domingo, 25 de junio de 2017

Bendito (y también maldito) orden

"Ángeles y demonios" (M. C. Escher).

El desorden es bastante más frecuente que el orden. Por eso hay muchas más formas de ruido que de música, por eso los textos carentes de información -incluidas las combinaciones aleatorias de letras- son mucho más abundantes que los informativos o coherentes (aplicando el método de Cantor, el número infinito de los primeros sería superior al número infinito de los segundos). Por la misma razón es más fácil desordenar que ordenar, destruir que construir, dañar que curar, ensuciar que limpiar, errar que acertar, cometer una chapuza que desempeñar un buen trabajo, hacer el mal que hacer el bien... Es más probable la mediocridad que la brillantez, la fealdad que la belleza, la estupidez que la inteligencia, la condición inerte que la vital.

El orden, fruto de las leyes físicas (¿producto a su vez de una realidad platónica eterna?), es lo que permite la vida, la conciencia individual y la inteligencia. No hay voluntad ni racionalidad sin orden, sin una cierta organización cerebral o neuronal ya sea para acariciar o para torturar (existen órdenes diabólicos, como el del campo de exterminio o el del matadero municipal). Sin orden no hay complejidad ni evolución ni emergencias. Ni posibilidad alguna de interacción y comunicación. El mundo sería un enorme amasijo informe en el que tú y yo, dinosaurios y superordenadores, Villarrobledo y Vladivostok, grande y pequeño, arriba y abajo, fuera y dentro, antes y después, se confundirían en un indescriptible totum revolutum.

Quizá ese maremágnum sea el estado del mundo de un tic de Planck a otro, entre cada colapso de la función de onda que rige la evolución del Universo o acaso Multiverso. Solo mediante un filtrado sesgado y coherente de todo lo posible, mediante una destrucción ab toto como la que representa el colapso de la función de onda, sería posible tomar conciencia individualizada -necesariamente parcial- de un orden cósmico donde todo sucede simultáneamente y de una vez. Solo así el Brahman puede ser Atman, el mar puede ser ola. Solo así tendría sentido aprender y acaso vivir.

lunes, 12 de junio de 2017

Ciencia y religión: agua y aceite


En el Vaticano hay unos tipos intentando desde hace décadas la cuadratura del círculo: conciliar la ciencia con la religión católica (igual de absurdo sería intentarlo con cualquier otra). El argumento de estos expertos, bien financiados por las arcas de la Santa Sede (e indirectamente por quienes en España ponen la x en la casilla de la Iglesia de su declaración del IRPF), es que no hay incompatibilidad entre ciencia y religión porque la primera no puede ofrecer todas las respuestas. No debían estar muy convencidos de esa supuesta compatibilidad los que quemaron en la hoguera a Giordano Bruno, obligaron a retractarse a Galileo ("eppur si muove!") y también redujeron a cenizas a Miguel Servet (en este caso no fueron los católicos sino el fanático Calvino en su cantón talibán protestante de Ginebra). Los mismos que ya en el siglo XIX se burlaron de Charles Darwin, cuando el cristianismo en Europa empezaba a perder su influencia y convertirse en algo meramente folclórico (la gran asignatura pendiente del mundo islámico). La ciencia no puede ofrecer todas las respuestas, pero la religión ni siquiera es capaz de brindar alguna razonable: para elucubrar acerca de lo que de manera provisional -o acaso permanentemente, por una limitación epistemológica- se sitúa más allá del alcance de la ciencia solo cabe una metafísica seria y con fundamento. Sin desdeñar, por supuesto, el eventual acceso por vías como la meditación a profundas realidades inefables y elusivas a la razón.

Es cierto que la ciencia no puede responder a algunas preguntas del tipo de "para qué", como la de cuál es el sentido personal de nuestra vida. La ciencia se limita a constatar una tendencia de la materia a autoorganizarse y evolucionar en complejidad, desplegando emergencias como la vida y la consciencia. Podría haber un sentido cósmico en ello (un Universo que se hace cada vez más consciente de sí mismo), pero la vida propia no posee más sentido para un individuo que el que este se autoadjudique: ya sea el culto a Baal, la filatelia, la Unión Deportiva Las Palmas, el submarinismo, la misma ciencia, la dedicación a los seres queridos o la búsqueda espiritual (no tienen por qué ser sentidos excluyentes, por supuesto). 

No pueden ponerse en el mismo plano ciencia y religión, no puede igualarse la postura del que niega la ciencia porque no encuentra en ella a su Dios con la del que niega a Dios (un ser intervencionista y sospechosamente antropocéntrico como el de las religiones judeocristianas) porque no hay evidencia científica alguna que lo sostenga o incluso por puro sentido común. No hay conciliación razonable -ni lógica- posible a este respecto porque no es lo mismo una verdad contrastada empíricamente que una creencia irracional evidentemente fabricada por nuestros antepasados (un constructo social -¡este sí!- en toda regla). Además, a diferencia de los dogmas religiosos, las verdades científicas son siempre provisionales: cuando se hallan otras con mejor poder explicativo, son adoptadas por el corpus de la ciencia.

Cuando Galileo descubrió que Júpiter tenía lunas girando en su derredor, cuando constató la hipótesis de Copérnico de que la Tierra no era el centro del Universo, los cimientos de la Iglesia empezaron a sacudirse. La teoría aristotélica de las dos esferas (la imperfecta terrenal y la perfecta celestial) ya no era sostenible. Pero el golpe a las creencias religiosas tradicionales propinado por Darwin sería mucho más brutal: ¡somos primos de los chimpancés e incluso las ratas, los insectos y los árboles forman parte de nuestra familia! Luego llegó Freud para decirnos que el subconsciente es mucho más poderoso que el yo consciente. Por si fuera poco, ahora sabemos que el Sol es solo una estrella de entre las más de cien mil millones de la Vía Láctea, a su vez una más de entre el billón de galaxias del Universo observable. Ya en el colmo puede que nuestro mundo sea solo uno más de un vasto Multiverso que comprende todos los universos posibles y en el que podría haber multitud de formas de vida inteligente. ¿Habrá muchas de ellas con creencias parecidas a la de que hay muertos que resucitan al tercer día para salvar a sus congéneres (y solo a ellos, no a perros ni a delfines ni chimpancés)?...

sábado, 3 de junio de 2017

El pasado balompédico de Ojeda D'Artais obstaculiza su elección como nuevo fiscal Anticorrupción

El cada vez más extendido rumor de que el jurista murciano Renato Borja Ojeda D'Artais podría ser el nuevo fiscal Anticorrupción, en sustitución del dimisionario Manuel Moix, ha levantado la crítica en bloque de la oposición. A Ojeda D'Artais se le reprocha su pasado como jugador y entrenador de fútbol fuera de España, que a juicio de PSOE, Unidos Podemos y Ciudadanos le incapacitan para el desempeño de esa responsabilidad.

"Es el colmo", ha dicho esta tarde en Moncloa el presidente Mariano Rajoy aprovechando un hueco en su agenda (la emisión de una tira de anuncios en la previa televisiva de la final de Champions de Cardiff): "Ya solo nos faltaba esto, que por haberse puesto calzón corto y calzado botines con tacos tenga que renunciar a un alto cargo del Estao. No roben mi tiempo y el de los miembros del Gobierno con estas solemnes bobadas".

Tras la reanudación del especial Champions en directo en Antena 3 TV, la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría ha tomado el testigo de Rajoy para, sin confirmar ni desmentir la posible elección de Ojeda D'Artais, hacer público un informe del catedrático constitucionalista Jaime de Sota Bamberg que no considera incompatible el ejercicio como fiscal Anticorrupción con "cualquier vinculación de naturaleza balompédica previa, ceteris paribus, tanto en territorio nacional como fuera de nuestra jurisdicción". "Solo desde la mala fe", ha añadido la número 2 del Ejecutivo, "se puede negar que al señor Ojeda D'Artais le avalan muchos años como jurista experto en fiscalidad internacional y cooperación transfronteriza".

Ojeda D'Artais jugó varios años en el Caiman Hawks Football (club señero de las islas Caimán), así como en el equipo de casados de Aruba (disputó varios encuentros contra el combinado de solteros de este mismo territorio insular). Participó asimismo en numerosas pachangas durante sus periódicas estancias en Anguila, Bermudas, Dominica, Curaçao y Turcas y Caicos. Por otro lado, fue entrenador de la selección de las Islas Vírgenes británicas y director técnico de la Federación de Fútbol de Antigua y Barbuda. Su rechazo hace unos días de una multimillonaria oferta para entrenar a la selección de San Vicente y las Granadinas parece relacionada con la aceptación de su nueva responsabilidad en la oficina en Madrid de la Fiscalía Anticorrupción.

domingo, 28 de mayo de 2017

Filtrar la mierda en Internet para salvar la civilización

"Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción" (Jorge Luis Borges)

Internet se asemeja algo a la biblioteca de Babel imaginada por Borges, pero sin pasillos, anaqueles ni libros de papel. ¡Qué avances en el pensamiento y la ciencia cosecharíamos si grandes genios del pasado como Demócrito, Spinoza, Newton o Einstein resucitaran y tuvieran acceso a ese vasto océano que ofrece todo el conocimiento humano a golpe de clic! Pero cualquier persona con fundamento que navegue a menudo por la red de redes sabe que sus numerosas -aunque relativamente escasas- perlas flotan en medio de un gigantesco montón de basura (consecuencia de su carácter democrático y universal, conforme al cual todo el mundo puede contribuir en igualdad de condiciones: "lo mismo un burro que un gran profesor", como reza el célebre tango). Encontrar un dato cierto o información valiosa puede ser equiparable, si no contamos con las adecuadas herramientas, a hallar una aguja en un pajar. La principal herramienta es sin duda el buen criterio, fruto de la inteligencia e instrucción de cada persona: este ha de ser cultivado en el sistema educativo, junto con el espíritu crítico, para permitir a los usuarios distinguir el grano de la paja, la verdad de la mentira.

La igualdad en el acceso es especialmente perniciosa en casos como el de Wikipedia, un proyecto enciclopédico extraordinario basado en la cooperación descentralizada que tiene en los troles y los cuñaos a sus mayores enemigos. Para preservar la calidad de sus contenidos (muy inferior en la versión española que en la mayoritaria inglesa, lo que es bastante ilustrativo del nivel cultural y científico del mundo hispano), sus contribuyentes con conocimiento y buena fe han de estar continuamente patrullando. Deshacer troleces y disparates de toda índole supone un derroche de tiempo y energía que podría destinarse a otros fines más productivos.

Por el mundo digital de comienzos del tercer milenio pululan junto a los troles otras especies que a veces se solapan con ellos y entre sí como los chiflados conspiranoicos, los magufos, los coelhista-punsetistas y los analfabetos digitalizados (también hay fastidiosos especímenes no digitalizados como los analfabetos científicos, que desde sus cátedras nada inmateriales presumen tanto de su estéril erudición como de su ignorancia de todo lo ajeno a las humanidades). Pero entre los más peligrosos figuran, además de los delincuentes y los fanáticos religiosos 2.0, quienes se dedican de manera perfectamente organizada a fabricar y difundir noticias falsas con fines oscuros: ya hemos visto en el Reino Unido (con el Brexit) y en EE.UU. (con Trump) lo que pasa cuando personas poderosas con acceso a big data y buen conocimiento de las técnicas de propaganda se aprovechan de la ignorancia y estupidez de muchos congéneres para imponer su agenda política.

Una solución al problema del ruido en Internet sería su segmentación (ya es en parte un hecho), con un área de pago de calidad y otra gratuita donde se quede toda la porquería. La zona de pago estaría limpia y además eximiría a sus usuarios de soportar irritantes anuncios. Pero esto podría tener consecuencias muy indeseables, no tanto por obligar a los usuarios a pagar (seguramente les valga la pena si se lo pueden permitir) como por excluir a personas con pocos recursos pero inteligentes y potencialmente talentosas. Si la Wikipedia y otros contenidos culturales de Internet se convierten en un coto privado, ¿adónde acudirán para aprender y crecer intelectualmente el chico o chica de extracción humilde, pero listo y con inquietudes, de Karachi, Nairobi o Tegucigalpa?... El gran logro de Internet es haber puesto todo el saber humano -además de la mierda- a disposición de todo el mundo (otra cosa es que haya muchos humanos coprófagos a los que el saber les importe un pimiento).

Otra solución, a mi juicio mucho mejor, sería crear agencias independientes internacionales (preferiblemente públicas, integradas por expertos en todos los ámbitos del saber) dedicadas a calificar los contenidos con criterios objetivos de calidad. Esa labor de filtrado podría brindar un gran servicio a la sociedad, poniendo freno a las pseudociencias, la manipulación informativa, los abusos políticos y empresariales y el papanatismo (suponiendo que la gente se dejase guiar por las calificaciones, lo que yo no daría por descontado). El funcionamiento de estas agencias debería ser a su vez supervisado por otros organismos para asegurar su plena independencia y objetividad. Creo que no somos suficientemente conscientes de que el creciente desfase entre el desarrollo cientifico-tecnológico y el cultural-educativo es una grave amenaza no solo para la democracia sino para la pervivencia de nuestra civilización.

sábado, 13 de mayo de 2017

"Cuestión de genes" ("A dangerous idea"): un burdo panfleto negacionista


Hace unos días emitieron en La 2 el documental "A dangerous idea", doblado al español bajo el título de "Cuestión de genes" (puedes verlo en este enlace). Se trata de un panfleto destinado a convencernos de que los genes "no determinan nuestros rasgos" ni tienen demasiada importancia. Y también a desacreditar a científicos de la talla de James Watson (Premio Nobel, codescubridor en 1953 de la estructura en doble hélice del ADN), Edward O. Wilson (padre de la sociobiología), Richard Dawkins (autor de El gen egoísta) e incluso indirectamente al propio Charles Darwin, estableciendo vínculos entre sus hallazgos y cosas tan repugnantes como el supremacismo racial, las esterilizaciones forzadas o los delirios eugenésicos. ¡Como si los nazis hubieran inventado la selección natural y los genes! El documental pretende vendernos la idea de que la heredabilidad de la inteligencia o las diferencias entre hombres y mujeres son "ridiculeces biológicas", que el género es un constructo social sin fundamento biológico (penes, testículos y vaginas tendrían poco que decir al respecto), que la biología molecular se ha convertido en una peligrosa religión con profetas a los que se sigue ciegamente...

Posmodernistas y feministas radicales harán las delicias con un antropólogo llamado Agustín Fuentes que afirma alegremente que "la biología no explica la diferencia de géneros" y que "la idea de que hay una cosa ahí dentro que yo paso a mis hijos y tú a tus hijos (...) no es así, pero es una metáfora muy potente y una historia realmente buena". Los estudios culturales y de género, cada vez más influyentes en las universidades occidentales pese a estar sesgados ideológicamente y teorizar de espaldas a toda evidencia científica, están haciendo un flaco favor al conocimiento de la naturaleza humana. Según cuenta el tuitero @Yeyoza, en la televisión sueca han llegado a afirmar que si las mujeres son más pequeñas que los hombres es por culpa del patriarcado.

Es un disparate negar que tenemos, al igual que cualquier otro ser vivo, una programación genética en nuestras células. Por supuesto, los humanos también contamos con cultura además de genes: de hecho, la clave de nuestro triunfo evolutivo parece estar en ella, en nuestra capacidad para cooperar en masa gracias al lenguaje y los mitos compartidos (que, según el historiador Yuval Harari, no habrían sido inventados sin una mutación genética -¿o quizá una modificación en la expresión de los genes?- que hace 70 mil años permitió a nuestros antepasados el desarrollo de una nueva capacidad cognitiva: la de imaginar cosas inexistentes). Lo que somos es producto de la interacción entre genes y cultura, pero el sustrato genético es fundamental y lo cultural emerge de él.

El genoma del Homo sapiens es el código de instrucciones que hace que seamos humanos y no ardillas, bacterias o robles. Todos los bípedos implumes compartimos la mayor parte de esa programación, pero hay pequeñas diferencias (solo en un 0,1% del ADN) que son las que explican la diversidad individual de la humanidad. Nadie es genéticamente igual a otro, salvo que se trate de gemelos univitelinos: hay personas más listas y más tontas, más altas y más bajas, más pacíficas y más agresivas, con mayor o menor tolerancia a la lactosa o el gluten... Esa variabilidad existe en todos los reinos de la vida y es el repertorio sobre el que actúa la selección natural: no habría selección o criba si todo fuese igual. Constatar que somos diferentes, y en particular que hombres y mujeres son distintos, no significa que no debamos disfrutar de los mismos derechos.

Si la altura, el tipo de cabello o el color de los ojos son rasgos heredados (quiero suponer que esto no lo pone en duda ningún abanderado del posmodernismo o el feminismo radical), ¿por qué no iban a serlo la inteligencia, la agresividad o la empatía? Si los masai son por lo general más altos que los galeses, y los chinos más intolerantes a la lactosa que los suecos, es por una cuestión genética (por supuesto, siempre habrá galeses más altos que masais, suecos intolerantes a la lactosa y chinos que beban leche sin problema). Pero, así como hay individuos más inteligentes que otros, ¿nos atreveríamos a descartar que un pueblo o colectivo X sea en promedio más inteligente que otro Y por una posible ventaja genética? (ya hay quienes sostienen con buenos argumentos que hay culturas superiores a otras, como apunté en otra entrada de este blog)... Reconozco que esto supone entrar en terreno espinoso porque podría dar munición a gentuza racista, que además no suele ser muy inteligente. ¿Debería la verdad abrirse paso siempre, por incómoda que sea?... En cualquier caso, insisto en que las diferencias en las capacidades y aptitudes de los humanos no deben traducirse en distinciones en su dignidad: aquí entra en juego la moral (recordemos que el discurso especista convencional priva a los animales de todo derecho a vivir apelando a su inferior inteligencia).

En "A dangerous idea" se señala que "la idea del ADN como la de un gen todopoderoso (sic)" fue severamente cuestionada cuando se descubrió que el llamado ADN basura es mayoritario, o sea que la mayor parte del genoma no codifica proteínas ni desempeña función conocida alguna. Precisamente, recientes investigaciones científicas (como las de Ewan Birney, coordinador del proyecto ENCODE) apuntan en sentido contrario: todo el genoma sería funcional, de modo que lo que pensábamos que no hacía nada parece estar implicado en la regulación de la expresión de los genes y en la organización de la arquitectura cromosómica. Pero aun suponiendo que existiera el ADN basura (se especulaba que fuese simple material parasitario de acompañamiento), ¿por qué habría de ello derivarse que no estamos fuertemente influidos por los genes?... Otro supuesto golpe a la religión genetista habría sido, según el panfleto, descubrir que el número de genes de los humanos (unos 20.000) era mucho más pequeño que el esperado inicialmente e incluso inferior al de otras especies animales y vegetales. ¿Pero eso acaso significa que no estemos en buena medida determinados genéticamente?... Antes también pensábamos que un cerebro más grande debía ser más inteligente, pero no necesariamente es así. Genoma y cerebro son realidades extremadamente complejas y todavía bastante desconocidas.

Podríamos definir al gen como cualquier trozo del genoma (el genoma humano tiene más de 3 mil millones de caracteres extraídos de un alfabeto de cinco letras -A, G, C, T y U- que son las bases nitrogenadas) que determina algún rasgo de un organismo vivo y se transmite a través de la herencia de generación en generación. Desde luego que no existe un gen del terrorismo o un gen de la creencia en Dios, pero sí que hay una mayor o menor predisposición genética a la agresividad, la impulsividad o la racionalidad que hace que algunas personas estén más inclinadas -la educación y la cultura dan el empujoncito- al ejercicio del terrorismo o la creencia en Dios (o a las dos cosas al mismo tiempo). Claro que no hay un gen de la inteligencia, puesto que se trata de un rasgo multifactorial definido por diferentes genes. Y por supuesto que el entorno influye, ya que el sustrato genético puede ser potenciado o inhibido culturalmente. Una propensión genética a una alta inteligencia puede verse truncada si quien la porta sufre malnutrición, no recibe adecuados cuidados médicos o no es estimulado intelectual y afectivamente en los primeros años de su vida. Eso explica que los tests de inteligencia realizados a individuos de los colectivos sociales más desfavorecidos suelan arrojar malos resultados. O sea, la pobreza perjudica a la inteligencia por la misma razón por la que el bienestar económico y social la favorece. Pero eso no debe hacernos olvidar que la inteligencia potencial viene de serie al nacer.

El experto en relaciones entre ciencia y religión Robert Pollack alerta de que no hemos aprendido nada de la capacidad humana para hacer el mal al nacido diferente, una capacidad supuestamente alimentada por ideas relacionadas con la genética. Ignora que esa propensión genocida está precisamente inscrita en nuestros genes y, por desgracia -¡aunque sin ella no estaríamos aquí!-, ha informado nuestra historia evolutiva. Quizá también desconozca que nuestros buenos instintos están igualmente impresos en nuestro genoma. Desde luego, ignorando la naturaleza humana (que es tanto cooperativa como egoísta y malvada) no aprenderemos demasiado y seguiremos tropezando con la misma piedra. Al final del programa se dice que es "muy liberador" descubrir que los genes no pintan mucho, ya que ello significa que a través de la educación podremos un día erradicar la violencia y el mal y alcanzar una Arcadia feliz e igualitaria: ¡todos seríamos compañeros y compañeras cooperadores y cooperadoras! Pero es falso que seamos hojas en blanco al nacer y que la educación pueda redimir a toda la humanidad (la psicopatía, que tiene un fundamento genético, es incorregible). Como bien dice Watson, "no podemos ser lo que queramos"... salvo que modifiquemos nuestra programación genética. Y es mejor saberlo para no llamarnos a engaño con quimeras irrealizables (unos sueños utópicos que, paradójicamente, nos han conducido a algunas de las más siniestras distopías).

En su ataque a los profetas del gen, los autores del documental han tenido la mala fe de poner inmediatamente después de un plano de Richard Dawkins hablando desde un estrado la imagen de un cartel de Monsanto, uno de los patrocinadores del acto en que participaba. El mensaje subliminal es evidente: "Ya veis los intereses espurios que hay detrás de estos fanáticos del gen". Es la guinda de un panfleto pseudocientífico que de manera singularmente grotesca, aunque con la mejor de las intenciones (poner freno a las idioteces supremacistas en la sociedad estadounidense), pretende hacer pasar como pseudociencia tanto a la genética como a la biología y la psicología evolucionarias.

(Mi agradecimiento al biólogo Antonio José Osuna Mascaró, autor de El error del pavo inglés, por su atenta lectura del texto y sus valiosas sugerencias)

domingo, 30 de abril de 2017

El bien, el mal y la selección natural

León en Namibia (Kevin Pluck).

Charles K. Fink recoge en su interesante artículo The predation argument la controvertida tesis del filósofo Steve Sapontzis de que un león hace el mal al matar a sus presas para alimentarse. Aunque, según Sapontzis (a cuyo planteamiento se adhiere Fink), la no condición de agente moral eximiría de culpa al temible félido y a cualquier otro depredador no humano: sería un caso equiparable al de un niño de dos años, que puede hacer cosas malas -por ejemplo, torturar a un gatito hasta la muerte- pero no por ello es malo sino inconsciente de la malignidad de sus actos.

El mal parece algo relativo e imposible de definir sin las anteojeras de la subjetividad humana, pero un enfoque utilitarista puede arrojar luz al fundarse en una verdad irrebatible: la de que toda criatura viva pugna por seguir viviendo, buscar el placer y eludir el dolor (aunque a veces se sacrifique por el bien común, que no dejaría de ser el propio en el caso de un superorganismo como una colmena). Matar o hacer sufrir a un ser vivo, ya sea por perversión o para sobrevivir, sería pues algo malo. La tortura a un gato no deja de ser menos atroz para el minino si quien la ejerce es un niño pequeño inconsciente en vez de un adulto sádico. La muerte de una gacela no deja de ser menos atroz para ella si es por la mordida de una leona -que con su carne alimentará a sus cachorros- o por el balazo de un cazador deportivo. Un acto malo lo es con independencia de la responsabilidad moral de quien lo ejerce. Por supuesto, a veces resulta necesario que un agente moral como el humano inflija daño o muerte, de igual modo que hace un león para sobrevivir, en pos de un bien moral: el ejemplo más claro es la autodefensa, ya sea frente a una bacteria nociva, un mosquito, un león -al que, obviamente, no podemos culpar de intentar darnos caza- o un congénere tóxico.

Por definición, la selección natural nunca se equivoca al segar lo que no es funcional para la supervivencia. No se ocupa de otra cosa ni hace juicio moral o de valor alguno (no podría hacerlo, puesto que carece de toda voluntad o inteligencia): simplemente elimina los rasgos que no favorecen la supervivencia, que desaparecen junto con sus portadores. Y lo cierto es que tanto las conductas bondadosas como las malévolas han sido seleccionadas por aportar ventajas a quienes las exhiben: los grupos cuyos individuos se ayudan mutuamente son más sólidos -en consecuencia, están mejor provistos para favorecer la supervivencia de sus integrantes- que aquellos donde cada uno va solo a lo suyo perjudicando y dañando a sus congéneres; por otro lado, también sabemos que la depredación es funcional, como lo son igualmente el engaño, el escaqueo y otras malas artes cuando logran pasar inadvertidos (que se lo digan si no al pájaro cuco -el que tima a otras aves para sacar adelante su prole- o a Donald Trump).

¿Es la senda humana (mejor dicho, la de los mamíferos más inteligentes) hacia la compasión y el sentimiento moral exclusiva de la vida en la Tierra? Sin salir de nuestro planeta, ¿podría haber dentro de 300.000 años superleones o supermapaches morales que se planteen la maldad de la depredación? Abandonando ahora nuestro hogar planetario, ¿habrá sido seleccionada la compasión en otros mundos con diferentes circunstancias geológicas, climáticas, biológicas o de cualquier otra índole? ¿Puede que tanto la compasión como la crueldad sean rasgos generalizables a cualquier escenario del Universo en el que haya prendido la inteligencia? De ser así, ¿habrá mundos en los que la compasión derrota a la crueldad (o sea, la primera es seleccionada naturalmente por una supuesta ventaja evolutiva sobre la segunda)?, ¿existirá siempre un equilibrio evolutivo entre ambas como el observado en la Tierra?, ¿acaso vencerá el mal en algunos lugares?...

Kent Baldner critica a Sapontzis por considerar que la depredación es inaceptable, ya que ello implica suponer que hay algo moralmente repugnante en la Naturaleza y que nosotros debemos enmendarle la plana (lo que, a su juicio, sería algo tremendamente arrogante). ¿Pero acaso no somos Naturaleza los humanos (o los hipotéticos seres inteligentes morales de otros mundos)?... Ya venimos corrigiendo a la Naturaleza desde hace mucho con los injertos de plantas, la domesticación de animales, la ropa, las vacunas, los antihistamínicos, la anestesia epidural, la calefacción, los anticonceptivos, la ingeniería genética...

No quiero terminar sin anticiparme al posible comentario jocoso de que comer vegetales sería hacer el mal (algunos enemigos del vegetarianismo ético parecen muy preocupados por el bienestar de las plantas). Siendo coherentes con el razonamiento de Sapontzis, por supuesto que lo sería: todo ser vivo, animal o vegetal, pugna por seguir viviendo. Como también sería un acto malo el ir andando por el campo sin mirar el suelo para evitar el aplastamiento de hormigas e incluso de plantas herbáceas. Es aquí cuando hay que traer a colación a Fernando Pessoa: "Un exceso de conciencia inhabilita para la vida". Nosotros no somos responsables de que el estado inicial y las leyes de este universo condujeran a la depredación (es más, ¡hemos sido fruto de esa evolución!). No habríamos nacido de no haber sido por todas las plagas y azotes del pasado, desde el impacto de un meteorito hace 65 millones de años hasta la Segunda Guerra Mundial pasando por el exterminio de los neandertales o la Peste Negra. Somos hijos de la depredación en un camino de perfección moral en el que solo podemos aspirar a reducir razonablemente, de manera compatible con nuestra supervivencia, la inevitable huella de sufrimiento que dejaremos a nuestro paso. Puede que esa misma condición moral acabe siendo disfuncional y llevándonos a la degeneración y la extinción, pero eso ya es competencia de la selección natural: ella, como siempre, dictará una sentencia inapelable.

lunes, 17 de abril de 2017

Un viaje hacia la perfección (acaso desde la nada) gracias a la selección natural

Flor de la camelia, por trishhartmann

Todo lo que existe en el reino de los seres vivos ha superado la criba de la selección natural o es una inadaptación condenada a desaparecer a corto plazo. Lo bueno y lo malo, lo hermoso y lo feo, lo adorable y lo odioso, lo compasivo y lo cruel, están ahí porque han sido funcionales para la supervivencia de sus portadores (salvo que se trate de inadaptaciones, efímeras por su propia naturaleza, tal como antes apunté). O sea, porque han permitido la adaptación de los organismos vivos a la evolución del Universo, a su vez determinada por su estado inicial y sus leyes. Fenómenos emergentes como la inteligencia, la consciencia y la moral se cuentan entre las grandes obras de una selección natural ciega, inconsciente y amoral que funciona simplemente por eliminación: las mutaciones no adaptativas son podadas sin piedad.

De esa manera tan sencilla e incluso tosca, mediante una constante e inmisericorde poda de mutaciones aparentemente aleatorias, la vida avanza en complejidad. Y digo "aparentemente" porque podría ser que no existiese la aleatoriedad y todo estuviera completamente determinado conforme a un estado inicial y unas ciertas leyes. En ese caso nada sería contingente sino necesario, fruto de la materialización de las únicas posibilidades permitidas. Porque el Universo no permite cualquier cosa (sí lo haría, por definición, un hipotético Multiverso constituido por todos los universos posibles).

El poderoso principio de la selección natural se puede generalizar a ámbitos prebióticos, anteriores a la vida (también a fenómenos emergentes de orden superior como las culturas y los memes): los agregados moleculares con capacidad para reproducirse fueron seleccionados, por razones obvias, en detrimento del resto. El principio se podría aplicar incluso a los universos: solo los universos autoconsistentes sobreviven, se expanden y permiten así el surgimiento de la vida, la inteligencia y lo que acaso pudiera venir después. Si así fuera, ya no solo seríamos la muestra viviente de tres mil millones de años de evolución sino también de una muy exigente selección previa de universos del infinito catálogo del Multiverso. Una carrera ciega, inconsciente y amoral hacia la perfección (¿inclusive la moral?), acaso desde la nada.

domingo, 2 de abril de 2017

¿Es nuestro universo una simulación?

Autor: EEIM

Un artículo del filósofo Jesús Zamora Bonilla en Mapping Ignorance, en el que despacha como absurda la hipótesis de que nuestro universo pueda ser una simulación informática, me ha tenido dándole vueltas a la mollera unos cuantos días (¡y él lo sabe!). Su colega sueco Nick Bostrom es el formulador del argumento de la simulación, lo que no significa que se posicione en favor de su existencia: lo que sostiene es que si una civilización superinteligente alcanza en el futuro un estadio de desarrollo tecnológico que permita hacer simulaciones de sus ancestros, existe interés en hacerlas y no hay tabú o reparo moral alguno que las frene, lo más probable es que estemos viviendo en una de esas simulaciones. ¿Por qué? Pues por una razón meramente estadística, ya que habría muchos más universos simulados que reales: bastaría una sola simulación de nuestro universo para que la probabilidad de estar viviendo en ella fuese del 50%, ya no hablemos de si fueran miles o millones...

Desde luego, si el Universo es un objeto digital (granulado, construido a partir de ceros y de unos como un ordenador) podría ser teóricamente computable. Otra cosa es que resulte físicamente imposible computarlo y ejecutarlo, al menos desde dentro de nuestro universo (por una limitación gödeliana), por mucha tecnología que se posea. También es posible que una civilización inteligente nunca llegue a adquirir los conocimientos y la tecnología suficientes al caer víctima de una supuesta "maldición de la inteligencia": un inevitable desfase entre desarrollo económico-tecnológico y educativo-cultural que la conduciría inexorablemente a su autodestrucción (por ejemplo, mediante una hecatombe nuclear). Sam Harris alerta precisamente en El fin de la fe de la siniestra combinación de creencias religiosas antiguas con armas de destrucción masiva modernas.

Un mapa no es el territorio, una foto del paisaje no es el paisaje, la maqueta de una casa no es la casa, la representación mental de un ábaco no es un ábaco: hay una relación isomórfica entre unos y otros que podríamos etiquetar como una representación virtual (por cierto, gracias a ella obtenemos un valioso conocimiento del mundo). ¿Pero y si no hubiera diferencias entre universos reales y simulados? Para hacer un simulador de vuelo no hace falta (ni siquiera es deseable, por razones de coste) que la precisión sea absoluta: lo ideal sería que fuese indistinguible de una situación real, pero sin el riesgo de resultar herido o muerto por estrellarte contra el suelo. Sin embargo, para simular un universo podría ser necesario reproducir exactamente todos y cada uno de sus rasgos.

Parece una labor titánica programar todo un universo paso a paso, pero no es necesario ser tan intervencionista: solo habría que establecer un estado inicial y unas pocas y simples reglas básicas para que evolucione (si ello fuera posible, tal como apunté dos párrafos atrás, ya que habría que comprimir una ingente cantidad de matería-energía en un punto microscópico). Dicho de otro modo, no hace falta computar la complejidad: esta emerge luego por añadidura, fruto de la simplicidad. Pongamos que disponemos de un catálogo infinito de universos en el Multiverso, una lista fija en la que la vida inteligente solo aparece en un número relativamente muy pequeño de universos (una cifra que, no obstante, seguiría siendo infinita). Reproduciendo su estado inicial y sus reglas, un determinado universo podría ser alumbrado una y otra vez. Carecería de sentido hablar de universos reales y simulados porque no habría diferencia alguna entre ellos: como no la hay entre un electrón producido naturalmente (por ejemplo, en una desintegración radiactiva o en el choque de un rayo cósmico con la atmósfera terrestre) y otro generado artificialmente en un acelerador de partículas. En cualquier caso, real o simulado, todo universo tendría que ser computable (en el Multiverso habría pues un conjunto de universos no computables que, debido precisamente a este rasgo, jamás llegarían a ser sustanciados físicamente: entre ellos figuran los que el físico israelí David Deutsch -autor de La estructura de la realidad- llama entornos CantGoTu, en homenaje a Cantor, Gödel y Turing). La principal dificultad estribaría en determinar cuáles son los sencillos parámetros exactos del universo concreto que queremos replicar.

El experto en ciencias de la computación Jürgen Schmidhuber apunta que sería más fácil programar un ordenador para producir todos los posibles universos computables que programarlo para irlos creando uno a uno (lo cuenta Brian Greene en La realidad oculta: Universos paralelos y las profundas leyes del Cosmos). Cada universo concreto por separado requeriría especificar previamente en el ordenador una cantidad enorme de datos, para a través de un complejo proceso de cálculo intentar extraer de la inmensa duna del espacio de fases el diminuto grano de arena correspondiente al estado inicial y reglas de ese particular universo y no de cualquier otro. La alternativa sería dejar que se ejecutase un programa maestro que incluyera todas las posibles variables: más tarde o más temprano aparecerían todos los universos posibles, entre ellos el o los deseados por el programador.

He de reconocer que una seria objeción a la posibilidad de estar viviendo en una simulación es que hay detalles de nuestro universo que no se explicarían, por ser innecesarios, si se tratase de una simulación: esta parece, contra toda lógica, demasiado perfecta y costosa. Pero esta pega se desvanece si no hubiese distinción entre universos reales y simulados. Quizá todo sea necesario en un universo y no haya lugar para la contingencia. No es contigente que yo me apellide Fabelo y esté ahora tecleando esto en mi portátil, ni lo es que el teclado exhiba ahora mismo una mota de polvo sobre la letra J: de otro modo, no sería el yo de este universo. En un universo simulado todo sería también necesario, desde un cuásar a una brizna de hierba pasando por un golazo de Tana con la Unión Deportiva La Palmas en el Santiago Bernabéu.

Aunque no parece físicamente posible la interacción del programador con su universo replicado (ni siquiera sería capaz de observarlo cual entomólogo a un insectario, al proyectarse ese universo en una región espaciotemporal desgajada de la suya en forma de burbuja independiente), ello no obsta para que la simulación tenga un propósito lúdico. Según el físico ruso Andrei Linde, uno de los teóricos del universo inflacionario, el simple hecho de jugar a Dios (aunque fuese un creador ausente e ignorante de la evolución de su creación) ya sería por sí mismo irresistible. Y aunque no pudiéramos contemplar un universo, su creación marcaría un hito científico ante el cual quedarían empequeñecidas hazañas como descifrar el ADN, pisar Marte o entablar contacto con alienígenas.

Bajemos ahora algunos peldaños desde el hipotético pedestal de simuladores de universos completos (en los que, a su debido tiempo, emergen criaturas conscientes como nosotros). ¿Serían posibles simulaciones personalizadas, paraísos virtuales sin alcance cósmico como el San Junípero de la serie Black Mirror, aunque con el potencial no menos modesto de esquivar a la muerte? Para acceder a estas simulaciones más de andar por casa habría que conectar el cerebro de sus participantes a un ordenador, que permitiría la interacción con el mundo simulado aunque su cuerpo estuviera postrado en una cama. Ni siquiera haría falta un interfaz cerebro-ordenador si la mente del participante pudiese ser descargada y almacenada directamente en la computadora (en La conciencia explicada, el filósofo materialista Daniel Dennet no lo considera un imposible): en ese caso podría prescindirse de su cuerpo, lo que equivale a decir que podría morir en el espacio-tiempo pero seguir vivo en la simulación. Al no estar constreñido por la realidad física (aunque la simulación colgaría de un hardware o servidor en el mundo real del que dependería su continuidad), el usuario tendría la oportunidad de asomarse a mundos etéreos con unicornios, gnomos, huríes, cielos verdosos, nubes amarillas o lagos de Mirinda; mundos imaginarios necesariamente computables, aunque tan irreproducibles en el espacio-tiempo como las andanzas de Mario Bros. Esas mentes digitalizadas podrían luego ser conectadas a otras simulaciones e incluso transferidas a un cuerpo de diseño en el mundo físico. No podemos descartar que nosotros mismos seamos habitantes virtuales de una simulación de este tipo, "cerebros en una cubeta".

Para cerrar con el mismo tono abiertamente especulativo, nada mejor que convocar a Michio Kaku: el físico y cosmólogo californiano sugiere que quizá en un futuro lejano puedan empalmarse a voluntad líneas de tiempo de distintos universos, de modo que la recreación de la vida de una persona del pasado abandone una senda multiversal para tomar otra (por ejemplo, matriculándose a los 18 años en la universidad para estudiar Física en vez de Economía, o casándose con Perica en vez de con Mengana, con lo que su futuro sería diferente). En ese caso no tendría sentido que el manipulador de las líneas de tiempo no fuera también un observador externo de las andanzas de su elegido. Quién sabe...

Volviendo al artículo de Zamora Bonilla, este escribe con razón que por cada idea loca que luego ha resultado ser correcta (por ejemplo, el origen común de las especies, el giro de la Tierra en torno al Sol o la composición atómica de la materia) hay miles de ellas que han pasado a la historia como estupideces o tonterías. Claro que el escepticismo es sano y necesario, pero sin ideas audaces aparentemente disparatadas como las anteriores (y también como la de que el tiempo se detiene a la velocidad de la luz, la de que espacio y tiempo forman un único tejido que está curvado o la de que todo proviene de una singularidad microscópica en la que estaba condensada la materia-energía del Universo) no avanza la ciencia.

sábado, 18 de marzo de 2017

Breve chateo con el escritor y crítico Eduardo L. (con irrupción oral de Samuel R.) sobre la cosecha literaria de 2016

N.F.: -Hablemos de literatura, Eduardo.

E.L.: -Ya sabes que yo soy mucho de Stephan Zweig, Philippe Roth, José Luis Borges y Virginia Wolf.

N.F.: -Orgullo respectivo de Eslovaquia, Escocia, Uruguay y Bélgica, ciertamente... Pues a mí este último año me han cautivado Gyor Husanyi, Dyson Torricelli, Pascal Degrelle, Hugh T. Barks, Olujimi Magamo y Keiko Tagasaki.

E.L.: -No están mal. Aunque te olvidas de Patxi Amurrio, Jordi Samarcanda, Xosé Escalivada, Martín Afeira, Jacinto Tallarín y Luis P.

N.F.: -Bueno, eso en lo tocante a la literatura patria. En cuanto a latinoamericanos, destacaría al paraguayo Guido Dacosta, el dominicano Fenowsky Ríos y el peruano Toño Minamoto... sin olvidarnos de dos grandes promesas brasileñas: Orlando Kleber y Tancredo Marinetti.

E.L.: -Tancredo Marinetti es un must. Me gustó especialmente su Brújulas desnortadas, con prólogo de Mauricio Estuart Millás.

N.F.: -La llevó al cine magistralmente el chileno Eduardo Wilczek. No confundir con su hermano, el artista conceptual René Wilczek, autor de la performance "Arauconvoy Express con sacarina".

E.L.: -Sí, en el ensayo Una generación eximida, Braulio Napalm, en un demoledor epílogo, ensalza el trabajo de los Wilczek. Léelo.

N.F.: -A las tertulias en casa de los Wilczek a principios del milenio iban músicos, pintores, exégetas, epistemólogos, polígrafos... São Paulo era una fiesta, como ilustra el cuadro ya icónico de Darsy Gonçalves (curiosamente, un carioca entre tanto paulista)... Por cierto, Eduardo, apenas hemos hablado de mujeres. Del otro lado del charco quizá haya que apuntar a la chilena Joanna Basterreche (prestigiosa antropóloga, por otra parte) y la mexicana Lía Jaramillo. Y en nuestro país sería injusto no mentar a plumas femeninas prometedoras como Alexandra Riesco, Mafalda Campmany, Olga Carrio (poeta de moda en lengua asturiana) y, por qué no, mi paisana tinerfeña Jero Betancor (que además presenta un programa literario en el prime time de la televisión autonómica canaria)... ¿Eduardo?... ¿Te has ido?...

S.R.: (su voz sale a través del Amazon Echo) -Buenas tardes, soy Samuel R. y me gustaría matizar vuestros comentarios. ¿Tancredo un must?... Lamento no compartir ese punto de vista. A mí me parece más bien un bluf. Pongo sobre la mesa a Roberto Marinoswky, injustamente olvidado. En una de mis visitas a esas entrañables casetas de la Cuesta de Moya, escuché a Andrés Trampiello nombrarlo entre susurros, apenas tuve el tiempo justo de arrebatarle la pieza. Un tronco del que sacar muchas astillas. Y qué decir de Yeray Panero, el último de la saga, una última aparición del destello de la familia en Agaete, aún no se sabe quién fue realmente el padre. ¡Aaaamigooo!... Seguro que eso no se lo esperaban...

N.F.: Yeray Panero: ¡olvido imperdonable el mío! Creo que hiciste una crítica de su Vomitando que es gerundio en tu espacio radiofónico.

S.R.: Potando que es gerundio.

N.F.: ¿Es verosímil el rumor de que su padre podría ser el alicatador de El Goro Johnatan Panero?

S.R.: Se cree que es hijo de una camarera ebria del parque San Telmo.

(se corta la conexión)

martes, 7 de marzo de 2017

Enseñanzas vitales del fútbol (a través de mi Unión Deportiva Las Palmas)


El fútbol profesional es un deporte que en demasiadas ocasiones no se caracteriza precisamente por su ejemplaridad: tenemos jugadores chulescos solo interesados en coleccionar coches deportivos y mujeres-modelo (de pasarela, no de conducta), presidentes de dudosa moralidad implicados en turbios asuntos económicos, gamberros y descerebrados que encuentran una causa para el ejercicio de la violencia... Se me hace difícil proponer a mi hijo como ejemplo de comportamiento a alguien de este mundillo. Pero, como en todo lo relativo al ser humano, también hay una cara amable e incluso modélica.

Como seguidor desde niño de la Unión Deportiva Las Palmas, puedo afirmar que el fútbol me ha dado a través de las andanzas de mi equipo valiosas lecciones y ejemplos. Sobre todo, en los últimos años. Empezando por un grande como Juan Carlos Valerón, un tipo al que confiarías el cuidado de un ser querido o comprarías un coche usado sin dudarlo. Que en sus más de 20 años de carrera nunca fuese expulsado de un campo de juego y estuviese siete años sin ver una tarjeta amarilla -por cierto, fue un error del árbitro enseñársela- dice mucho de la deportividad de este futbolista por otro lado extraordinario en el manejo del balón y el pase: todo un fenómeno que pasó de jugar a la pelota en las playas de Arguineguín a disputar un Mundial con la selección española, para acabar finalmente colgando las botas en el club de su tierra. Sin dobleces, con la misma humildad y simpatía en todo momento, tenga enfrente al paisano de su pueblo natal o al rey de España.

Del caso de Valerón podemos extraer varias enseñanzas muy útiles. La primera es que estamos siempre al albur de gente mediocre que puede truncar una trayectoria profesional con su necedad y poco criterio. Un entrenador local de medio pelo de cuyo nombre es imposible acordarse llegó a decir de Juan Carlos cuando era un adolescente: "Este chico no vale para el fútbol". La autoconfianza, que se alimenta sobre todo de la confianza de los demás, es fundamental. Viene ahora a cuento el curioso sesgo cognitivo de Dunning-Kruger, merced al cual las personas incompetentes sobrestiman mucho sus habilidades mientras que las competentes subestiman las suyas. La segunda enseñanza es que si el bueno de Valerón hubiera tenido un carácter más agresivo en su juego (caso de su paisano Silva, que se bregó en el rocoso Éibar) quizá hubiese llegado más alto, al Olimpo del balompié donde moran los Pelé, Maradona, Cruyff o Messi. Pero hay una tercera enseñanza relacionada con esta segunda: lo más importante es disfrutar, pasarlo bien haciendo lo que te gusta, llegues o no a lo más alto. Y Valerón ha disfrutado -y hecho disfrutar a los aficionados de los equipos en los que ha militado- de lo lindo.

Es obvio que la felicidad no la proporciona el dinero, ni siquiera la victoria o el convertirse en el número uno: es mucho más importante sentirte valorado y querido. Que se lo digan si no al germano-ghanés Kevin Prince Boateng, que ha encontrado en la isla el equilibrio personal que le faltaba y ha vuelto a gozar como un niño con un balón sobre el campo. Y también al exmadridista Jesé Rodríguez, que ha preferido cobrar mucho menos a cambio de defender en medio del calor de sus paisanos el escudo amarillo que nunca había lucido (el Real Madrid se lo llevó a la capital a la edad de 14 años, cuando jugaba en el equipo de barrio Huracán). El arraigo, la buena convivencia y el estar a gusto con lo que uno hace son ingredientes mucho más decisivos para el bienestar personal que un puñado de dólares/euros o una larga hilera de trofeos.

La historia del club amarillo ilustra a la perfección que la vida da muchas vueltas, que hoy estás arriba pero mañana puedes estar casi abajo del todo. Estuvimos 19 años seguidos en Primera, nos fuimos a Segunda y más tarde a Segunda B. Volveríamos a Primera, pero el caprichoso destino nos tenía reservado un nuevo descenso a Segunda y a Segunda B antes de retornar en 2015. Fue un año después de lo previsto, porque nadie pudo imaginarse el gol del Córdoba en los últimos segundos de aquel partido para olvidar -el de la invasión de campo y los disturbios posteriores- que llevó a los andaluces a Primera en detrimento de los nuestros. Estas vueltas no solo se dan en los equipos sino en los jugadores: Roque Mesa estuvo a punto de dejar el fútbol tras quedarse sin equipo en 2008, Johnatan Viera parecía condenado a la mediocridad tras su discreto paso por Valencia y Rayo Vallecano y su lánguida etapa en un equipo de una liga menor (el Standard de Lieja belga), Tana no veía la oportunidad de demostrar su enorme calidad (se la dio Quique Setién al sacarlo del banquillo), a sus 25 años parecía que David Simón nunca saltaría al primer equipo desde el filial...

Clave importante: perseverar en la pelea por lo que quieres. Es lo que hizo la directiva de la Unión Deportiva -hay que reconocer el tesón del presidente Miguel Ángel Ramirez- tras el varapalo del Córdoba: había que seguir intentándolo y lo conseguimos al año siguiente. Es lo que hizo Roque Mesa a pesar de las circunstancias adversas, que parecían invitarle a dedicarse a otra cosa. Hay que aprender de las derrotas y nunca rendirse si creemos en lo que hacemos. Y es mejor cosechar los éxitos paso a paso y no mediante atajos: el Córdoba solo estuvo un año en Primera y ahora -con la Unión Deportiva por fin entre los grandes tras tanto sufrimiento- se debate para no bajar a la Segunda B. Todo requiere de una preparación, un tiempo de cocción, una fase de asentamiento... Pasito a pasito, sin prisa pero sin pausa, madurando y ganando confianza progresivamente.

Otra enseñanza tiene que ver con la suerte, que por definición no puede ser siempre adversa. Si haces algo bien y perseveras, la suerte acabará por sonreírte. No es filosofía barata de coaching sino una mera constatación estadística: la mala suerte tiende a compensarse a la larga con la buena, es improbabilísimo que te salgan cinco cruces seguidas en el lanzamiento de una moneda al aire. Por supuesto, es fundamental que se te abra una ventana de oportunidad, como las que permitieron colarse en el once amarillo a Tana, Roque Mesa o David Simón. Detrás del ascenso a Primera en 2015 de la Unión Deportiva (un año después de la desgracia frente al Córdoba) parece estar la misma ley de compensación de la injusticia que empujó al Deportivo a ganar la Liga en 2000 (seis años después de haberla perdido en el último segundo por un penalti fallido) y que hará que el Girona suba este año a Primera (tras varios reveses sucesivos) y el Atlético de Madrid se alce por fin con su ansiada Copa de Europa. El tópico de "La vida me debe una" parece encerrar una verdad, no solo en el ámbito del fútbol.

La siguiente lección es que hay que ser fiel a uno mismo. Lo contrario es una apuesta condenada al fracaso. Esto es algo que siempre ha tenido muy claro el entrenador Quique Setién. Nuestro fútbol es de toque y control, de ir ganando metros y buscando espacios. Intentar jugar al pelotazo no está inscrito en el ADN del futbolista canario y nunca ha sido del gusto de nuestro público, sería casi como ir contra natura. Una seña de identidad de la Unión Deportiva Las Palmas es su apuesta por la cantera. Este club perdería su alma si  algún día su plantilla no estuviera compuesta en su mayoría por jugadores de las islas. Aquí quiero sacar a colación un libro del filósofo y psicólogo danés Svend Brinkmann, Stand Firm: Resisting the Self-Improvement Craze, que a contracorriente aboga por autoaceptarnos tal cual somos y mantenernos firmes en nuestro carácter en lugar de estar reinventándonos y buscando luz en nuestro interior constantemente (uno de los mandamientos de la religión coach promovida por la industria editorial de la autoayuda).

Otra cosa que he aprendido con el balompié es que nadie está en posesión de toda la verdad. Basta haber visto cualquier partido y escuchar o leer luego los comentarios de uno y otro lado. Los relatos son muy diferentes, frecuentemente opuestos. Por desgracia, abundan los periodistas cuyo forofismo les hace ver conspiraciones arbitrales inexistentes. Sus palabras pueden ser muy nocivas, al transmitir a la gente una paranoia injustificada que no pocas veces se traduce en hostilidad y violencia. Es cierto que los árbitros han perjudicado a la Unión Deportiva esta temporada en algunos partidos muy concretos (todo el mundo se equivoca), pero es absurdo inferir complós o mala fe sistemática en nuestra contra. Algún trencilla puede estar predipuesto por algún motivo personal (acaso un grancanario le robó la novia) contra la Unión Deportiva o alguno de sus jugadores, pero no se puede generalizar a partir de algo puntual.

La enseñanza más grata la he dejado para el final: es la de que si te propones metas realizables puedes alcanzarlas aunque parezcan inicialmente una quimera. ¿Alguien hubiera dicho en 2005, con el equipo en Segunda B y casi arruinado, que doce años más tarde estaríamos a punto de ganar en el estadio Santiago Bernabéu (una de nuestras asignaturas pendientes), bailando al Real Madrid con un equipo con ocho canarios sobre el campo? Íbamos venciendo 1-3 a falta de tres minutos, casi lo conseguimos... Hubimos de conformarnos con un empate, pero ya conseguiremos asaltar ese estadio más tarde o más temprano. Y por qué no, si seguimos haciendo bien las cosas en el plano económico y deportivo, aspirar a metas más altas que ahora suenan irrealizables (yo siempre he soñado con un título e intuyo que llegaré a verlo). Porque la humildad no está reñida con la sana ambición. En fin, ¡pío, pío!

sábado, 25 de febrero de 2017

En torno al misterio de los tres mundos de Roger Penrose



El físico, matemático y cosmólogo británico Roger Penrose se confiesa desde hace tiempo profundamente intrigado por la relación existente entre tres ámbitos muy distintos de la realidad: el matemático, el físico y el mental. Fruto de esa inquietud intelectual fue su libro de 2004 El camino a la realidad: Una guía completa a las leyes del Universo.

El punto de partida de la perplejidad de Penrose es el siguiente: las Matemáticas se ajustan como un guante a la Física, pero esta solo necesita una pequeña parte de aquella para ser perfectamente descrita. Dicho de otro modo, la mayoría de las construcciones matemáticas no parece tener relación alguna con el mundo físico: no hacen falta para explicarlo, al menos hasta donde conocemos. La cosa sería diferente si la realidad física se extendiera más allá de nuestro universo y de las cuatro dimensiones -tres espaciales y una temporal- con las que estamos familiarizados. La teoría de cuerdas se fundamenta en la existencia de dimensiones ocultas no desplegadas, que nuestro cerebro no puede concebir pero que son perfectamente manejables matemáticamente. Por otra parte, cuando se descubrieron -¡nadie los inventó!- los números complejos se desconocía que tuvieran alguna aplicación física y fueron considerados un simple artificio o rareza matemática. Ahora sabemos que sin los números complejos, construidos a partir de la aparentemente ilógica raíz cuadrada de -1, no es posible explicar la mecánica cuántica: desempeñan un papel fundamental en la descripción de nuestro mundo (un universo generado a partir de la superposición compleja de todos sus posibles estados en el inimaginable espacio infinito multidimensional de Hilbert donde mora la llamada función de onda). Podría ser que todo el mundo matemático se sustanciara en algún tipo de realidad física, buena parte de la cual nos desbordaría (por ejemplo, un Universo de 11 dimensiones como el de la teoría M de cuerdas), de modo que no hubiera región alguna de la Matemática sin un correlato físico. Pero también es posible que existan ámbitos matemáticos etéreos, sin correspondencia física alguna.

El tercer ámbito de la realidad es la conciencia, que parece un fenómeno minoritario dentro del mundo físico del que emerge; siempre y cuando no adoptemos un enfoque neopampsiquista como el sugerido por el filósofo australiano David Chalmers, conforme al cual toda entidad física procesadora de información -lo que incluiría un sencillo termostato y acaso toda partícula elemental- tendría conciencia. La posible correspondencia entre mundo físico y conciencia bajo un paradigma pampsiquista sería iluminadora a este respecto: toda realidad física tendría un correlato mental (por muy primario que fuese), así como toda realidad matemática podría tener un correlato físico.

Triángulo imposible de Escher.


Cerrando el triángulo de manera paradójica (como el famoso triángulo de Escher), la Matemática solo representa una pequeña parte del fenómeno de la conciencia: esta va descubriendo a aquella, apartando velos e iluminando terra incognita en ese ámbito, pero es mucho más amplia. Penrose aventura un hipotético componente no algorítmico en nuestra mente, una especie de conexión directa al mundo matemático que nos hace ver como ciertas verdades indemostrables internamente y supuestamente vedadas a toda inteligencia artificial (IA): solo la inteligencia orgánica tendría ese don de la intuición que permite saber cuándo una partida de ajedrez está casi ganada o entender el carácter infinito de los números naturales; solo la inteligencia orgánica, y no una basada en una mera computación o cálculo algorítmico, sería capaz de comprender y ser consciente (aquí choca Penrose con la tesis de la IA fuerte, que no ve obstáculo a que una máquina adquiera conciencia). Ese presunto componente no computacional de la mente permitiría a esta autorreferenciarse, sorteando así la limitacion impuesta a todo sistema por el teorema de incompletitud de Gödel (que prueba que ni siquiera las matemáticas son completas, al contener verdades no demostrables desde dentro). Porque cuando un ser consciente sabe algo, no solo lo sabe sino que sabe que lo sabe. Y sabe que sabe que lo sabe... y así sucesivamente en una regresión infinita.

¿Cuál es la solución a este rompecabezas? ¿Hay algo subyacente a esos tres mundos que desconocemos? Lo que Penrose tiene claro es que la Matemática es una verdad objetiva eterna previa tanto a la realidad física como a la mental: la suya es una visión platónica. Hace 12 mil millones de años no había conciencia alguna en este universo nuestro, y antes del Big Bang (lo pongo en cursiva porque es absurdo utilizar un adverbio de tiempo cuando no existe el tiempo) ni siquiera había mundo físico. Pero la Matemática es una realidad intemporal que está ahí (lo pongo también en cursiva porque es absurdo utilizar un adverbio de lugar cuando no existe el espacio). La interpretación canónica de la mecánica cuántica sostiene que la realidad no se alumbra, o sea que no colapsa la función de onda en alguna de sus posibilidades (por ejemplo, en la cara o la cruz de una moneda), a menos que un observador consciente interactúe con ella. Entonces, ¿se podría decir que el Universo no existía -que solo estaba en una nebulosa superposición de todas sus posibilidades- antes de la emergencia de su primer observador?...

martes, 14 de febrero de 2017

Preguntas y respuestas dentro del Universo


El Universo es un objeto complejo con abundante información que funciona conforme a determinadas reglas o leyes. Hay un orden, lo que parece evidente pero no tendría por qué ser así: de hecho, el propio Albert Einstein se sorprendía de que pudiese ser explicado y entendido: "Lo más incomprensible del Universo es que sea comprensible".

Para responder en este mundo a preguntas como los "qué", "quién", "cuándo", "dónde", "cómo" o "cuánto" disponemos los humanos, además de inteligencia natural (igual que los demás animales), de una útil herramienta llamada ciencia que se fundamenta en la observación, la razón y un estricto método. La serpiente es, según la ciencia, un reptil del orden Squamata originado hace unos 140 millones de años a partir probablemente de la evolución de algún lagarto acuático. Pero según una herramienta alternativa de abordaje de la realidad que podríamos etiquetar como religión-tradición-superchería, la serpiente es un animal castigado por Dios a arrastrarse sobre su vientre por haber incitado verbalmente a la primera mujer -a su vez hecha de la costilla del primer hombre, creado el mismo día que la serpiente y solo seis después del supuesto inicio del Universo- a comer una fruta prohibida.

Los "para qué" también pueden ser respondidos por la ciencia sacando de su chistera el potentísimo concepto de selección natural. En tiempos precientíficos nos encomendábamos a la religión o la teleología de Aristóteles, quien sostenía que todo tenía un propósito en la Naturaleza. Víctima de ese ingenuo teleologismo, un teólogo cristiano llegó a decir en el siglo XVIII que Dios había dispuesto que los conejos tuvieran la cola blanca para que los humanos pudiéramos cazarlos más fácilmente. Entonces, ¿para qué tienen colmillos grandes los leones, largas patas las gacelas o cerebros potentes los humanos? Usando la luminosa lámpara de Charles Darwin, solo hay una respuesta inequívoca: para sobrevivir. ¡Pero no es que tengan esos rasgos para sobrevivir, sino que gracias a ellos han sobrevivido -y transmitido sus genes- y por eso los tienen!

Muchos "por qué" tienen también una respuesta científica (otra cosa es que los humanos aún no la hayamos encontrado). Dentro de este género de interrogantes se incluirían el por qué la Tierra está a 149 millones de kilómetros del Sol, por qué hay oxígeno en la atmósfera terrestre, por qué existen los psicópatas o incluso por qué la bandera catalana tiene barras amarillas y rojas. Siempre hay una explicación fisicalista final (hasta donde conocemos) a todo, pero la respuesta sensata a las tres preguntas anteriores ha de darse en ámbitos diferentes: la primera debe ser competencia de la Física (tiene que ver con la masa de nuestra estrella y de los discos protoplanetarios de polvo y gas que gravitaban en torno a ella durante la formación del sistema solar); en la segunda hay que convocar a la Química y la Biología (las cianobacterias fueron, con su respiración, las que oxigenaron la atmósfera terrestre hace más de dos mil millones de años); en la tercera, a la Biología (la psicopatía es un rasgo premiado por la selección natural por otorgar una ventaja a sus portadores); y en la cuarta, solamente a la Historia y acaso la Psicología (esa curiosa anécdota probablemente legendaria del escudo dorado de Wifredo el Velloso que quedó manchado de rojo por su sangre en una batalla). La respuesta genérica fisicalista a estos cuatro casos sería la de "porque necesariamente había de ser así conforme al estado inicial del Universo y sus leyes": determinismo y reduccionismo extremos, pero no por ello menos ciertos.

¿Y por qué ese estado inicial y esas reglas?... Aquí las respuestas parecen resistirse. Recurriendo al comodín del principio antrópico, podemos ofrecer una explicación a por qué la constante gravitatoria tiene el valor que tiene y no cualquier otro o por qué la masa y la carga del electrón son las que son y no otras: ¡pues porque de lo contrario no estaríamos aquí para contarlo! La existencia del Multiverso nos permitiría entender que no hay nada raro en esto: hay infinidad de universos con parámetros físicos diferentes y nosotros vivimos en uno de ellos que, por razones obvias, es compatible con nuestra existencia. Por supuesto, esto va más allá de la ciencia y de momento cae dentro del ámbito de la metafísica (lo que no obsta para que pueda ser cierto).

Otro tipo de respuesta al "por qué" es sencillamente "porque sí", caso de toparnos con verdades absolutas evidentes cuya negación es ilógica (tautologías): no otra respuesta puede darse a la pregunta de por qué 2 más 2 es igual a 4 o a la de por qué la raíz cuadrada de 9 es 3. Por mucho que las Matemáticas sean incompletas en el sentido apuntado y demostrado por Gödel (o sea, que haya proposiciones lógico-matemáticas que no puedan ser demostradas matemáticamente), es inconcebible que 2 más 2 sea 5. Y por muy florido que sea el Multiverso, este no puede contener universos en los que la raíz cuadrada de 9 sea 4. El físico y matemático Roger Penrose sugiere que hay una realidad platónico-matemática que trasciende el mundo físico, a la cual estaríamos conectados los humanos -como toda criatura consciente incrustada en el espacio-tiempo- de tal modo que percibimos verdades indiscutibles que no son internamente demostrables.

En fin, no dejemos de hacer todo tipo de preguntas mientras sigamos actuando conscientemente dentro del Universo. ¡Preguntad, preguntad, malditos! Eso sí, procuren ustedes encontrar respuestas racionalmente (sobre todo, por la cuenta que les trae).

domingo, 5 de febrero de 2017

Tabaco, adolescentes y estupidez humana


Cada vez que paso por delante de un instituto y veo a chavales fumando para hacerse los guays me asaltan emociones que van desde la lástima hasta el desprecio. Que predomine esto último depende del rictus del fumador, que suele decir mucho de su carácter: he de reconocer que mi empatía hacia el malote o el chulo (da igual su edad) es muy baja, relacionada inversamente con mi simpatía por las compañías tabaqueras en caso de que fume.

Estupidez, ignorancia, irresponsabilidad, inseguridad, inestabilidad emocional, gregarismo, vanidad, rebeldía, falta de escrúpulos (en lo tocante a su producción y distribución)... Todas estas cosas, entre otras igualmente familiares para los humanos, guardan relación con el tabaco. Auténticas lecciones de psicología y sociología pueden extraerse del consumo de esta droga de origen americano que inicialmente fue condenada por la Iglesia católica, la cual llegó a dictar excomunión para los fumadores: ¡Algo diabólico debía haber en la exhalación de humo por boca y narices!

No es sorprendente que un ser supuestamente racional se dedique a ingerir de manera voluntaria sustancias nocivas, ya que no todo es malo en dicho consumo. Junto a la cara B del deterioro de la salud, en toda droga legal o ilegal hay también una cara A: pueden ser temporalmente fuente de sosiego, concentración, autoconfianza, inspiración o felicidad, además de aliviar el dolor y el sufrimiento. Pero parece claro que tanto la dependencia física y psicológica como el daño a la salud propia desaconsejan un consumo que no sea esporádico o puntual (cuestión aparte es su uso terapéutico, caso de la marihuana o los opiáceos).

Obviamente, desde una genuina óptica liberal, cada uno tiene derecho a hacer con su vida lo que le plazca con el único límite del respeto al prójimo. Si alguien quiere drogarse, nadie es quien para impedírselo salvo que cause un perjuicio a terceros, por ejemplo pretendiendo conducir a continuación (en cuyo caso la ley debería ser implacable). Eso sí, los poderes públicos están obligados a informarle de sus consecuencias y deberían regular el comercio de estas sustancias e incluso monopolizarlo (para que algunas drogas sean expendidas por estanqueros en vez de por desaprensivos e indeseables). Es absurdo derrochar energías en perseguir a quien quiere drogarse, tanto como multar a quien no lleva puesto el cinturón de seguridad en el coche o va sin casco sobre la moto (equivalente a sancionar a quien solo come bollería y hamburguesas o se dedica a la escalada libre o las apuestas on line). La policía y los jueces tienen cosas mucho más serias de que preocuparse.

En el caso del tabaco, el componente social es muy importante para enganchar a los más jóvenes. Eso bien lo saben los directivos de las compañías tabaqueras, que han encontrado en los ídolos del cine y la música la mejor manera de compensar la prohibición de toda publicidad o patrocinio. Porque cada vez que sale en la tele un actor o un cantante famoso fumando durante unos segundos, anula de golpe los millones de euros o dólares invertidos en campañas antitabaco. El malote exhalando humo sigue siendo, por desgracia, una figura atractiva (también lo son, para un sector más cultivado de la juventud, el pensador rebelde y el creador heterodoxo, complejo y maldito tipo Panero). Parte de la culpa la tiene una industria audiovisual y musical de masas que exalta, además de la burricie cool y la mera búsqueda de la fama y el dinero, la figura del tipo duro y el macarra (desde las películas de Chuck Norris y Steven Seagal hasta el rap y el reggaetón). Un amigo me dijo una vez con algo de sorna que habría que promover el consumo del tabaco y otras drogas entre la gente irrespetuosa y violenta para hacer así un favor a la sociedad. Si la droga consumida por el macarra es el alcohol, yo sugeriría habilitar circuitos especiales para la posterior conducción donde no puedan causarse daños a terceros: más que en el Jarama o Montmeló, pienso en carreteras con terminación abrupta en lo alto de un acantilado...

Hay dos maneras de aprender: la sabia (siguiendo el consejo y ejemplo de los demás) y la estúpida (llevándose directamente la hostia por ignorar consejos y ejemplos). Por desgracia, siempre habrá gente -buena y mala- que tome esta segunda ruta. Para ayudar a los buenos chicos a tener un aprendizaje no traumático de los daños del tabaco hay que informar adecuadamente tanto en casa como en la escuela. Pero el problema es el ya señalado en el párrafo anterior: la televisión (¡por no hablar de Internet!) es un medio de socialización mucho más potente que el sistema educativo y promueve valores en conflicto con los transmitidos en las aulas. Las amistades (los pares, como dirían los sociólogos) también influyen mucho en la conducta de un adolescente, un ser especialmente necesitado de aceptación social que podría estar dispuesto a cometer más de un disparate a cambio de ella. Destruir toda esa aureola mítica del malote (y, también, del pensador y el creador rebelde) haría mucho bien, pero parece difícil en un mundo donde tienen tanto predicamento popular individuos como Chris Brown, Don Omar o Benzema. Y donde 60 millones de estadounidenses votan a un tipo como Donald Trump.

Creo que la solución debe articularse en dos pilares: uno informativo y otro propagandístico. Por un lado, hay que inquirir directamente a los chicos y chicas: ¿Quieres joderte la salud, levantarte todas las mañanas tosiendo y con un aliento apestoso y, encima, gastarte una pasta en esta mierda adictiva que contribuirá a que se forren los propietarios de las tabaqueras (los cuales, no lo dudes, no fuman)? No se trata de una apuesta por vivir más o menos años, sino por el bienestar personal. Por otro lado, hay que ridiculizar a esos iconos de la chulería, el machismo, la velocidad, la horterada, la basura cultural y la violencia gratuita (aprovecho para recordar que la violencia no es mala per se: depende de su finalidad y destinatario). Hay pocas cosas más grotescas que un primate engreído con un pitillo humeante en los labios y el ceño fruncido. En última instancia, desde luego, siempre habrá que apelar a la inteligencia y fortaleza de carácter del adolescente.

En fin, que ya va quedando menos para el advenimiento de la singularidad tecnológica que pondrá a la imbecilidad humana en su sitio (no es otro que la papelera de reciclaje)...

viernes, 27 de enero de 2017

Multi(IN)culturalismo: alimento y telón de fondo del populismo y el integrismo

La elección del multimillonario Donald Trump como presidente de EE.UU. ha sido un nuevo bofetón propinado a la inteligencia por la ola nacionalista-populista avivada meses antes en el Reino Unido por el Brexit. La ola amenaza con golpear este año Francia, en favor de la ultraderechista Marine Le Pen. Italia, Holanda y Alemania también pueden sufrir el azote en 2017, aunque no hasta el punto de llevar al poder a los predicadores de la simpleza y el odio. Dentro de la Unión Europea ya tenemos a los amigos de Trump instalados en los Gobiernos de Hungría y Polonia, presididos por buenos varones cristianos, mientras que en Grecia el lumpen neonazi aguarda su oportunidad. Más allá de nuestro entorno desarrollado occidental, destaca Rodrigo Duterte en Filipinas como probablemente el ejemplo más grotesco de un "hombre del pueblo" votado mayoritariamente por el "bendito pueblo" (Pablo Iglesias dixit).

Es el triunfo del populismo más zafio, y con él de la política de la posverdad (en la que la verdad se convierte en algo secundario y la mentira se vomita impunemente con la mayor desvergüenza, algo a lo que en España ya estamos acostumbrados), que se produce paradójicamente en un mundo donde nunca hubo tanta información disponible para la inmensa mayoría de la gente. Pero el deterioro de la educación, el desprestigio de la cultura y la ciencia y la omnipresencia de la telebasura han contribuido a que la mayoría de la población sea incapaz de procesar esa abundante información, de bucear con criterio en el océano de Internet para separar el grano de la paja, la verdad de la mentira (más del 90% de lo que hay en la red es pura mierda). En lugar de ello tenemos a millones de personas enchufadas a la tele, a YouTube o/y a la iglesia (sobre todo en EE.UU.), más preocupadas de reality shows, mierdas virales, eventos deportivos y telepredicadores que del calentamiento global o la salud de la democracia, un sistema que muchos -sobre todo los más jóvenes- dan ingenuamente tan por sentado como la gratuidad del aire que respiran.

Ya nos avisó Carl Sagan hace más de veinte años de que una democracia de ignorantes no es sostenible en el tiempo, ya que lleva dentro el germen de su autodestrucción. En EE.UU. muchos de esos ignorantes son exponentes de un integrismo religioso bien arraigado: es innegable que en el triunfo de Trump ha sido determinante el voto del cinturón bíblico creacionista del país (parte de ese sufragio, por cierto, es hispano). Pero detrás de este auge nacionalista-populista están también la cara B de la globalización (la de sus perdedores) y el fracaso del multiculturalismo, que para ser más rigurosos podríamos etiquetar como multi(IN)culturalismo: la mala convivencia de todo tipo de inculturas, incluida la nativa. Desorientada ideológicamente y prisionera de la corrección política, la izquierda no ha sabido dar una respuesta a ambos fenómenos (perdedores de la globalización y multiculturalismo fallido), que actúan sinérgicamente de manera negativa para, entre otras cosas, sentar en los parlamentos a tipos de la catadura de Nigel Farage o Roberto Calderoli (el que llamó orangután a una ministra italiana negra). O hacer presidente a Trump.

En los países con mayor peso de la inmigración, como Reino Unido, Francia, Bélgica, Alemania o Suecia, muchos barrios se han convertido en guetos donde el imperio de la ley ha sido sustituido en algunos casos por el de la tradición importada, donde el patriarcado religioso es el que ordena y manda para desgracia principalmente de mujeres libres y de homosexuales. En otros casos -en España tenemos el ejemplo de la Cañada Real en Madrid-, la delincuencia organizada o las pandillas violentas son las que se han hecho con el control de territorios ante la impotencia policial y judicial. En las poblaciones nativas europeas, sobre todo en las menos beneficiadas por la globalización, hay un sentimiento de agravio ante el aprovechamiento de fondos públicos por grupos de inmigrantes cuya conducta y voluntad de integración deja a veces bastante que desear. Esas personas perciben que el Estado se preocupa más de los derechos de los inmigrantes delincuentes que de los ciudadanos que cumplen. En España constato que hay inmigrantes conflictivos con escasa intención de integrarse, lo que no obsta para que cosechen más beneficios del Estado de bienestar que colectivos locales desfavorecidos como los jubilados con pensiones mínimas. Y también certifico que hay nativos ignorantes y resentidos, llenos de prejuicios racistas y con nula tolerancia al diferente: los típicos garrulos que suelen caer en las redes del populismo y el ultranacionalismo. Unos y otros se realimentan y están llamados a chocar salvo que se interponga entre ellos con toda firmeza el Estado de Derecho. En medio de ambos se encuentra la gente buena, ya sean locales o inmigrantes (porque, de media, los inmigrantes son igual de buenos o de malos que los demás).

La reacción a la plaga nacional-populista ya está en marcha a ambos lados del Atlántico y cobra fuerza en EE.UU. tras el estupor y la desolación de los días posteriores al 8-N: las manifestaciones ciudadanas en la calle, la oposición casi unánime de intelectuales y artistas y el firme compromiso de la prensa seria por denunciar las mentiras de Trump son todo un reto a sus planes más inmorales y disparatados. Por su parte, organizaciones no gubernamentales como Greenpeace o Amnistía Internacional siguen sin achantarse en la defensa de sus respectivas causas: la ecología y los derechos humanos. La unión de los sectores progresistas de la sociedad civil resulta fundamental, pero no perdamos de vista que 60 millones de personas están detrás del éxito del magnate neoyorquino y que la sociedad civil de la América ultraconservadora -agrupada en torno al rifle, la Biblia y los libros de autoayuda para hacerse rico- es también poderosa.

Meses antes del triunfo de Trump, Jason Brennan nos invitaba a pensar en la epistocracia, concebida como posible salvadora de una democracia amenazada por la ignorancia del electorado. Desde luego, Trump jamás habría ganado con un sistema epistocrático en el que para votar, siguiendo la misma lógica que para sacarse el carné de conducir, hubiese que acreditar ciertos conocimientos políticos elementales. Y ciertamente el Brexit tampoco habría salido adelante. Por su parte, el científico y divulgador Neil deGrasse Tyson lanzaba también en 2016 su iniciativa de país virtual #Rationalia, donde toda política estaría basada en la racionalidad y la evidencia. Quizá el (único) futuro de la humanidad pase por esa unión voluntaria de ejemplares de Homo sapiens que haga verdadero honor al nombre de la especie y trascienda razas, nacionalidades y culturas.
"Hagamos que América sea inteligente de nuevo", tuiteaba Tyson cuatro días antes de la victoria de Trump. El mensaje sigue vigente pese al varapalo del 8-N y es de aplicación al resto del mundo, donde el panorama tampoco es demasiado halagüeño: populismos, nacionalismos e integrismos siguen campando a sus anchas no solo por Europa y Rusia sino por Latinoamérica, África y Asia, con una China además entregada al consumismo más salvaje y destructor de la naturaleza. En Occidente hay que luchar por un impeachment de Trump lo antes posible, por reformular unas relaciones civilizadas entre británicos y europeos continentales, dar un impulso definitivo a la construcción política de la UE y apartar del poder -o mantener alejados de él- a través de las urnas a quienes amenazan la democracia (caso de los actuales gobernantes polacos y húngaros). Pero hay que ir a lo más hondo: es necesario un profundo cambio cultural y de mentalidad para afrontar retos globales inaplazables como el del cambio climático y el de la transformación del capitalismo. El multiINculturalismo va claramente en sentido contrario, alimentando al mismo tiempo tanto al radicalismo religioso como a esas dos bestias hermanadas llamadas populismo y nacionalismo.

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