sábado, 23 de marzo de 2013

Economía del bien común, una buena idea (para países civilizados)

Al economista austríaco Christian Felber se le ha ocurrido una idea estupenda cuyo nombre es economía del bien común (ver más en su web). Esto sí que huele a socialismo (del bueno) del siglo XXI, no como ese cóctel neobolivariano de marxismo, nacionalismo, mesianismo cristiano y populismo del más zafio (que incluye el embalsamamiento de próceres) que campa a sus anchas por algunos países de Latinoamérica.

La economía del bien común pretende que valores constitucionales como la justicia, el progreso social o la solidaridad dejen de ser meras palabras huecas para convertirse en una realidad tangible. ¿Cómo? Incentivando a las empresas a comportarse éticamente y disuadiéndolas de lo contrario, para ponerlas al servicio de la satisfacción de las necesidades de las personas, de su calidad de vida y del bien común. Felber constata que las leyes que presiden la economía de mercado son la competencia (en el peor sentido) y el afán del lucro, lo que no debe tomarse como algo natural e inevitable ya que los humanos también cooperan entre sí y se ayudan mutuamente en su condición de ciudadanos, vecinos o familiares: somos capaces tanto de lo peor como de lo mejor.

La manera de hacer que las empresas se portasen bien sería a través de los impuestos, aranceles y compras públicas: las malas (las que no respetasen a sus trabajadores, discriminaran a mujeres o minorías, no cuidasen el medio natural, no beneficiaran a su entorno social, fabricasen productos indeseables o funcionaran como dictaduras) tendrían que pagar más tributos y soportar aranceles más altos, además de no llevarse ni un céntimo de un contrato público; al contrario que las buenas, que tendrían preferencia en las compras públicas e incluso podrían comercializar sus productos y servicios libres de toda imposición fiscal y aduanera.

Para que esto funcionase se necesitarían auditores independientes, encargados de comprobar la veracidad del "balance del bien común" que deberían entregar las empresas (un documento contable que tendría en cuenta esos otros aspectos no monetarios como la sensibilidad social y ambiental). De su puntuación total en este balance dependería en buena medida la supervivencia de una empresa en el mercado (un mercado que, a diferencia del que ahora conocemos, estaría sujeto a la Ética). Por supuesto, se requeriría necesariamente la complicidad de la ciudadanía para poner en marcha el sistema no solo a nivel local, regional y estatal sino también supranacional (en nuestro caso, en el marco de la Unión Europea).

Las cosas no quedan aquí, ya que los defensores de la economía del bien común proponen legislar para poner coto a los excesos del capitalismo. Por ejemplo, pretenden establecer límites a las cantidades heredadas o a las diferencias de renta entre los más ricos y los más pobres. Claro está, esto dependería de lo que decidiese la mayoría: Felber no se cansa en insistir que corresponde a la sociedad determinar cuánta desigualdad considera admisible (si acaso estima que la desigualdad en el reparto de la riqueza es algo indeseable). La última palabra la tendría la gente. El problema viene con la apelación -democráticamente impecable- a la ciudadanía cuando esta tiene una calidad como la española (por desgracia, muy diferente a la islandesa). Así no es de extrañar que políticos corruptos saquen mayorías absolutas, que arrasen los programas de telebasura o que nuestras costas estén alicatadas.

lunes, 18 de marzo de 2013

Del yin al yang y flipo porque me toca

Flaco favor hacen al vegetarianismo ético majaderías como la macrobiótica, el crudiveganismo, el frugivorismo y otras disciplinas pseudocientíficas con el inconfundible sello new age. Como tampoco benefician a la agricultura ecológica o a la meditación verse asociados a supuestas "energías positivas", al Feng shui, las flores de Bach, el equilibrado de chakras, las vibraciones de auras y las pollas en vinagre. No son estos buenos compañeros de anaquel o foro porque disuaden a gente inteligente potencialmente interesada en cosas que sí que son muy serias (o sea, el vegetarianismo ético, la agricultura ecológica y la meditación). De esto me di cuenta hace meses, un día que me acerqué a comprar unas hamburguesas vegetales a un herbolario y me encontré con unos folletos glosando las bondades de algunas de estas sandeces. Da muy mala impresión, la misma que te causaría encontrarte en un consultorio médico información sobre tarot o sesiones de reiki a distancia.

Cada uno es libre de comer lo que quiera (y pueda), así como dueño y señor de su ignorancia. Si uno se quiere creer cosas como el poder oxigenante de las plantas ricas en clorofila o la "energía nutricional" supuestamente almacenada en las semillas (algunas de las perlas incluidas en el best-seller Eres lo que comes de Gillian McKeith), pues que le aproveche. Si uno es feliz atiborrándose de antioxidantes (algo que podría ser incluso pernicioso), siguiendo dietas desintoxicantes (para presuntamente librarse de pérfidas toxinas), pensando que el consumo de ácidos grasos omega 3 hace más inteligentes a sus hijos y comiendo alimentos en función de su color, allá él o ella. Es lo que tiene seguir las recomendaciones dietéticas -muchas veces pagadas por empresas con intereses comerciales- de revistas del corazón o magacines televisivos dirigidos a una audiencia marujil. ¡Ya no hablemos de la creencia macrobiótica en la importancia del corte de una verdura para preservar sus propiedades nutritivas!

Para quien esté interesado en destapar esta farsa, nada mejor que la lectura del muy recomendable Mala ciencia de Ben Goldacre.  En un párrafo de este libro se lee: "No existe, en esencia, diferencia alguna entre la industria de los productos vitamínicos y las industrias farmacéutica y biotecnológica (...) Entre sus actores clave se incluyen empresas como Roche y Aventis. BioCare, la empresa de pastillas de vitaminas para la que trabaja el nutricionista mediático Patrick Holford, está participada por Elder Pharmaceuticals". Por si alguno pensaba que iba de alternativo, libre del manejo de las transnacionales, con sus chifladuras nutricionales.

Muchos somos vegetarianos principalmente por razones morales, no porque sea mejor para la salud (que, desde luego, lo es) ni porque ello suponga ser yin, yang, tener mejor aura o evitar que se te ponga el careto de Carlos Floriano. Es una opción ética para no ser corresponsable del sufrimiento de tantas personas (en la acepción amplia, la de Peter Singer, que no se limita a los humanos), incluidos los congéneres que pasan hambre mientras se desvían cosechas al servicio de la industria cárnica. Y nada más.

viernes, 8 de marzo de 2013

Los costes de pensar por libre (reflexión a cuenta de Peter Singer)

Ser un librepensador bien vale la pena, tanto por el placer de pensar por uno mismo como por la libertad de espíritu que confiere (aunque te encuentres encerrado detrás de unos barrotes o en un gulag). Sin embargo, no sale gratis. Pensar por tu cuenta supone un esfuerzo y requiere valentía, ya que trae consigo salirse del cálido espacio de confort del pensamiento convencional (de lo que te dijeron de pequeño en casa, en la escuela y en la iglesia y nunca te atreviste a cuestionar) para asomarse a caminos bacheados sin señalización y abismos vertiginosos. Por otro lado está el coste social, cuando osas transmitir tus ideas o reflexiones a tus congéneres. Porque muchas personas no te van a entender e incluso te van a tomar como un chiflado. Eso no es lo peor, ya que incluso puedes ser linchado socialmente por tanto cabestro incapaz de advertir los matices, de poner las cosas en su contexto, de diferenciar un aserto de una valoración, de comprender (en el sentido más amplio de la palabra). Steven Pinker refiere algunos ejemplos a este respecto en su libro La tabla rasa, como los ataques -en este caso, de izquierdistas biempensantes y feministas radicales- a quienes sostienen que la violación no solo es violencia sino también sexo. Estoy dando además por descontado que vivimos en una democracia: no hablemos ya de dictaduras o regímenes teocráticos, en los que te jugarías literalmente el pellejo.

Lo cierto es que uno puede hablar con la cabeza perfectamente amueblada de cuestiones como la liberación animal, el vegetarianismo ético, el Multiverso o incluso la posibilidad de que el Cosmos sea una simulación computada (una hipótesis metafísica no desdeñable). Bien diferente es llenarse la boca de chakras, reiki, tarot, chemtrails, alimentación en función del tipo sanguíneo o majaderías conspiranoicas. Ahí es donde están el criterio y la información de cada uno para saber distinguir una audaz conjetura o un pensamiento heterodoxo bien construido de simples gilipolleces sin más fundamento que el ratón Pérez o las apariciones marianas en El Escorial.

El filósofo australiano Peter Singer es un magnífico ejemplo de librepensador contemporáneo. Con la sola armadura de la razón y la intuición (que no deja de ser un modo ultrarrápido de razonamiento), nos desmonta tópicos, plantea contradicciones e ilumina nuevos caminos para su especialidad: la Ética. No va por sendas trilladas y siempre anda un paso por delante de pensadores como Savater (quizá por haberse molestado en leer textos de Biología y Etología para hacer reflexiones de índole moral), lo que le ha granjeado toda suerte de oprobios entre los cuales el ser considerado un monstruo quizá no sea el más desagradable.

En su polémico (¡cómo si no!) libro Ética práctica, Singer tiene un capítulo llamado "¿Por qué es malo matar?". Parece algo obvio para casi todo el mundo -salvo que las víctimas no sean humanas y se sirvan en la mesa con ensalada y papas fritas-, pero no lo es tanto si indagamos en el asunto sin condicionamientos doctrinarios previos y solo auxiliados por la razón. Singer nos invita a imaginarnos un caso muy especial: una persona sin familia ni nadie que le pueda echar de menos en el mundo está durmiendo en un paraje donde no hay nadie observando; de pronto, alguien le causa la muerte, sin sufrimiento alguno para la víctima (el fallecimiento es instantáneo) y sin que esta llegue a ser consciente en ningún momento de la amenaza sobre su existencia; el cadáver de esta persona nunca aparecerá y jamás se descubrirá lo ocurrido. 

En este supuesto, la aniquilación de una vida no va aparejada a sufrimiento alguno (ni de la propia víctima, ni de sus familiares, ni de eventuales testigos del crimen ni de la sociedad en su conjunto). Se podría objetar que se le ha arrebatado a la víctima la posibilidad de seguir viviendo, que se le han truncado sus proyectos vitales, sus eventuales momentos de felicidad en el futuro... Pero esa objeción es absolutamente desacertada, porque el asesinado no echará de menos lo que podría haber hecho y ya nunca hará. Llegados a este punto, considero necesario recordar que se trata de un mero ejercicio teórico: no significa que esté bien matar a alguien en esas circunstancias ni que Singer lo justifique o aliente de algún modo. Solo es un supuesto para hacernos reflexionar acerca de las raíces de la moral.

Una de las conclusiones principales de este libro es que el concepto de persona -cuyos intereses habrían de ser debidamente tenidos en cuenta- debe ensancharse para incluir a individuos no humanos (grandes simios y otros mamíferos inteligentes como delfines, ballenas, elefantes, etc.). Algo que filósofos católicos no dudan en despachar con esta contundencia: "Grotesca de suyo, no requiere más comentario" (sinceramente, a mí se me antoja mucho menos grotesca que la creencia en la virginidad de una madre). Desde luego, si por persona entendemos un individuo autónomo y consciente de sí mismo, que puede sufrir y gozar y se ve como una entidad diferenciada con un pasado y un futuro, no parece de recibo limitar el concepto a nuestra especie: eso sería especismo del más burdo (tan endeble de sostener como el racismo o el sexismo, hasta hace no mucho considerados como lo más natural por la mayor parte de la gente).

Esto que cuenta Singer es muy difícil de tragar para mucha gente, condicionada por sus creencias religiosas (o laicas) y los convencionalismos sociales. Intentar compartirlo entraña el riesgo ya apuntado al comienzo de este texto. En cierto modo sería como contarle a un amigo funcionario conservador con cuatro hijos que se ha casado por la Iglesia con su novia formal de toda la vida que vas a contraer nupcias por el rito balinés con tu amante bisexual de Taiwán para establecerte como corredor de apuestas en Oregón: lo más probable es que el amigo te mire con recelo (detrás del cual, por cierto, acaso se encuentre agazapada una insana envidia).

Una de las grandes ventajas de las redes sociales, tal como coincidía este lunes con mi amigo Salvador Casado en un memorable paseo-charla nada virtual por las sendas nevadas de La Barranca (al pie de La Maliciosa), es que te ofrece la oportunidad de conectar con personas de todo el mundo que están en tu misma onda. La misma ventaja que tienen, a su vez, quienes comparten afición por los chakras, el reiki, el tarot, los chemtrails o las majaderías conspiranoicas. Porque alienta mucho saberse acompañado y entendido por tanta gente de ahí fuera (aunque sean pocos relativamente).

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