lunes, 24 de diciembre de 2012

Pasado eterno

Finca de San José y Cementerio de Vegueta, 1890-1895
Hay algo en esta foto que me impresiona. Cuando se tomó, hace más de 120 años, ese lugar estaba en las afueras de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. El fotógrafo que retrató el pequeño cementerio nunca podría haber imaginado el aspecto actual de su entorno, totalmente urbanizado e integrado en una bulliciosa ciudad de 400 mil habitantes. Al hacer el ejercicio de transportarme con la imaginación a ese instante, para ver en color esas nubes, esas palmeras, ese mar (para sentir incluso su brisa), constato que Benito Pérez Galdós seguía vivo en la lejana Madrid, que Hitler y Franco eran unos niños muy pequeños (el primero en Austria, el segundo en Galicia), que la Primera Guerra Mundial se acercaba al Viejo Continente sin prisa pero sin tregua y, sobre todo, que quedaban por nacer personas (entre ellas, dos de mis abuelos) cuyos cuerpos acabarían siendo depositados entre esos muros blancos. El momento capturado por la foto invita a pensar en la naturaleza del espacio-tiempo. ¿Cómo podemos afirmar, encerrados en la cárcel de los sentidos con nuestro muy limitado entendimiento, que ese instante en el que no había rastro alguno de nuestras vidas ya no existe?

lunes, 17 de diciembre de 2012

La moneda, la cena y el abuelo



Ya no la tenía, la había perdido después de quince años de fiel custodia. Hacía apenas media hora que la había palpado, alojada en el bolsillo izquierdo de sus vaqueros, mientras paseaba por la playa. La moneda del abuelo estaba ahora confundida con la arena, quizá pronta a ser arrastrada por la marea para quedar a merced de los elementos hasta el final de los días del planeta, cuando este fuese devorado por el Sol. Desanduvo sus pasos angustiado, escrutando cada palmo de suelo con la remota esperanza de encontrarla, pero sus esfuerzos fueron en vano. Ahora tenía la certeza de que aquel pequeño trocito de metal con inscripciones se había apartado de él para siempre. Como lo hiciera su abuelo meses después de confiarle aquel objeto. “Conforme pase el tiempo la estimarás más valiosa. Un día se la darás a tu hijo y le contarás que era de su bisabuelo. Y me recordarás”. Ya no sería posible. Recorrió de nuevo toda la playa para acabar rendido a la pérdida. Entonces, sentado desolado sobre la menguante arena seca, con el Sol sumergiéndose en el horizonte marino, le llegó el olor a la cena. Miró a su casa, todavía perfilada sobre las rocas, donde debían estar sus padres, y pensó: "¿Perderé también este olor algún día?".

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El olor a aquella cena de su niñez ya lo había olvidado cuando se fue a vivir muchos años después a un país lejano. No era consciente de esa pérdida, puesto que ya se había borrado de su memoria aquella última tarde con la moneda de su abuelo en los bolsillos. La moneda debía yacer en el fondo del mar, roída por el óxido, a la deriva como todas las demás cosas materiales del mundo, huérfana de unos bolsillos ya inexistentes (los de su abuelo y los suyos de niño) ¿Y el olor de esa cena? También a la deriva, en este caso toda la eternidad, en el limbo de las cosas inmateriales que alguna vez se alumbraron fugazmente: junto al miedo de un hoplita griego, el sueño de una doncella babilonia o los acordes de la nana cantada a un bebé chino del siglo III. Un limbo al que un día se reintegrará, cuando él mismo ya no esté vivo, el recuerdo de su abuelo.

viernes, 7 de diciembre de 2012

¿Quién hizo el lazo?


"Las mismas ciudades de Galitzia que yo había conocido en ruinas en 1915 se levantaban nuevas y resplandecientes; me di cuenta de que diez años, que en la vida de un individuo constituyen un período de tiempo considerable, en la vida de un pueblo no son más que un abrir y cerrar de ojos. En Varsovia no se veía ninguna huella de que la hubiesen atravesado dos, tres o cuatro veces ejércitos victoriosos o vencidos. Los cafés resplandecían de mujeres elegantes. Los oficiales que se paseaban por las calles, esbeltos y con uniformes a medida, parecían más bien consumados actores de la corte que interpretaban el papel de soldado. En todas partes se advertía actividad y se respiraba confianza y orgullo, un orgullo justificado por el hecho de que la República de Polonia se alzaba con tanto vigor sobre los escombros de los siglos" (El mundo de ayer, Stefan Zweig).

La historia se repetiría: en septiembre de 1939, catorce años más tarde, Polonia era invadida por el ejército alemán desde el oeste y por el soviético desde el este, conforme al Pacto Ribbentrop-Molotov suscrito entre Hitler y Stalin. En la masacre de Katyn, ya en la primavera de 1940, fueron ejecutados en masa por el Ejército Rojo más de veinte mil polacos, buena parte de ellos militares pero también civiles. Muchos de esos oficiales que se paseaban ufanos en 1925 por las calles de Varsovia terminaron su vida arrojados a fosas comunes. Cada día ejecutaban de un tiro en la nuca a una media de 250, puesto que el ritmo inicial de liquidación -casi 400 diarios- se hacía muy duro para los soviéticos.

Uno de esos oficiales podría ser el esqueleto uniformado de la foto de abajo. ¿Con quién bailaría en Varsovia en 1925? ¿Quién sería su madre (¡y cómo hubiese podido vivir si alguien le hubiera puesto delante de los ojos, cuando su hijo era un recién nacido, esa espantosa imagen del futuro!)?... Las manos atadas de la imagen de arriba también podrían pertenecer a otro de esos militares. Por cierto, ¿quién le haría el nudo con que fue conducido a la fosa? ¿Qué estaría haciendo quince años atrás en Rusia el que apretó esos lazos? ¿Era un canalla o simplemente se limitaba a cumplir una orden odiosa para no correr la misma suerte a manos de sus camaradas?...
Quizá nos equivoquemos creyendo que la información -por trivial que parezca- se pierde, que la memoria se disuelve. Esa puede ser otra burla del tiempo, esa genial aplicación para surfear por el espacio e impedir que todos los sucesos del Universo sean percibidos simultáneamente.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Ni la política ni la cultura: ¡es la genética!

José Mujica, presidente de Uruguay, pronunció en junio un emotivo discurso en la Cumbre de la Conferencia de las Naciones Unidas por el Desarrollo Sostenible Río+20. El vídeo con sus palabras ha sido muy celebrado en las redes sociales (para ser más exactos, entre las personas de las redes sociales con cierto grado de preocupación política, que son una minoría en ese universo plagado de analfabetos digitalizados).

Mujica (lee aquí su discurso) abogó por la necesidad de "empezar a luchar por otra cultura", de "revisar nuestra manera de vivir". "El desarrollo no puede ser en contra de la felicidad. Mis compañeros trabajadores lucharon mucho por las 8 horas de trabajo y ahora están consiguiendo las 6 horas", dijo en la capital carioca. "Pero el que tiene 6 horas se consigue dos trabajos; por lo tanto, trabaja más que antes ¿Por qué? Porque tiene que pagar una cantidad de cuotas: la moto, el auto, y pague cuotas y cuotas y cuando se quiere acordar, es un viejo reumático -como yo- al que se le fue la vida".

Lleva mucha razón el presidente uruguayo, desde luego. Pero conviene recordar que es posible un cambio en nuestro modo de vida pero no en la naturaleza humana. Tenemos el mismo cerebro que un humano de hace cien mil años: los cambios a este respecto solo son apreciables en una escala temporal que sobrepasa con mucho la duración de una civilización (salvo que un día -intuyo no muy lejano- dispongamos de la tecnología para hacer fontanería tanto en nuestro potentísimo ordenador interno como en su base genética).

Por desgracia, hay personas muy poco proclives a cambiar su manera de vida, aun cuando en ello esté en juego su propia supervivencia. En un régimen democrático, esas personas -que, no olvidemos, son la mayoría- nunca votarán a quienes propongan medidas impopulares para combatir el cambio climático, la contaminación, la pobreza extrema, el agotamiento de los recursos naturales o la destrucción de la biodiversidad. Con ellos no se puede contar, aunque, eso sí, serán los primeros en exigir ayuda -y en eximirse de su corresponsabilidad- cuando el agua les llegue al cuello. Puesto que es casi imposible convencerlos, queda la tentación moralmente dudosa de hacerles pasar por el aro con un régimen autoritario. Pero el remedio sería aquí muchísimo peor que la enfermedad: intentar corregir por la fuerza a la gente en busca de un supuesto hombre nuevo solo conduce a las pesadillas más infernales, como la Revolución Cultural de Mao en China o la locura genocida de Pol Pot en Camboya. El hombre nuevo no existe, salvo en la mente calenturienta de algunos revolucionarios ignorantes e insensatos.

No hace falta conocer a mucha gente ni tener un doctorado en Psicología para atestiguar que hay congéneres que dan más valor a tener un buen smartphone que a comer alimentos sanos, que conceden más importancia a la conducción de coches de alta gama que a respirar un aire saludable, que están más preocupados por la limitación de velocidad en las autopistas que por la calidad de los estudios de sus hijos. Y esto no es una cosa de hoy, un mal de la sociedad de consumo o de la globalización. El afán de ostentación existe desde los tiempos en que aún andábamos a cuatro patas, hace seis millones de años, cuando en África se buscaba la vida el antepasado común de humanos, chimpancés y bonobos. Los simios macho actuales también van haciéndose los chulos por ahí (no con ropas, zapatos y relojes caros, ni con coches, tatuajes o iPads, ni pintando cuadros abstractos o dando conciertos pop, sino a su manera aparentemente más tosca). Todo ello es en el fondo una estrategia de apareamiento, ciertamente exitosa porque de otro modo ya no se usaría. Que les pregunten si funciona o no a los magnates rusos, a los narcos mexicanos, a los toreros, a los futbolistas, a las estrellas de la música comercial...

Hay que asumir tanto las debilidades humanas como la variabilidad en los individuos de nuestra especie (la inteligencia, la honradez, la generosidad y el espíritu de sacrificio no están repartidos por igual). Es un error fundar proyectos de mejora social sobre la negación de nuestra natural inclinación al egoísmo, la soberbia y la estupidez. Una amiga con mucha experiencia en el ámbito de la cooperación internacional me contó una vez un caso muy ilustrativo al respecto. Con el dinero de la cooperación española se llevó a cabo hace años un exitoso proyecto de desarrollo en una comunidad de Nicaragua. El nivel de vida y el bienestar social de la comunidad aumentó. Lo que no estaba previsto es que... ¡entonces empezaron a mirar con desprecio a sus vecinos más pobres! ¿Un éxito?... La enseñanza de esto es que muchos de los pobres del mundo no quieren cambiar el sistema, sino solo su lugar en el mismo: o sea, sueñan con vivir como lo hacen los europeos o norteamericanos acomodados. Si alguien tiene dudas, que eche un vistazo a China.

Es cierto, como expone Mujica en su discurso, que estamos gobernados por el mercado en vez de gobernar al mercado. Pero no es menos cierto que el mercado es así porque refleja nuestras preferencias y debilidades (en el fondo, nuestra naturaleza). La economía de mercado es técnicamente un sistema de asignación de recursos que, en ausencia de interferencias (conchabeos de empresas, intervención estatal, etc.), da valor a las cosas atendiendo solo a su oferta y su demanda. Si Cristiano Ronaldo gana mucho más dinero que un investigador del cáncer no es culpa de la economía de mercado, sino en última instancia de las preferencias expresadas por las personas que componen el sistema. Si la gente pasara del fútbol, Mourinho sería probablemente un mileurista amargado pegado a la tele de una taberna cutre de Setúbal; y Cristiano, un matado de Funchal. Si la gente diera mucho menos importancia a la moda, los pantalones vaqueros rotos a lo Beckham valdrían menos que una bolsa de chuches. Si los chinos apreciaran menos el marfil, la población de elefantes y rinocerontes en África sería mayor. Si la alta cultura fuese un fenómeno de masas, La 2 sería líder de audiencia y Tele 5 se vería obligada a cerrar o modificar radicalmente su parrilla.

Esto no es una invitación a resignarse, sino a tener los pies bien firmes en la tierra. La cooperación es posible (sin ella no habría sobrevivido el Homo sapiens), tanto localmente como a escala global (gracias a Internet). Es misión de los poderes públicos (democráticos) poner los incentivos para que las personas saquen lo mejor de sí mismas y también los desincentivos -incluidos los penales, por supuesto- para disuadir a quienes tengan la tentación de sacar lo peor. Y es nuestra misión ser muy exigentes con esos poderes públicos y promover con nuestros actos cotidianos cambios en la cultura y en la conciencia colectiva. Es innegable la extensión de la educación y de la conciencia, que nos hace ver como aberrantes cosas normales en el pasado como la esclavitud, la discriminación femenina, el racismo y la homofobia (y que nos hará ver en el futuro como una inmoralidad el holocausto animal y este modelo ecológicamente insostenible).

Eso sí, no debemos esperar nunca el paraíso en la Tierra, ya que el mal y la estupidez siempre estarán ahí presentes. Ello no quita que se pueda vivir de una manera mucho más civilizada y amable con nuestros congéneres, otros seres vivos y el entorno natural. Esa sí que es una esperanza razonable, pese a nuestra herencia genética... ¡y gracias a ella!

lunes, 19 de noviembre de 2012

Los payasos de la tele y el paso del tiempo

Quién me iba a decir a mí, cuando con ocho años merendaba frente a la tele en un piso del Edificio Obelisco de Las Palmas viendo el circo de los payasos, que un domingo del otoño de 2012 me tocaría estar escribiendo "Muere Miliki" en un ordenador (entonces se hablaba de computadora) del edificio B de Torrespaña (complejo inaugurado en 1982) y montando la página web dedicada a su persona en RTVE. Por entonces, en aquel lejano 1976, Internet era una cosa inimaginable. Probablemente ese año ya empezara a utilizar la pesada máquina de escribir de casa con la que haría todos mis trabajos posteriores de E.G.B., Bachillerato e incluso Universidad (cuando estaba terminando la carrera, a principios de los años 90, ya existía ese editor de textos primitivo -¡aunque tan novedoso para la época!- llamado Wordperfect, pero yo seguía sin tener ordenador).


A los payasos de la tele tuve ocasión de verlos una vez en persona, cuando vinieron a ofrecer su espectáculo en la gallera de Las Palmas. Al final, junto con otros muchos niños, estuve rondando por el escenario cerca de aquellos míticos Gabi, Miliki y Fofito (Fofó ya se había muerto). Si hubiera habido un agujero de gusano en el escenario de la gallera, una pasarela en el espacio-tiempo que me hubiese permitido dar un salto instantáneo desde finales de los 70 hasta las navidades de 1999, habría podido contemplar atónito el lanzamiento del disco A mis niños de 30 años: todo un latigazo de nostalgia que certificaba, por si quedase alguna duda (¡a mis 31 tacos!), el final de la juventud de quienes habíamos nacido a caballo entre los años 60 y 70.

(Volver a oír esas canciones después de tanto tiempo, ya en puertas del mitificado 2000, me puso un nudo en la garganta. Luego ya me acostumbré, porque llevaba el disco siempre en el coche cuando mi hijo era pequeño (él nació en 2004). También nos hicimos con el DVD de dibujos animados en el que salía Miliki, que a mi hijo le encantaba.)

Y si me hubiese transportado en ese hipotético agujero de gusano una década más hacia adelante, hasta el domingo 18 de noviembre de 2012... Entonces habría visto a un tipo canoso de 44 años sentado frente a un ordenador, con el Pirulí en lontananza y un coche de su propiedad -¡no el de papá!- aparcado abajo para conducirle de vuelta a casa al caer el Sol: otra casa diferente -en un lugar lejano, habitada por una persona aún desconocida y otra incluso inexistente- a aquella en la que veía los payasos de la tele mientras merendaba (qué ricas eran las naranjas que me ponían mi madre y mi abuela) después de una larga -eran largos los días de la niñez- jornada de colegio en Tamaraceite.

domingo, 11 de noviembre de 2012

¿Por qué? (Pinker te responde)

¿Por qué ocurren las enfermedades y los desastres naturales? ¿Por qué existen el dolor, el sufrimiento y la injusticia? ¿Por qué los seres humanos se matan entre sí? ¿Por qué hay hombres que violan a mujeres?...

Para responder a estos interrogantes podemos elegir entre acudir a la razón o a la superchería (dentro de la cual debe incluirse, por supuesto, a la religión), ese vistoso manto con que suele adornarse la tradición. Podemos echarle la culpa de todos nuestros males al pecado original, los albinos, las brujas, el mal de ojo, el gato negro, Satanás, la voluntad insondable de un supuesto Creador... Pero por esa vía nunca llegaremos a comprender y quedaremos siempre a merced de la frustración y la impotencia (salvo que optemos por el autoengaño -como Unamuno- o seamos estúpidos). La ciencia es la mejor herramienta para procurar entender no solo el funcionamiento del Universo y el comportamiento de sus objetos, sino también nuestra propia naturaleza y conducta. Para responder incluso a preguntas menos solemnes como por qué la gente tiende a ser altruista con su entorno familiar y egoísta más allá de su círculo afectivo, por qué hay tanto imbécil presumiendo de coche, ropa y smartphone, por qué los hombres tienden a ser más infieles que las mujeres o por qué las top-models y los empresarios muy adinerados se atraen mutuamente.

Si queremos combatir o erradicar algo, necesitamos conocerlo bien. Ninguna medicación funcionará, por muy eficaz que sea, si no está asociada a un diagnóstico correcto (y es irrelevante que este nos guste o no). De nada sirve aplicar quimioterapia para aliviar un catarro, de nada sirve tomarse una aspirina para curar un cáncer. Si no comprendemos bien nuestra naturaleza humana estaremos dando palos de ciego en la lucha contra lacras a ella asociadas como la violencia o el machismo.

Eso es lo que sostiene el brillante psicólogo evolutivo canadiense Steven Pinker, autor entre otras obras de La tabla rasa y de Los ángeles que llevamos dentro. En la primera de ellas, La tabla rasa, Pinker desmonta tres mitos muy arraigados en nuestro pensamiento y en la ortodoxia académica de las ciencias sociales y las humanidades: el de la tabla rasa (porque no somos una hoja en blanco al nacer, ya que venimos equipados genéticamente con un hardware y un software de serie), el del buen salvaje (porque no es cierto que nazcamos buenos y el entorno luego nos corrompa) y el del fantasma en la máquina (porque la mente es un producto del cerebro, a su vez modelado por la selección natural).

Por supuesto, para comprender hay que tener en cuenta los diferentes niveles de análisis de la realidad. Como dice el propio Pinker, es absurdo analizar las causas de la Primera Guerra Mundial atendiendo a la dinámica de electrones y quarks. En este caso habría que hacer un análisis en el plano social (sociología-economía-historia), sin perder de vista el plano individual (psicológico) del que este emerge. Y conscientes de que este plano individual es a su vez deudor del genético, que a su vez lo es del químico y en última instancia -hasta donde conocemos- del físico. Obviamente, siempre diferenciando la causalidad próxima de la causalidad última. Los seres humanos se enamoran porque les hace felices (causa próxima), aunque en el fondo haya una inclinación genética (causa última): ello no tiene por qué quitarle valor al amor u otros sentimientos, insiste Pinker.

El científico canadiense afirma que el ejercicio de la violencia tiene un fundamento racional, aunque a veces sea consecuencia de cálculos erróneos. Somos máquinas de supervivencia informadas genéticamente, y el conflicto de intereses entre máquinas de supervivencia -y entre agregados de máquinas de supervivencia como los clanes o los Estados- es inevitable. Para minimizar la violencia, por tanto, hay que desactivar sus fundamentos: esa es la única manera efectiva. No se frena la violencia apelando a la paz, del mismo modo que no se elimina una inclinación al maltrato doméstico haciendo seminarios de igualdad de género o cursos de papiroflexia.

Se socava la violencia prohibiendo su ejercicio individual para convertirla en monopolio del Estado (el Leviatán del que hablaba Hobbes) y creando una comunidad de intereses a través del comercio (una idea brillante que se remonta a Kant y sobre la que se fundó la Unión Europea), además de fomentando el cosmopolitismo y la extensión de la educación. Por eso Pinker afirma en su último libro, respaldado por una amplísima munición estadística, que nunca la humanidad fue menos violenta que ahora. "Con la violencia, como con otras muchas preocupaciones", se lee en La tabla rasa, "el problema es la naturaleza humana, pero, al mismo tiempo, la naturaleza humana es la solución".

En suma, que venimos al mundo con un equipamiento mental de serie, que no nacemos buenos (los niños menores de dos años matarían a diestro y siniestro si tuvieran armas a su alcance) y que el alma como artefacto separado del cuerpo es tan real como el vaporoso éter del que hablaban los antiguos. Pero, para Pinker, esto no tiene por qué ser tomado como una desgracia: "Nada impide que el proceso amoral de selección natural desarrolle un cerebro con unos auténticos sentimientos de generosidad. Se dice que aquellos a quienes gustan las leyes y las salchichas no deberían ver cómo se hacen. Lo mismo ocurre con los sentimientos humanos". Conclusiones las suyas, fruto de la razón, mucho más atinadas que la superchería para acercarse al entendimiento de la realidad y poder actuar en consecuencia.

miércoles, 31 de octubre de 2012

La lección de 0 a los números engreídos

VII se creía muy especial y distinguido. Hasta que un día le dijeron que no era único, que había por ahí un tal 7 clavado a él que presumía de ser incluso más chulo que otro con esa fama llamado 8. También algunos aseguraban haber visto a veces a otro vivo retrato suyo, pero con un aire primitivo: a IIIIIII. Ya el colmo fue cuando VII tuvo noticia de la existencia de un modernillo engreído igualito a él que respondía al glamuroso nombre de 0111. Entonces se le ocurrió reunir a todos para denunciarlos como lo que eran: unos malditos impostores ¿Cuál no sería su sorpresa al escuchar de ellos lo mismo, cada uno firmemente convencido de ser el verdadero, el genuino depositario de la sietesencia? En estas apareció 8, ese chulito, que había sabido de la reunión y se barruntaba algo. 8 les dijo que todos ellos eran inferiores a él, que no perdieran el tiempo dirimiendo su identidad porque podía hablarles de VIII, IIIIIIII, 1000, 9, IX, IIIIIIIII y 1001, todos los cuales tenían una mayor dignidad que los presentes e incluso algunos -aquí 8 se sinceraba- más que él mismo. Tuvo que salir a escena 0, acompañado de sus gemelos Ø, {} y Λ, para poner las cosas en su sitio: "¿No se dan cuenta, necios, de que ustedes son lo mismo en el fondo, que entre VII, 7, IIIIIII y 0111 no hay diferencia alguna, que entre ellos y el resto no la hay más que entre las letras A y B? Nosotros sí que somos diferentes, porque no pertenecemos a este mundo. Pero, al igual que ustedes, siempre acudimos prestos cuando nos convocan los seres inteligentes que manejan las Matemáticas. Ay, si les contáramos...".

sábado, 27 de octubre de 2012

Mahler, Borges, Harrison


Gustav Mahler, Jorge Luis Borges y George Harrison: detrás de esas tres ordenaciones de caracteres latinos hubo sendas ordenaciones diferentes de quarks y electrones, sendas vidas que un día se alumbraron y otro se apagaron, sendas experiencias entre las más de cien mil millones que han compuesto la humanidad, sendas historias en las que tuve oportunidad de adentrarme con gusto y que ahora me permiten dar un paseo en bicicleta antes de que anochezca con la tranquilidad de tener ya cubierto, con solo unos pocos minutos, mi obligado -¡soy yo el que me obligo!- post semanal.

P.D.: Mientras montaba en bici reparé en que los tres tuvieron una inquietud metafísica, cada uno por su camino y con sus diferentes circunstancias.

domingo, 21 de octubre de 2012

Desconfianza-país

Cerca de mi casa hay un taller de coches con pinta de no pasar una inspección: ni sanitaria ni laboral ni fiscal. Al lado, entre montones de escombros, baterías abandonadas, restos de aceites e inquietantes bidones, pacen ovejas con cuya leche se harán presuntamente quesos que podrían llegar al mercado. Cuando contemplo este hiriente paisaje me sacude un estremecimiento, al imaginarme a alguien comprando ese queso y dándoselo de alimento a sus hijos, al imaginarme a mí mismo haciéndolo desde la ignorancia confiada. Y es inevitable que mi confianza-país se derrumbe, que tenga la sensación de estar a merced de un montón de desalmados y de cafres: los unos por acción dolosa, los otros por omisión (no necesariamente menos dolosa) y la mayoría por pura desidia estúpida (eso sí, que no les toquen el fútbol, los encierros locales o la romería de su Virgen, que no les bajen los límites de velocidad en carretera).

Entonces miro y remiro los sellos de agricultura ecológica de la fruta comprada en el supermercado y empiezo a sospechar hasta de mi sombra ¿Y si me están dando gato por liebre? No se me olvida que vivo en España, en el país de Torrente, el aceite de colza adulterado, la aluminosis, Nueva Rumasa, Jesús GilEl Algarrobico, el Premio Planeta y los libros marca Punset. Me asaltan párrafos de la Gomorra de Roberto Saviano: jamones de procedencia rumana sin controles sanitarios a los que se pone el glamuroso sello de Parma, queso Mozzarella hecho con leche de búfalas que han pastado en tierras repletas de dioxinas (por la quema incontrolada de basuras)... ¿Y si aquí no fuese muy diferente la cosa? Reconozco que tras la lectura de Saviano ya miro con mucha desconfianza a los productos italianos, sobre todo los que se meten por la boca. Los propios italianos civilizados serán conscientes de esa mala imagen, muy a su pesar. Igual que los pobres españoles civilizados, condenados a vivir entre tanto desaprensivo e impresentable. Y me pregunto: ¿qué hago yo aquí todavía, por qué no me he ido a Canadá, a la bahía de San Francisco, a Holanda, a Dinamarca o algún otro enclave civilizado? Por el bien de mi hijo, sobre todo.

viernes, 12 de octubre de 2012

Salto inmortal

Cuando saltó, intuyó angustiado que quizá no hubiese suelo: ni un maldito suelo para estrellarse, ni un océano ni nada parecido contra lo que reventar. Que no habría fondo, que seguiría cayendo para siempre, que acaso la muerte -¡y esto era lo más terrible!- nunca podría salvarle.

domingo, 7 de octubre de 2012

Hijos de la imperfección capaces de imaginar la perfección

Es evidente que el mundo no es perfecto: existen la enfermedad degenerativa, el fallo mecánico, el error de cálculo, la imprecisión lingüística, la pérdida de memoria, el deterioro y rotura de las cosas, la incompletitud de las Matemáticas... El diccionario define perfecto como aquello que tiene "el mayor grado posible de bondad o calidad en su línea", que está "en buenas condiciones, sin mella ni defecto". La perfección requiere orden y simetría. Y los seres vivos no son perfectos, aunque mantengan un cierto orden (luchando continuamente, hasta su muerte, contra la tendencia al desorden de todo lo que existe) y su estructura siga unos patrones. Lo mismo puede decirse de cualquier objeto inanimado, desde un bolígrafo hasta una estrella pasando por una roca (¡ni siquiera un diamante es completamente perfecto!) o un tarro de mermelada; aunque, a diferencia de un ser vivo, ninguno de estos objetos puede pelear contra el desorden.

Viajemos hasta el principio: todo se remonta a una singularidad, a una ínfima y muy ordenada -aunque no del todo uniforme- pepita originaria, probablemente fruto de una aberrante fluctuación cuántica en el vacío (muchísimo menos probable que una tirada de dados en la que saliera cien mil veces seguidas el mismo número). La no completa uniformidad de esa pepita (por efecto de la permanente agitación cuántica), amplificada descomunalmente en un brevísimo periodo de tiempo (10 elevado a menos 32 segundos) por la inflación cósmica, explica la distribución no homogénea de la materia y de la radiación en el Cosmos, sin la cual no se hubiesen formado las galaxias, las estrellas y la propia vida. Sin gradientes, sin diferencias en densidad, temperatura y presión entre las diferentes regiones del Universo, no estaríamos nosotros aquí. Ni tampoco habría agujeros negros, ni tormentas, ni terremotos, ni mañanas...

Por tanto, somos producto de la heterogeneidad (¡de la imperfección!), achacable tanto a las pequeñas perturbaciones cuánticas en la pepita originaria como a la ruptura de simetrías en los primeros momentos del Universo. La flecha del tiempo (que este corra hacia el futuro), el predominio de la materia sobre la antimateria (no se conoce lugar alguno del Universo hecho de esta última) y la tridimensionalidad del espacio son algunas manifestaciones de esas asimetrías. Lo primero, porque el tiempo no tendría por qué correr solamente hacia adelante. Lo segundo, porque si la cantidad de materia y de antimateria hubiesen sido exactamente iguales al principio, ambas se habrían aniquilado mutuamente dejando tras de sí tan solo un enorme torrente de rayos gamma. Lo tercero, porque parece haber dimensiones extra no desplegadas como las tres con las que estamos tan familiarizados.

Lo curioso es que seamos capaces de imaginarnos la perfección -por ejemplo, un círculo perfecto- aunque esta no exista en el mundo físico y seamos hijos de la imperfección. Podríamos pensar que el círculo perfecto, un objeto geométrico de infinitos lados (si no fuera así, no sería perfecto), solo existe en nuestras mentes. Pero el hecho de estar allí alojado nos lleva a la sospecha de que pueda existir permanentemente en algún otro lugar, en alguna especie de morada eterna de ideas platónicas conectada de algún modo a esa mente anclada al mundo físico, a esa mente que emerge de un sustrato material de miles de millones de neuronas. Incluso esa morada platónica podría ser la raíz, o al menos la guía, de ese extraño árbol que llamamos mundo físico. Al igual que de las Matemáticas, la Estética o la Moral.

sábado, 29 de septiembre de 2012

¿Balcanización en España?

Como ya me barruntaba hace medio año (en una entrada dedicada al 20 aniversario del estallido de la guerra en Bosnia), la fuerte crisis económica y social está avivando el separatismo en España. Entonces escribí:

"El cóctel yugoslavo contenía los ingredientes suficientes, bien engrasados por el nacionalismo (esa estúpida ideología inflamable abrazada por tantos partidos de nuestro país, incluidos los españolistas), para convertir aquello en un infierno. Y así fue. Más nos vale que por estos lares hayamos extraído alguna lección de aquella pesadilla, no sea que el futuro nos tenga deparada alguna sorpresa muy desagradable que no me atrevería a descartar conociendo la calidad de nuestro paisanaje". 

Pues me temo que la sorpresa desagradable ya está servida con el órdago soberanista de Cataluña y con el que previsiblemente vendrá del País Vasco tras las elecciones de octubre. Y digo desagradable no tanto por la secesión en sí, por la eventual amputación territorial de un Estado viejo como España (que, desde luego, sería un trauma con costes económicos para todos y sentimentales para muchos), sino por la posibilidad de que encima se ventile de forma incivilizada.

Está claro que el gobierno catalán del conservador Artur Mas se ha lanzado a esta aventura por una razón electoralista, para desviar la atención de los impopulares recortes sociales que está aplicando en el Principado. Para mantenerse en el poder, los derechistas de Convergència i Unió (CiU) no han dudado en recurrir al comodín del soberanismo; quizá no del todo conscientes de estar creando una marea que puede acabar desbordándoles e incluso perjudicando a sus amigos del empresariado catalán (un sector inclinado naturalmente a CiU, con quien muchas veces se confunde en un solo cuerpo). O sea, que la derecha catalanista está jugando con fuego para aferrarse al gobierno de su comunidad: amenazando no solo la convivencia entre Cataluña y el resto de España sino dentro de la propia Cataluña (una sociedad mestiza donde mucha gente no comparte el sentimiento independentista).

No digo que sea ilícito plantearse la independencia, y más teniendo en cuenta la baja calidad democrática, institucional y cultural de lo que conocemos como España. Reconozco que si Canarias tuviese la cultura y el grado de civismo de Islandia yo sería un ardiente defensor del independentismo canario, pero basándome exclusivamente en un análisis racional y no en mandanga nacionalista alguna (subrayo: el nacionalismo es una peste). Pero si yo fuera catalán no veo por qué habría de estar más contento con un Estado independiente gobernado por los mismos que desde sus sillones en Barcelona están haciendo recortes brutales en educación y sanidad, por quienes no han tenido muchos reparos en ordenar repartir porrazos a mansalva a manifestantes (supongo que las hostias de los mossos d'esquadra deben doler igual que las de la Policía Nacional, aunque vayan acompañadas de expresiones en catalán), por unos políticos tan vinculados al poder económico e incluso al religioso (ir a besarle el culo al abad de Montserrat no me parece más glamuroso que hacer lo propio con el arzobispo de Toledo, primado de España).

Ahora bien, si la independencia fuese un clamor en Cataluña y el País Vasco, encuentro poco razonable no abrir un proceso de diálogo -por mucho que duela- para resolver la cuestión de la manera más amable y civilizada posible (cambiando la Constitución o lo que hiciera falta). Aunque nos engañaríamos si pensásemos que sería fácil aquí en España: esto no es Canadá, ni siquiera el Reino Unido. El desaparecido Santiago Carrillo sostenía, a mi juicio erróneamente, que el único nacionalismo peligroso es el españolista, el más agresivo con diferencia a lo largo de nuestra historia. Se le escapaba una cosa: siempre es más fácil descargar la agresividad cuando se ha tenido durante siglos detrás un Ejército y una policía. Que el nacionalismo catalán, como cualquier otro, no haya sido tan brutal se debe más a una falta de medios que de ganas para ejercer esa agresividad. En cuanto al caso vasco, ya hemos visto a lo que ha conducido la siniestra mezcla de nacionalismo y marxismo-leninismo. Los nacionalismos tienden a chocar, a generar sufrimiento y muerte. Y a mí, sinceramente, me da mucho miedo el más que probable choque del nacionalismo españolista separador (cuya existencia y su acusado anticatalanismo constato después de casi 20 años residiendo en Madrid) con el catalán y el vasco separatistas.

En suma, que lo verdaderamente importante es la convivencia civilizada de los ciudadanos, con independencia de sus orígenes, su condición (racial, étnica, religiosa, sexual...) y sus sentimientos de pertenencia. Cada persona es libre de albergar en su interior los sentimientos que quiera. Uno no es mejor por sentirse solo catalán, o solo español, o más español que catalán, o más catalán que español, sino por cumplir con su trabajo, respetar a sus vecinos, reciclar la basura, no saltarse las colas, pararse en los stops o pagar los impuestos. Todo lo que amenace esa convivencia es irresponsable. Y lo que está pasando en Cataluña -y pasará pronto en Euskadi- lo es porque divide y fractura, como bien dijo Ramón Jáuregui hace unos días, además de dar alas al viejo nacionalismo español de tan infausto recuerdo.

sábado, 22 de septiembre de 2012

La Unión Deportiva Las Palmas y yo (II)


La primera parte de este post triple se cerró en 1992 con la caída de la Unión Deportiva al pozo negro de la Segunda División B. Fue el año de los Juegos Olímpicos de Barcelona, celebrados el mismo verano en que hice prácticas en el diario La Provincia. El descenso no fue tan traumático porque hasta última hora se confiaba en alguna jugada en los despachos que nos salvase el pellejo a costa de algún club con problemas económicos que no pudiese hacer frente a sus deudas. Pero eso no ocurrió, y la temporada 1992/93 debutamos, tras más de cuarenta años de historia, en una categoría que jamás habíamos conocido. El club hubo de convertirse en sociedad anónima deportiva (S.A.D.) para esquivar la desaparición, cuya sombra estuvo rondando hasta la conclusión del plazo establecido (30 de junio de 1992): finalmente se consiguió desembolsar el capital mínimo establecido de más de 600 millones de pesetas.

Artículo publicado en 'Canarias Económica' en junio de 1992

Hicimos una campaña magnífica que nos dejó como campeones de grupo al final de la Liga regular. El ascenso parecía pan comido. Y entonces se torcieron las cosas: la U.D. Salamanca nos ganó en casa el primer partido de la liguilla de ascenso, que tuve la oportunidad de presenciar de nuevo en el Insular (fue mi última visita a este campo). "¡Pártele la pata, Paquito!", gritó a mi lado un vecino y excompañero de colegio, que acababa de terminar la carrera de Derecho, al entonces capitán amarillo: el fútbol volvía a sacar lo peor de la gente. El Hércules también nos ganaría en casa y sería el que ascendiese ese año. Tuvimos que esperar otras tres temporadas, hasta 1996, para regresar a Segunda A, tras ganarle en la liguilla 0-4 al Elche (esa noche seguí el ascenso por RNE desde un hostal de Santander, adonde me había desplazado por un trabajo como encuestador en el tren). Estuve en uno de los partidos anteriores de esa liguilla, el que nos enfrentó en León ante la Cultural: ganamos 0-3. Creo que fue el primer encuentro en que escuché fuera del Insular el clásico de "Africano el que no bote", reservado para nuestra afición y la del Tenerife por el personal más estiloso de los estadios de fútbol ibéricos. Volvería a oírlo en otros campos. Cualquier intento de picarme de esa manera siempre ha pinchado en hueso, jaja...

Entre 1994 y 2000, aprovechando mi residencia en Madrid, tuve ocasión de ver al equipo en diferentes lugares; casi siempre gratis, ya que los directivos del club solían regalar entradas a los canarios a la puerta de los estadios. Recuerdo al ya fallecido presidente Ángel Luis Tadeo preguntándonos con cierta inseguridad: "Este año tenemos equipo para subir, ¿no?". Seguí a los amarillos a Fuenlabrada (aquí me invitó mi primo José María Juliá, de paso por la capital, ya que yo andaba sin un duro), la ciudad deportiva del Real Madrid (contra el Madrid C), San Sebastián de los Reyes (donde vi el partido gratis desde un cerro pegado al estadio), Vallecas (contra el Rayo) y Leganés (un partido infame que acabó 0-0, donde me encontré a mi antiguo compañero de prácticas en La Provincia Pepe Naranjo -enviado especial para hacer la crónica del encuentro- y vimos jugar a un jovencito africano -Samuel Eto'o- al que unos aficionados locales despidieron a la salida del campo con un "Eto, eto, eto, vamos al bareto").

En enero de 2000 nos tocó jugar en la Copa del Rey contra el Atlético de Madrid, lo que dio pie a mi primera visita al Vicente Calderón. "No pasa nada, nos vemos en Segunda", respondía la hinchada amarilla al ya cansino "Africano el que no bote" entonado por los ultras atléticos. El cántico de los canarios no se cumplió exactamente, ya que meses más tarde subimos a Primera y ellos bajaron a Segunda: con quien sí coincidieron los colchoneros fue con el ya difunto Universidad de Las Palmas, que les ganó 2-1 en Gran Canaria desatando la furia de un Jesús Gil que amenazó a sus jugadores con volver a la Península a nado.

Tres años antes (1997), también en Segunda, la Unión Deportiva había llegado a las semifinales de Copa contra el Barcelona. El partido de ida, en el Insular con Ronaldo de azulgrana, lo vimos varios amigos en la fábrica de El Goro (Gran Canaria) donde trabajaba mi amigo Orlando: fue en ese duelo (0-4) donde Ferrer lesionó gravemente a Miguel Ángel Valerón, segando así una carrera casi más prometedora que la de su hermano Juan Carlos.

Y llegó por fin el día del retorno a Primera, en mayo de 2000. Volé a Las Palmas para coincidir con la celebración. Vimos por la tele el partido contra el Elche -¡otra vez los ilicitanos en un ascenso!- en casa de mi amigo Josema, y salimos a un abarrotado Paseo de Mesa y López tras el 4-1 que nos devolvía doce años después a la categoría máxima del balompié español. En los dos años que estuvimos en Primera hubo algunas grandes satisfacciones, como el 0-3 al Athletic en San Mamés y el 4-2 al Real Madrid con dos golazos de Rubén Castro en el Insular (el año anterior nos ganaron los merengues 0-1 y yo seguí el partido con los cascos por RNE, acompañado de mi amigo chileno Andrés Rebolledo... ¡¡desde la casa de Pablo Neruda en Isla Negra!!). Con el nada futbolero Josema, de paso por la capital, fui a ver en noviembre de 2000 un Real Madrid-Las Palmas en el Bernabéu que acabó en paliza: 5-1 (con golazo de Guayre): desde entonces no he vuelto a pisar un campo de fútbol.

Escuchando en RNE un Las Palmas-Real Madrid de abril de 2001 en la casa de Pablo Neruda en Isla Negra (Chile)


El sueño duró poco y de nuevo nos marchamos a Segunda, junto con el Tenerife (y en parte, por culpa de nuestros vecinos, que nos ganaron 0-1 a domicilio en la penúltima jornada), en la única temporada (2001/02) de la historia en que los dos equipos canarios habían coincidido en Primera. Y dos años más tarde, de nuevo a la pesadilla de la Segunda B de la que tanto nos había costado salir: la historia se repetía, desmintiendo su linealidad y el falso mito del progreso. Por si fuera poco, volvía la amenaza de desaparición por problemas económicos, de la que nos salvaría el acogernos en 2004 a la Ley Concursal (fuimos pioneros a este respecto en España).

En esta nueva etapa en la categoría de bronce, la salida fue más rápida: al segundo intento (2006), gracias sobre todo a ese gol postrero de Nauzet Alemán -quizá el gol más celebrado por la afición amarilla en el último lustro- cuando la Real Sociedad B estaba a punto de eliminarnos; en la siguiente eliminatoria, la definitiva, no pasamos demasiados apuros contra el Linares. Desde entonces seguimos intentándolo: intuyo que subiremos esta temporada a la división de honor, en la que llegamos a militar 31 años (¡pero solo 2 de los últimos 24!). Después de cada derrota sigo sin entender por qué me quedo algo fastidiado: quizá el vínculo a un paisanaje (mi familia, amigos y conocidos de allá), unos paisajes, un pasado...

Ver la tercera y última parte

martes, 18 de septiembre de 2012

Más de una hora con Carrillo


La primavera de 2010 tuve el privilegio de conocer a dos gigantes de la historia española del siglo XX: Manuel Fraga y Santiago Carrillo. El encuentro con el primero, en su despacho del Senado, fue breve y frío (su estado de salud era ya muy delicado). Con el histórico dirigente comunista fue diferente. Para empezar, porque nos recibió a Lola Funchal, a Adrián Lucas (el cámara) y a mí en su piso madrileño, cercano al parque del Retiro. Además, tuve ocasión de charlar con él off the record más de media hora después de la entrevista que le hicimos, mientras Lola hacía lo propio con su esposa Carmen Menéndez.

Carrillo estaba muy mayor (¡no olvidemos que era un nonagenario!), pero tenía mejor la mente y el cuerpo que Fraga. En vez de acomodarse en su sofá ya gastado, prefirió sentarse en una silla frente a mí, derecho como una vela. Me resultaba difícil imaginarme a ese anciano parsimonioso de manos nudosas, de ojillos penetrantes y cordiales, reunido en el Kremlin con Stalin (un ser casi de leyenda, ¡qué pocos contemporáneos que lo conocieron quedarán vivos!). O tomando decisiones como jefe de seguridad del turbulento Madrid republicano de comienzos de la guerra.

Su salón podía ser el de cualquier familia española de clase media (incluso media-baja). Los muebles eran antiguos, y una estantería poblada de retratos familiares, figuritas y algunos libros no daba pistas de la importancia de quien allí moraba. El peso histórico del personaje se evidenciaba en detalles como una caricatura que le había hecho Peridis o un cuadro de Picasso con dedicatoria incluida. A través de los ventanales se podía disfrutar de una espléndida vista de Madrid, ya que el suyo era un piso alto. En algún momento, mirando al horizonte, subrayó el contraste entre los tiempos atroces de la Guerra Civil y el presente democrático. Desde allí arriba se hubiese podido divisar, hacía solo siete décadas, la línea del frente en la que unos españoles se afanaban en matar a otros.

Carrillo y su esposa tuvieron palabras cariñosas para Adolfo Suárez y su familia. Entre ellos se había forjado una relación de amistad. Con las cámaras ya apagadas, don Santiago dijo algunas cosas jugosas. Como canario le pregunté por José Carlos Mauricio, que llegó a ser su delfín (años antes de convertirse en nacionalista). "Un golfo", le salió de dentro con gesto grave. También criticó muy severamente al grueso de la judicatura española, a la que consideraba una casta reaccionaria.

No le saqué para nada lo de Paracuellos del Jarama, pero motu proprio él dijo indirectamente algo que me hizo abrigar una intuición: la de que tuvo algo que ver con aquello, aunque fuese por omisión, y que era una espinita que aún tenía clavada dentro. Es solo una impresión personal, quizá errada, pero es lo que me pareció escrutar en su mirada aquella tarde primaveral en que tuve ocasión de conocerle -¿se lo hubiera imaginado alguna vez mi abuelo comunista?- en su piso de la plaza de los Reyes Magos.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Vegetarianismo, línea de no retorno

(Una interesante conversación con mi amigo Luis González Artiles suscitó este post)

En el camino de la vida hay líneas que al atravesarlas te marcan para siempre, especie de metas volantes que encienden algo dentro de ti y te cambian de manera irreversible: ya nada será igual después de haberlas franqueado, no hay retorno posible y uno es perfectamente consciente de ello. Un ejemplo de estas metas volantes es el descubrimiento de quiénes son los Reyes Magos. Otra, la toma de conciencia del horror cotidiano que subyace a nuestra alimentación y modo de vivir (incluidos los ritos religiosos). Parece una cosa evidente, pero muchas veces no nos damos cuenta de lo que tenemos realmente delante de nuestras narices -preferimos no pensar, no dudar-, sea un solomillo, un bocadillo de chorizo o una tarrina de foie-gras.

Toda ética debe estar fundada en la razón, en el conocimiento de las consecuencias de nuestros actos. Y no hay mejor auxilio que la ciencia para evaluar dichas consecuencias. Por ejemplo, detrás del triste cadáver troceado de un pollo en un mercado sabemos positivamente que había un animal joven sensitivo -con sistema nervioso y, por tanto, capacidad para sufrir- con el que compartíamos antepasados y hecho de la misma materia que nosotros, un ser vivo criado en condiciones penosas y matado solo para servirnos de alimento. Reseño lo de positivamente, porque se trata de una proposición irrefutable racionalmente, solo impugnable desde la negación de la teoría de la evolución y de las evidencias de la neurociencia. Uno puede creer que el pollo ha sido puesto en la Tierra por un supuesto Creador para servirnos de sustento, pero eso es ya una creencia y no un conocimiento. Por cierto, una creencia tan digna como la de que existen los Reyes Magos, la de que la U.D. Las Palmas ganará esta temporada la Liga BBVA (pese al pequeño inconveniente de no militar en Primera División) o la de que en un cinturón de asteroides extrasolar puede leerse la inscripción "¡W.A.S.P. es heavy pastel!".

Lo que a mí me turba es que ese horror aún sea invisible para la mayor parte de la gente, que parece observarlo con la misma naturalidad con que abre una puerta, hace una cama, compra el pan o riega una planta. Procuro entonces pensar en mí mismo o en algunos amigos que han atravesado también el rubicón del vegetarianismo. Reconozco que yo me desentendía de este espanto a sabiendas -¿acaso hay algún adulto que sospeche algo muy diferente a lo que se ve en este vídeo?- hasta hace relativamente poco tiempo (solo desde septiembre del año pasado, 43 años después de venir al mundo, soy casi ovolactovegetariano). Darle vueltas a ciertas cosas es un engorro, una complicación aparentemente innecesaria añadida a nuestras ya numerosas preocupaciones cotidianas, de modo que nuestra voz interior más práctica nos invita casi siempre a aplazar esa reflexión o a rechazarla sin más. Las decisiones a este respecto tienen un coste económico e incluso social: no solo hay que estar más atento a la alimentación -con todo lo que conlleva de tiempo y dinero- sino también afrontar molestas sonrisitas entre condescendientes y burlonas, cuando no caretos de auténtica incomprensión y estupor ("¡Este se ha vuelto chiflado!", parece leer uno a veces en la mente de su interlocutor).

Pese a ello, cada vez más personas acabamos cruzando la raya. Se trata de un proceso de concienciación gradual, como la maduración de un fruto en un árbol: el paso de la meta volante coincide justamente con la caída del fruto, ya maduro, por su propio peso. Y la clave creo que está tanto en la apertura de mente -la que hace posible desconfiar sanamente de todo lo aprendido- como en la valentía de salir de los cómodos convencionalismos entre cuyos muros nos refugiamos de la fría e insondable negrura de ahí fuera. La inteligencia, unida a la compasión, es pues una condición necesaria pero no suficiente.

Quiero subrayar que con estos párrafos no pretendo convencer a nadie (nunca he tenido esa intención, de veras). Y mucho menos busco colocarme una etiqueta de ser moralmente superior. Solo quiero aclarar una cuestión que me intriga y desazona: la capacidad humana de ser feliz -de disfrutar de una conversación, contar chistes o jugar cariñosamente con los hijos- en medio de un montón de despojos de seres sensitivos*. Mi sospecha es que la respuesta puede estar en la selección natural: los humanos que no son capaces de bailar alegres en medio de este horror tienden a desaparecer. Aunque no sea precisamente un consuelo, la aclaración ya es en sí misma una satisfacción. Así como la esperanza, quizá ilusa, en que la selección natural termine premiando en el futuro a los humanos empáticos con sus compañeros de viaje.

*Leones, tiburones o lobos no llegan a plantearse la moralidad de sus acciones -¿felizmente para ellos?-porque su inteligencia no les alcanza. Además, a diferencia de los humanos, por su propia naturaleza no tienen alternativas a la depredación.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Machado Hinojosa, ciudadano ejemplar de finales del siglo XX

(1997)

-Porque, don Severo, hombres como usted levantan día a día este país -le dijo de reojo el ministro, frente a la nutrida audiencia del salón de plenos de la corporación municipal.

Ya con el galardón pendiendo de su cuello, balanceándose suavemente sobre su descubierto y velludo pecho, Severo Machado Hinojosa no logró contener alguna emocionada lágrima. A un inopinado eructo achacable a la reciente ingesta masiva, a cuenta del erario público, de judiones de La Granja y mariscos varios siguieron unas sencillas, pero no por ello menos graves, palabras:

-Gracias al señor ministro. Aunque no era para tanto, sí que me lo merecía un poco. Al pan pan, y al vino vino. El agua es clara y el chocolate oscuro, como es lo suyo.

Una ventosidad anal puso el colofón a su escueto discurso, celebrado con euforia por los asistentes. Machado Hinojosa era, desde luego, un ciudadano ejemplar. Notable esposo y padre de familia, amigo de sus amigos, se nos antoja fiel transmisor y guardián de las mejores tradiciones brotadas en el suelo patrio. Trataba a su mujer con devoción: contadas eran las ocasiones en que tuvo que utilizar con fines punitivos la flexible vara de encina del abuelo Ernesto; no solía ir más allá, en aras siempre del mantenimiento de una mínima organización y disciplina en el ejercicio de las tareas domésticas, de algunos cachetes semanales administrados con el mayor de los afectos. La fractura de mandíbula de años atrás fue un suceso puntual, atribuible a la inexplicable desaparición del preciado autógrafo de Amancio Amaro. En un derroche de virtud con su señora, sus cinco descendientes se correspondían con sendos coitos -todos ellos muy breves, nocturnos y marcadamente convencionales- que compusieron toda su vida matrimonial. El insobornable respeto a su esposa le había conducido, como todo hombre que se precie de viril, a numerosas relaciones fuera del marco matrimonial; para mayor honra del galardonado, todas ellas con contraprestación económica de por medio, muestra de su sensibilidad por el tejido económico regional. Lo de su hija era un capítulo aparte, un mero y desprendido ejercicio didáctico: "Es lo suyo, y no estar por ahí con peludos imberbes de tu edad que no saben hacer una O con un canuto".

Eso sí, no todo era templanza conyugal y pedagogía filial. Había ciertas cosas por las que Machado Hinojosa no pasaba. No soportaba, por ejemplo, la degeneración del lenguaje. "Me molaría mazo ir a la fiesta de Chuchi, papa", le dijo su hija una noche de viernes, recién llegado del trabajo vía bar de la esquina. "La tengo dicha que hable bien, coño, que el vocabulario español es el más voluminoso del planeta mundial...", justificábase ante su esposa tras el cachete con el que sancionó su aberrante vulgaridad, causante de la pérdida de dos de sus piezas dentales. Y es que la mano de Machado Hinojosa, con no ser muy grande, era muy gruesa y nervuda, coronada por unas uñas de una coloración entre el negro y el amarillo que ponían de manifiesto tanto su rechazo al contacto con aguas cloradas -extensivo a todo avatar hídrico- como su condición tabaquista. En este terreno, como en tantos otros, nuestro hombre había sido un adelantado, un paradigma de precocidad y asombrosa perspicacia: había engrosado a la edad de nueve años el colectivo de consumidores de tabaco, al que contribuiría decisivamente a sumar con posterioridad a sus cuatro hijos varones -no así a la niña, cuyo vicio siempre achacó a los amarihuanados del instituto- para satisfacción del alicaído sector de marras. Recordaba muchas veces con indisimulado orgullo el primer pitillo a los 14 años de su hijo mayor. Luego de encenderle el cigarrillo con su preciado mechero de plata del Bingo Sociedad Recreativa y enseñarle con gracejo los rudimentos del arte de fumar, lo llevó a conocer el mundo de las mujeres de la calle. "No te fíes nunca de ellas, Fede. La madre de uno y la parienta son las únicas decentes en este mundo, hijo mío". Aquella noche la remataron tomándose juntos unos güisquis y jugando a las máquinas tragaperras en la peña futbolística de la manzana de al lado de su casa. "Los hombres toman vino y güisqui; el agua es para las mujeres, los niños y los patos", le decía, apoyado en la barra y dándole palmadas en el pecho, a su hijo. Se acostó ese día radiante de felicidad, tras haber licenciado como adulto, con todas las de la ley, a uno de los suyos.

Machado Hinojosa también se sentía orgulloso de haber trasladado a sus retoños el gusto por los buenos coches. "Dime qué coche calzas y te diré si eres o no un señor", les recordaba, de vuelta de la excursión dominical, a 180 km/h por la carretera de Extremadura, entre bocinazos, maniobras tanto admonitorias como punitivas y descalificaciones al resto de usuarios de la autovía. "No soporto a esos pardillos que van pisando huevos, coño", afirmaba ante los suyos. La rectificación en el motor de explosión contribuía a viciar sobremanera los humos de la combustión, así como al logro de un más que aceptable nivel de sonoridad, acorde con su reciente ascenso al puesto de adjunto al subencargado de mantenimiento del polideportivo municipal. "Tantos decimetrios, tanto eres, eso es ley de vida, hijos; mirad si no la moto de Ramiro el del vídeo-club, o el Audi de don Francisco el del banco", solía decir en la sobremesa, esos escasos 40 segundos que mediaban entre las últimas ventosidades y gruñidos masticativos de miembros de la familia y la sintonía de la teleserie En el manglar. Desgraciadamente, un pesado sopor impedía siempre a Machado Hinojosa terminar despierto el capítulo del día. Su hija se encargaba diligentemente de que el vídeo familiar registrara esas escenas robadas por Morfeo a su padre, para que éste pudiera contemplarlas entre el final del reality-show televisivo de las 21.00 y el programa radiofónico deportivo de las 23.00, mientras su esposa preparaba la cena y sus hijos se pegaban patadas de full-contact en alguna de las habitaciones. Era lo mínimo que su pequeña podía hacer para agradecerle la inmensa generosidad de procrearla.

Y es que a Machado Hinojosa pocos hacían sombra en el capítulo de la generosidad. No cualquiera con su aversión al líquido elemento se hubiese lanzado presto aquel día de primavera a la piscina exterior, arriesgando su corbata del Real Madrid, para rescatar de sus aguas la valiosa pamela arrebatada por el viento a la esposa del portavoz del Gobierno de la Nación.

viernes, 24 de agosto de 2012

El 'selling on detracted' llega a España de la mano de Vasili Jetagúrov

El empresario ruso Vasili Jetagúrov ha desembarcado en España con su original modelo de negocio (el selling on detracted), que en los últimos años le ha hecho multimillonario además de convertirlo en referente mundial para emprendedores. El negocio es muy simple: consiste en hacerse con algo ajeno para, acto seguido (generalmente antes de 48 horas), vendérselo a su dueño. Todo empezó con tres gallinas detraídas en 2001 a un vecino en Vladikavkaz (Osetia del norte), su ciudad natal, cuando Vasili -cinturón negro de kickboxing, en paro tras el cierre de su gimnasio- tenía 24 años. Tras una rápida y hábil negociación, Jetagúrov se embolsó sus primeros rublos. "Se trata de hacer ver al cliente que lo que antes era suyo ahora es nuestro, pero puede volver a ser suyo en muy breve plazo si hace gala de cierta flexibilidad: al final todos salimos ganando". Una de las claves del éxito de este ruso de etnia osetia es el rechazo de toda operación a crédito: "Solo aceptamos dinero contante y sonante", ha dicho Jetagúrov en el hall del Hotel Villamagna a una nutrida representación de empresarios y periodistas de nuestro país.

La venta a Mark Zuckerberg de su paquete accionarial en Facebook -una vez detraído- se encuentra entre los próximos objetivos de Jetagúrov, quien no descarta que Cristiano Ronaldo también se halle en su punto de mira ahora que abre oficinas en España (en Madrid, Barcelona, Bilbao y Las Palmas). Una eventual venta de Ronaldo al Real Madrid, que según fuentes bien informadas podría instrumentarse a través del Fútbol Club Alania de la capital norosetia, podría pulverizar todos los récords del mercado futbolístico mundial. "Somos conscientes de las dificultades técnicas de algunas operaciones, pero contamos con un equipo multidisciplinar de abogados, economistas, informáticos, psicólogos, cerrajeros, conductores, periodistas y porteros de discoteca que trabaja codo con codo para ofrecer soluciones eficaces y siempre audaces a cada caso". "Siempre hemos tenido muy clara", añade,"la necesidad de apostar por las nuevas tecnologías y de estar presente activamente en las redes sociales". Cabe señalar a este respecto que algunos dominios de Internet, entre los que se cuentan la página de adultos youporn y la web de la oficina del primer ministro de Brunei, han sido recientemente detraídos y vendidos a sus propietarios por el grupo Jetagúrov Outcomes International (JOI), que Vasili preside desde su cuartel general en un rascacielos de Moscú.

Jetagúrov ya conoce España, donde hace dos años realizó una operación con el empresario madrileño de la restauración Arturo Peláez. Un equipo de JOI, desplazado desde la oficina de París, detrajo un cargamento de comida destinada a los restaurantes de lujo del grupo Cantogris (propiedad de Peláez). Tras una intensa negociación, llevada directamente por el empresario osetio, Peláez adquirió el cargamento (por desgracia, no pudo evitarse su deterioro), que sería derivado a partes iguales a los comedores de empresa provistos por Cantogris y a la Asociación Protectora de Animales El Taqui.

"Hago negocios no tanto por el dinero como por el placer de una buena negociación, nunca dejo de aprender de mi trabajo", asegura Jetagúrov, quien se confiesa "algo tímido, aunque en el trato profesional pierdo toda la vergüenza". El osetio se entrevistará esta semana con dirigentes políticos y sindicales de nuestro país, y pronunciará una conferencia en el Foro Siete Días de la capital de España.

Giving on detracted, su faceta benefactora 

Siguiendo un método parecido al que informa su actividad lucrativa, Jetagúrov ha levantado también un singular imperio filantrópico (Jetagúrov Benefactor): el giving on detracted asegura la canalización de cuantiosas ayudas sin necesidad de fondos, ya que detrae primero éstos de los Gobiernos u ONGs para a renglón seguido reinyectárselos. Aunque ha recibido muchas críticas por ello, organismos tan reputados como el FMI han reconocido su originalidad y potencialidad para hacer frente a la pobreza en los países en desarrollo. El osetio también está muy interesado en la política. La prensa rusa ha aireado últimamente la posible candidatura a la presidencia de la república de Osetia del Norte de este hombre hecho a sí mismo, que no deja de insistir en la importancia de la seguridad jurídica, el imperio de la ley y el diálogo como "pilares de todo Estado social y democrático de derecho que se precie".

miércoles, 22 de agosto de 2012

Feliz prisionero del espacio y el tiempo

En lo alto de la colina, por debajo de los jirones de nubes y sobre la tierra húmeda, se levantan una casita y un robusto ciruelo. Allí, sobre las frescas sábanas del catre de una habitación luminosa, él quiere saciarse de la carne de su compañera. Para luego, mientras ella dormita con las ventanas abiertas, tomar el camino serpenteante que baja al valle, otear el brumoso horizonte y constatar con gozo la finitud de esta línea, mordiendo una ciruela, feliz prisionero del espacio y el tiempo.

viernes, 27 de julio de 2012

¡Y tan natural!

Por definición, todo lo que existe -lo percibamos o no, lo conozcamos o no- es natural. Y tan natural es una roca como un ojo, un plástico o una turbina. Estos dos últimos son producto de la acción transformadora de unos agentes naturales inteligentes autollamados seres humanos, mientras que los primeros son resultado de la compleja evolución de la materia inerte y de la viva conforme a patrones compatibles con las leyes físicas. En última instancia, la roca, el ojo, el plástico y la turbina son agregados de quarks y electrones que solo difieren en su disposición interna. Por otra parte, la maldad no es menos natural que la bondad, al igual que la destrucción no lo es menos que la creación ni la violencia que la paz.

El arraigo de la dicotomía aristotélica, después de tantos siglos, es lo que hace que sigamos distinguiendo entre cosas naturales y artificiales. Por eso no es raro que quienes solo han estudiado en el seminario catecismo, teología y filosofía escolástica, que quienes no tienen la más mínima idea de ciencia (ni ganas tienen de tenerla), prosigan con esa mandanga de la antinaturalidad. Por supuesto, una antinaturalidad estigmatizada como maligna y contraria a los planes del supuesto Creador. Como si todo lo natural (desde los huracanes hasta la Amanita phalloides pasando por los virus y las caídas libres desde una altura de doce pisos) fuera benigno, agradable, bueno, merecedor de ser protegido. Como si todo lo artificial (desde la calefacción hasta los fármacos antibióticos pasando por las lentillas, los aviones y los saxofones) fuera maligno, desagradable y despreciable.

La homosexualidad -inclinación no exclusivamente humana, singularmente frecuente entre los primates- no es antinatural. Podríamos decir que no es normal en el sentido de que no es mayoritaria. Pero la campana de Gauss es aplicable a todas las cosas: medir más de dos metros no es normal, pero no por ello antinatural; tener la inteligencia de Einstein tampoco es normal, pero a nadie se le ocurriría afirmar que está reñido con la naturalidad. Es obvio que la división sexual es consecuencia de la evolución y sirve al propósito de la reproducción de las especies (la humana inclusive, por supuesto), porque en caso contrario no hubiese pervivido. Una pareja homosexual es estéril a este respecto, y si todo el mundo fuese homosexual, si desapareciese el trato carnal entre hombres y mujeres -y no fuera reemplazado por masivas fecundaciones in vitro-, se terminaría la especie.

Pero una cosa es el origen de algo y otra bien distinta su uso posterior más o menos inteligente. Nuestro cerebro no se ha forjado en la larga historia de la evolución para que hagamos poesías o demostremos teoremas matemáticos, sino exclusivamente para permitirnos sobrevivir en un mundo de continuas y cambiantes asechanzas. Nuestras manos no se han liberado de su función locomotora para permitirnos jugar al balonmano o al dominó. Nuestro oído no se ha desarrollado para que podamos disfrutar de la música de Belle&Sebastian o aborrecer la de Madonna. Nuestros ojos no están ahí para que podamos ver diariamente en la tele a Belén Esteban. El sexo no existe para que nos solacemos estérilmente con él en sus múltiples variantes, sino solo para que nos reproduzcamos... Ahí es donde interviene la inteligencia, para servirnos de lo que tenemos -cerebro, manos, oídos, ojos, sexo- con propósitos diferentes a aquellos por los que nos ha sido legado por la Naturaleza. ¡Y tan natural!

sábado, 21 de julio de 2012

La Unión Deportiva Las Palmas y yo (I)

El 25 de mayo de 1975, cuando yo tenía 7 años y mi hermano Raúl cumplía 3, mi padre me llevó a ver el primer partido de fútbol de mi vida: un U.D. Las Palmas-Real Club Celta que cerraba la Liga de esa temporada. El encuentro era decisivo para el descenso -el que perdía se iba a Segunda-, y seguramente por eso fue declarado partido de la jornada por las emisoras de radio nacionales. Minutos antes de empezar a rodar el balón, mi padre me señaló a un tipo bajito que andaba camino de la cabina de retransmisión: era nada menos que el ínclito José María García, que venía a narrar el partido para la Cadena Ser. No estoy seguro de si nos sentamos en la grada norte o la sur del Estadio Insular (desde luego, no fue en la Naciente ni en la Curva). Por aquel entonces no existían los marcadores electrónicos: todavía había un señor que se encargaba de cambiarlo manualmente con casillas casi tan grandes como él. Recuerdo olor a puros, almohadillas viejas sobre gradas sucias, palabrotas, insultos al árbitro, tensión... La Unión Deportiva ganó finalmente 3-1 y mantuvo la categoría a costa del equipo vigués. Mi estreno como espectador había sido afortunado.

Mi siguiente recuerdo del equipo amarillo es de solo dos semanas más tarde: el 8 de junio de 1975, mi abuelo Nicolás estaba con la radio encendida en casa, alborozado por el 4-0 que le terminamos propinando al Real Madrid en la ida de los cuartos de final de la Copa (la última del Generalísimo). Al día siguiente se murió el gran defensa central Tonono, que llegó a ser capitán de la selección española. Me aterraba que la gente pudiera morirse tan joven y de esa manera, como de un día para otro (fue un extraño virus el que mató al futbolista aruquense). Y cinco días después, tampoco se me olvida la rasquera por la remontada del Madrid, que acabó ganando 5-0 en el partido de vuelta de la eliminatoria con alguna ayudita arbitral (al menos así se me antojaba oyendo la radio). Otro revés sería la final de la Copa del Rey contra el Barça en 1978, que vimos en casa en la tele (en la Primera de TVE, la única cadena que había por entonces en Canarias): perdimos 3-1 en el estadio Santiago Bernabéu (antes del partido, el Rey entregó al mismísimo Bernabéu la Medalla de Oro al Mérito Deportivo).

Sin embargo, la frustración como seguidor de la Unión Deportiva alcanzó un máximo en 1983, también en la última jornada de la Liga, en un partido contra el Athletic de Bilbao. Esa vez asistí al estadio con unos amigos del colegio para ser testigo del descenso del club a Segunda después de 19 años (perdimos 1-5, pese a habernos adelantado en el minuto 1) y al mismo tiempo del triunfo liguero de los bilbaínos -con Javier Clemente de entrenador- tras 27 años de sequía. Desde mi nacimiento, Las Palmas siempre había estado en Primera. Incluso llegamos a ser subcampeones de Liga en 1969 y a pelear en 1968 por el título hasta la penúltima jornada (el Real Madrid ganó la Liga con un gol en fuera de juego). También habíamos brillado en competiciones europeas, eliminando a históricos como el Torino o el Slovan de Bratislava. El descenso era algo impensable, casi físicamente imposible. Era desolador el aspecto de la Grada Naciente un cuarto de hora después del pitido final. El Indio, uno de los frikis de la ciudad (ya fallecido hace mucho, al parecer atropellado mientras se afanaba en dirigir el tráfico en las calles próximas a la playa de las Alcaravaneras), vagaba medio desnudo y sin rumbo por las gradas con su pluma en la cabeza, mientras hojas de periódico volaban barridas por viento y se escuchaban los alaridos sostenidos de ¡¡Athleeeeeeeeeeeetic!!

Solo estuvimos dos temporadas en Segunda. En la primera de ellas no conseguimos subir, pero a cambio llegamos a las semifinales de la Copa -en Cuartos nos cargamos al Castilla de Butragueño y Míchel-, y nada menos que contra el Barcelona de Maradona. Perdimos 2-1 en la ida y ganamos 1-0 en el Insular en la vuelta. Ahí estaba yo otra vez, en la Grada Naciente, con una entrada infantil pese a tener 16 años (era muy habitual ver a galletones entrando como infantiles con la complicidad de los empleados del club), para ver al astro argentino jugando por primera y única vez en Las Palmas. Por aquel entonces no regía el sistema europeo que prima, en caso de empate, los goles fuera de casa. Hubo prórroga y caímos en los penaltis: el Barça se metió en la final con el Athletic (esa final en la que Maradona acabaría llorando y con la camiseta rota tras una grotesca tangana). En aquel histórico partido en el Insular, un tolete le gritó "hijoputa" a Maradona, con una especie de altavoz casero, mientras calentaba sobre el césped: el argentino volvió brevemente la mirada hacia la grada y siguió a lo suyo. Es uno de los curiosos episodios que nutren mi colección de anécdotas futbolísticas.

Retornamos a Primera en 1985, y al año siguiente logramos ganar en casa tanto al Barcelona (con un soberbio 3-0 del que fui testigo en la Grada Curva, ¡qué golazo de Narciso de cabeza!) como al Madrid (un inolvidable 4-3 logrado en los últimos diez minutos, tras ir perdiendo 1-3, que viví en la Naciente mientras mi amigo Javier estaba en la Curva). De todos los partidos a los que he asistido, este último ha sido sin duda el más emocionante. La euforia desatada al final era indescriptible: un desconocido que estaba a mi lado me abrazó en medio de la clamorosa alegría que embargaba al estadio, a la ciudad y a toda la isla (y me atrevería a decir que al resto del archipiélago, ya que la Unión Deportiva todavía conservaba por entonces la aureola de selección de Canarias forjada en los gloriosos años 60 y 70, cuando los mejores futbolistas tinerfeños vestían de amarillo en un equipo integrado solo por canarios).

En 1988 se dieron las mismas circunstancias que en 1975: Las Palmas y el Betis se jugaban el pellejo en el Insular en la última jornada. Yo también me encontraba allí, esta vez para contemplar un nuevo descenso a Segunda (perdimos 1-2). De este duelo conservo en la memoria la imagen de los jugadores del Betis abrazados al final: parece que luego se pusieron a rezar en agradecimiento por la salvación. Lo más triste fue la despedida de la afición amarilla al equipo. Unos energúmenos empezaron a golpear las puertas metálicas de acceso a la Grada Norte y a insultar a los jugadores que salían del estadio. Qué injustos fueron estos mentecatos con algunos jugadores que habían dado tanto al club como el defensa Félix, que fue internacional con la Roja. Aún escucho dentro de mi cabeza las voces de hinchas furiosos e impotentes gritando ese impresentable clásico xenófobo de "Canarios somos, canarios seremos, y a los godos por culo les daremos". Ese descenso de 1988 marcó al club mucho más que el anterior, porque fue la antesala de la caída al pozo de la Segunda B -por primera vez en la historia amarilla- en 1992: una lección, más allá de los confines del fútbol, de que la vida da muchas vueltas y nunca puedes dar nada por ganado para siempre. Absolutamente nada.
(Foto de J. Pérez Curbelo del viejo Estadio Insular en 2008, tras cinco años de abandono)

viernes, 13 de julio de 2012

Unión Europea, ¡sí, por favor!

La Unión Europea (UE) se ha convertido en blanco de las críticas de la ciudadanía menos informada del viejo continente, manipulada por demagogos y populistas de diversa especie empeñados en convencerla de que sus problemas (paro, estancamiento económico, pérdida de derechos sociales, etc.) son atribuibles a las instituciones comunitarias. Cuando lo cierto es que la UE no representa el problema sino la vía para la solución: para afrontar la actual crisis e intentar reformular nuestro modelo de vida con inteligencia y sensatez -en aras del equilibrio medioambiental y territorial, del bienestar social y de la paz- es necesario actuar a nivel comunitario. Lo que hay que hacer es dar un salto en la construcción europea para avanzar hacia una unión política plena, hacia una federación con unos poderes legislativo y ejecutivo equiparables a los de cualquier Estado democrático. Luego, la Unión será lo que sus habitantes queramos que sea, expresándonos no solo en las urnas sino también a la hora de consumir o protestar: no se puede pretender que su calidad, como la de cualquier otra institución humana, sea mayor que la de los ciudadanos que la componen.

La UE no es solo, como se empeña pertinazmente en subrayar la izquierda más tradicional, la "Europa de los mercaderes". Su creación obedeció sobre todo a un objetivo político muy claro: enterrar definitivamente el hacha de la guerra en Europa, impedir que la rivalidad económica entre las grandes potencias del viejo continente llevase de nuevo a un masivo derramamiento de sangre. Obviamente, el proyecto recibió el respaldo de Estados Unidos por significar un cortafuegos a la expansión del comunismo soviético. Y, por supuesto, no era incompatible con la economía de mercado y el mantenimiento de un sistema en el que los más poderosos económicamente siempre ejercen más influencia que los menos fuertes (¿existe acaso otro donde esto sea diferente?). Un sistema que, por otra parte, brinda instrumentos para favorecer la integración de los sectores más vulnerables de la población y de los países menos desarrollados de dentro y fuera de la UE (¿acaso no ha sido una bendición para España su pertenencia a la UE?), para poder corregir tanto las desigualdades personales como las regionales.

El truco de la integración europea, la clave de su éxito (hasta ahora), fue la creación de una sólida comunidad de intereses, de una amistad forjada con lazos económicos que ha demostrado ser la forma más eficaz -mucho más que los inútiles llamamientos a la paz del Papa de turno- de conjurar la guerra. Porque, ¿quién tira piedras contra su propio tejado? Se trataba del concepto de"paz perpetua" a través del comercio que ya había apuntado Kant dos siglos atrás. Seis décadas más tarde podemos dar fe de ello. Y hay que ser muy ciego para negar, pese a todos los defectos y vicios de la UE (burocracia, inacción en política exterior, componendas impresentables, contemporización con sátrapas, puertas giratorias entre lo público y lo privado...), que Europa ha avanzado mucho económica y socialmente desde finales de la Segunda Guerra Mundial. Hay además otras cosas que suelen pasar desapercibidas, como el papel de la UE como contrapeso a los abusos de las grandes empresas y como garante de la estabilidad en su entorno geográfico cercano.

En fin, que si queremos cambiar el mundo, si pretendemos superar este capitalismo de casino, cometeríamos un grave error en tomar como enemigo al proceso iniciado en 1951 con la fundación de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA). Me temo que si la UE fuese dinamitada, no pasaría más de una generación antes de que Europa volviese a conocer la tragedia de la guerra. Estoy seguro de que mi admirado Stefan Zweig, europeísta confeso al que le tocó ser coetáneo del horror de las dos guerras mundiales, pensaría lo mismo de estar vivo.

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