a bordo de los autobuses Greyhound la costa este de los Estados Unidos, desde Boston hasta Key West o Cayo Hueso (a menos de 100 millas de la isla de Cuba). También subimos, por el norte, hasta Montreal (Québec, Canadá), una de las ciudades de las que guardo un mejor recuerdo. En el aeropuerto JFK de Nueva York, ya de vuelta, nos encontramos a un alumno del Colegio Claret que se haría el sueco durante todo el trayecto hasta Gran Canaria vía Madrid: fue la anécdota de cierre de un viaje en el que tuvimos la oportunidad de subirnos a las Torres Gemelas de Manhattan, a las que solo restaban ocho años de existencia, para observar desde allí arriba el hormigueo de los afanados peatones.

Otro jalón fue viajar en noviembre de 1999 al hemisferio sur, a un país tan espectacular como Brasil. Han sido hasta el presente los únicos días de noviembre primaverales de mi vida, repartidos entre São Paulo y Río de Janeiro (la ciudad más hermosa en la que he estado). Un domingo soleado anduve de norte a sur desde el aeropuerto nacional de la capital carioca hasta São Conrado, al pie de la enorme favela de Rocinha, pasando sucesivamente de una playa a otra (en el último tramo, algo arriesgado, sobre el muro pegado a la carretera que arrancaba pasado el Hotel Sheraton, por debajo de la favela de Vidigal). Tomar un agua de coco, sintiendo la brisa atlántica, en una terraza junto a la playa de Ipanema con mi amiga paulista Rosana es uno los instantes que resumen esa escapada.

En el verano de 2000 me tocó pisar suelo continental africano por vez primera: un miniviaje de pocos días por el norte de Marruecos, desde Tánger hasta Chaouen para regresar a la península vía Ceuta y de paso hacer una parada en Gibraltar. Allí conocí a Salva de Elche y Mariano de Gerindote, que también viajaban solos (Mariano, camino de verse con su novia marroquí), un encuentro del que daría testimonio en El último dodo. No he vuelto a saber nada de ellos, por cierto.

Luego vendrían Chile (2001) -en un otoñal abril, con Andrés y Alejandra de anfitriones de la mitad del viaje-, Turquía (2001), México (2002), India (2003) -de luna de miel- y Escocia (2003). En mi Canarias natal concluiría mi paso por todas las islas, exceptuando La Graciosa, tras mi viaje a La Gomera (1999) y El Hierro (2000): en la primera, acogido por José Miguel; en la segunda (mi isla preferida), con la sola compañía de una mochila y durmiendo al raso junto al mar. A todo ello hay que sumar mis desplazamientos por toda España -asignaturas pendientes son Melilla, Menorca, Ibiza y Formentera- y también por Portugal, además de dos estancias en Inglaterra sin un propósito turístico principal (dos semanas de 1994 en el barrio londinense de Deptford y dos meses y medio de 1998 en Walsall y Birmingham).

Este año se cumplen diez años desde mi última salida al extranjero (no incluyo mi escapada en coche de un par de horas, en 2009 con Samuel, a las portuguesas Monçao y Valença do Minho). ¡Juro por Heródoto que no tardaré en volver a salir ahí fuera! (aunque no sé cómo...).

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